Eduardo cerró la puerta de su departamento con un suspiro pesado. Dos días. Habían pasado dos días desde que Isabela regresó, y él había estado siguiéndola como un fiel devoto, esperando recibir algo más que su indiferencia.
Había hecho todo lo posible para complacerla, para recordarle lo mucho que significaba para él. Y, aun así, ella siempre encontraba la forma de mantenerlo a distancia, de recordarle sutilmente que el poder en su relación no le pertenecía a él.
Se quitó la chaqueta y la dejó sobre el sofá, sintiendo el agotamiento pesando sobre sus hombros. No había dormido bien, no había comido a sus horas, todo su mundo había girado alrededor de Isabela estos días, pero eso no importaba. Pronto, pensaba, ella volvería a mirarlo como antes. Pronto, todo valdría la pena.
Fue entonces cuando notó la figura de Luana en la sala.
Ella estaba de pie junto al espejo de la entrada, ajustando su abrigo con movimientos precisos. Su cabello caía sobre sus hombros con un brillo saludable, y su maquillaje estaba impecable. Había algo distinto en ella. Algo que no supo identificar al instante.
—Luana —la llamó, con un tono neutro.
Ella giró el rostro apenas lo suficiente para mirarlo. Sus ojos eran fríos, inexpresivos, como si estuviera viendo a un extraño.
—Llegas temprano —respondió sin emoción, terminando de abrochar su abrigo.
Eduardo frunció el ceño levemente. Había algo diferente en su tono, una distancia que antes no estaba ahí. Pero lo ignoró. Su mente aún estaba demasiado ocupada con Isabela como para detenerse a analizar pequeños cambios en Luana.
—He estado ocupado —dijo con un suspiro, desabrochando los primeros botones de su camisa—. La empresa ha requerido toda mi atención estos días, apenas he tenido tiempo para descansar.
—Lo sé —respondió Luana, con una calma que no transmitía nada.
Él arqueó una ceja.
—¿Lo sabes?
—No soy ciega, Eduardo —dijo sin rodeos, tomando su bolso—. He notado tu ausencia. No es que haga una diferencia, pero es evidente.
Eduardo bufó, sacudiendo la cabeza con una pequeña sonrisa.
—No te pongas así. Sabes que mi trabajo no me deja margen para mucho más.
—Sí, lo sé —repitió Luana, esta vez con una sonrisa fugaz que no llegó a sus ojos—. Y, como te dije, no hace una diferencia para mí.
Eduardo frunció el ceño por un instante, sintiendo por primera vez la incomodidad en el aire. Luana no solía hablarle de esa manera. Siempre había sido paciente con él, comprensiva. Ahora, sin embargo, su actitud era diferente. Fría. Distante. Como si algo en ella se hubiera apagado.
Pero, nuevamente, no le dio demasiada importancia. Su mente estaba en otro lugar.
—¿Vas a salir? —preguntó, notando que estaba vestida con más elegancia de lo usual.
—Sí —respondió ella simplemente, ajustando su bolso en el hombro.
—¿A dónde?
Luana lo miró por un instante, evaluándolo, y luego sonrió de una forma que él no supo descifrar.
—Nada que deba preocuparte —dijo con ligereza—. Descansa, Eduardo. Pareces cansado.
Antes de que él pudiera decir algo más, Luana salió por la puerta, dejándolo solo en la sala con una sensación extraña en el pecho. Algo le decía que había perdido algo. Algo que ni siquiera había notado que tenía.
Pero, como siempre, decidió no pensar demasiado en ello. Porque su mente, su corazón, seguían perteneciendo a Isabela.
Luana llegó al restaurante unos minutos antes de la hora pactada. Era un lugar elegante pero sobrio, con luces tenues y un ambiente tranquilo. Se dirigió a una mesa en el fondo, donde Santiago ya la esperaba con una expresión inescrutable. Su postura era relajada, pero su mirada afilada como siempre.
—Puntual —murmuró Santiago, sin emoción.
—Siempre lo soy —respondió Luana, tomando asiento frente a él.
Un mesero se acercó, pero Santiago levantó una mano sutilmente, indicándole que aún no era momento de interrumpir. Luego, deslizó una carpeta de cuero n***o sobre la mesa en dirección a Luana.
—El contrato —dijo sin rodeos.
Luana lo tomó sin apartar la mirada de Santiago. Sabía que trabajar con él no sería fácil. Su reputación lo precedía: frío, calculador, implacable. Pero si quería su lugar en la industria, este era el primer paso.
—¿Esperas que lo firme ahora? —preguntó con calma.
Santiago la observó por un momento antes de responder.
—Espero que no pierdas el tiempo con inseguridades —dijo con frialdad—. Si estás aquí, es porque ya tomaste una decisión.
Luana sostuvo su mirada sin inmutarse. Abrió la carpeta y comenzó a leer. Cada cláusula estaba detallada con precisión. No había letra pequeña, no había trampas. Santiago no necesitaba engañar a nadie; su poder radicaba en la certeza de que quien trabajara con él debía estar dispuesto a jugar bajo sus reglas.
Mientras avanzaba en la lectura, Luana sintió cómo su pulso se aceleraba. Las cifras frente a ella eran impactantes. No solo era una oportunidad para impulsar su carrera, sino que el monto estipulado en el contrato superaba por mucho cualquier expectativa que había tenido. Era una oferta digna de una estrella consolidada, no de alguien que apenas estaba comenzando. Su mirada recorrió las cláusulas nuevamente, asegurándose de que no había algún truco oculto.
—Esto… es más de lo que esperaba —admitió, sin poder ocultar la sorpresa en su voz—. ¿De verdad crees que valgo todo esto? —Tomó la pluma con firmeza y firmó la última página.
Santiago la observó con una ligera curva en los labios, una expresión que no llegaba a ser una sonrisa, pero que indicaba que esperaba exactamente esa reacción.
—Si no lo creyera, no estarías aquí —respondió con frialdad—. Pero te advierto algo, Luana, este mundo no tiene espacio para la duda. Si aceptas esto, no hay marcha atrás.
Luana dejó la pluma sobre la mesa y esbozó una leve sonrisa.
—Nunca esperé que lo fuera.