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812 Words
El silencio en la habitación de Bianca era denso, apenas interrumpido por el tic-tac del reloj en la pared. La llamada había terminado, pero las palabras de Santiago seguían resonando en la mente de Luana como un eco gélido. —"Ya llamaste. No me hagas perder el tiempo con dudas inútiles." No había espacio para el arrepentimiento, ni para titubeos. Había tomado una decisión, y ahora, lo que quedaba era avanzar. Se pasó una mano por el rostro, sintiendo el peso de todo lo que había sucedido en tan poco tiempo. Bianca, sentada frente a ella, la observaba en silencio, tratando de descifrar lo que pasaba por su cabeza. —“¿Y ahora qué?”. Preguntó finalmente su amiga, con un tono entre desafiante y preocupado. Luana soltó un suspiro, dejando el teléfono sobre la mesa de centro. Se enderezó en el sofá y clavó la vista en Bianca con una firmeza que no había mostrado en mucho tiempo. —“Ahora me preparo “. Dijo con seguridad. “Se acabó el tiempo de lamentaciones. Esto es lo que quiero, y voy a tomarlo”. Bianca la miró en silencio por un momento antes de sonreír con orgullo. —“Así se habla”. Respondió, tomando su taza de té. “Aunque, para ser sincera, me sorprende que Santiago esté detrás de esto. No es alguien que haga favores”. —“Lo sé”. admitió Luana. “Y tampoco espero que esto sea fácil”. Mientras tanto, en el aeropuerto internacional, Eduardo caminaba con pasos apresurados entre la multitud. Sus ojos recorrieron cada rincón del área de llegadas, su respiración entrecortada por la ansiedad. Había esperado demasiado este momento. Había imaginado cientos de escenarios, había repasado cada palabra que le diría, pero ahora que estaba aquí, su mente se nublaba. Su teléfono vibró en su bolsillo, y lo sacó con manos temblorosas. Un mensaje. "Vuelo 237 ha aterrizado." Su corazón dio un vuelco. La necesitaba ver. Ahora. Se abrió paso entre la gente, ignorando los murmullos y las miradas curiosas. Cada segundo que pasaba era una tortura. Y entonces, la vio. Isabela caminaba con la misma elegancia de siempre, sosteniendo su pequeña maleta con la delicadeza de quien sabe que todo gira a su favor. Sus ojos recorrieron a Eduardo con la tranquilidad de alguien que tenía el control absoluto de la situación. Su cabello oscuro caía en ondas sobre sus hombros, y aunque su expresión era serena, sus ojos brillaban con algo indescifrable. Eduardo sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Por un instante, todo desapareció. No había ruido, no había multitud, no había pasado ni presente. Solo ella. Sin pensarlo dos veces, se acercó, deteniéndose a solo unos pasos de ella. Isabela lo miró sin decir una palabra, con la misma intensidad de siempre. —“Estás aquí”. Susurró Eduardo con una sonrisa ansiosa, su voz temblorosa de emoción. “Te he esperado todo este tiempo, Isabela. No imaginas cuánto he soñado con este momento”. Ella arqueó una ceja, dejando que una sonrisa entretenida se formara en sus labios. Sabía perfectamente el efecto que tenía sobre Eduardo, y lo disfrutaba. —“Por supuesto que lo estoy “. Respondió con una dulzura calculada, rozando su mejilla con la yema de los dedos. “Aunque esperaba un recibimiento un poco más... espectacular”. Eduardo sonrió nerviosamente y, sin dudarlo, tomó su maleta con un gesto rápido. —“Tengo todo listo para ti”. Dijo con emoción. “Reservé tu suite favorita en el hotel más exclusivo de la ciudad. La cena en tu restaurante preferido está programada, y tengo un auto esperándonos afuera”. Isabela suspiró con fingida sorpresa y le dedicó una mirada condescendiente. —“Qué considerado eres, Eduardo. Siempre tan... atento”. Él asintió rápidamente, sintiendo una calidez en el pecho por sus palabras, sin notar el tono de burla disfrazado en ellas. Caminó a su lado, casi como una sombra, mientras ella se acomodaba las gafas de sol con aire indiferente. —“¿No te gustaría ir primero a mi departamento?”. Preguntó Eduardo con suavidad. “Te extrañé demasiado. Me encantaría ponernos al día, sin prisas”. Isabela lo miró de reojo, con una sonrisa perezosa. —“Oh, Eduardo…” murmuró, deslizando sus dedos por su brazo. “¿No crees que eso puede esperar? Después de todo, acabamos de reencontrarnos. Seamos pacientes, ¿sí?” Él asintió de inmediato, sin dudar. Para él, cualquier cosa que ella dijera era ley. No importaba cuánto tuviera que esperar. Isabela había vuelto, y con eso, su mundo volvía a girar alrededor de ella. Y eso era todo lo que necesitaba para sentirse completo. Pero para Isabela, él solo era una pieza más en su juego.
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