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673 Words
El sonido de la lluvia seguía resonando en el exterior, acompañado por el murmullo lejano de la ciudad. Dentro de la casa de Bianca, el ambiente era cálido, con luces tenues que daban una sensación de refugio en medio de la tormenta. La sala de estar tenía un sofá amplio cubierto con mantas suaves y una pequeña chimenea eléctrica que irradiaba un calor acogedor. A pesar de la calidez del entorno, Luana sentía un frío imposible de sacudir. Sentada en el sofá, envuelta en una manta gruesa, observaba la pantalla de su teléfono con el ceño fruncido. Sus dedos temblaban ligeramente, pero no sabía si era por el agua helada que aún impregnaba su piel o por la tormenta interna que seguía librando dentro de ella. Bianca entró en la sala con dos tazas de té caliente, pero su expresión era todo menos tranquila. Sus mejillas estaban encendidas por la rabia contenida y sus manos temblaban levemente al dejar las tazas sobre la mesa de centro. —“Dime que es una broma, Luana. Dime que mi hermano no dijo semejante estupidez”. Luana apretó los labios, incapaz de responder. El silencio fue suficiente confirmación para Bianca, quien soltó un bufido lleno de frustración. —“¡Ese imbécil!”. Bianca se llevó las manos a la cabeza, caminando de un lado a otro en la habitación. “No puedo creerlo. No puedo creer que haya jugado así contigo. Y pensar que yo lo defendía, que creía que realmente te quería...” Luana bajó la mirada, sintiendo un nudo en la garganta. —“Yo también lo creía”. Bianca se detuvo en seco y se sentó a su lado, tomando sus manos con fuerza. —“Escúchame bien, Lu. No importa que Eduardo sea mi hermano. No pienso justificar lo que hizo. No te mereces esto, y te juro que voy a hacer que pague”. Luana sintió sus ojos llenarse de lágrimas ante la determinación de su amiga. Saber que Bianca estaba de su lado le daba un poco de consuelo en medio del caos. Pero no quería más consuelo. Quería actuar. Soltó un suspiro profundo y, sin soltar la mirada de Bianca, tomó su teléfono con decisión. —“Es momento de recuperar lo que dejé atrás”. Bianca arqueó una ceja, sorprendida por la firmeza en su voz. Luego sonrió con orgullo. —“Eso es lo que quería escuchar”. La mirada de Luana se posó en la pantalla de su teléfono. Ahí estaba el contacto del cazatalentos, la oportunidad que había ignorado por miedo, por amor, por algo que nunca fue real. Su corazón latió con fuerza, pero no por duda, sino por emoción. Ya no había miedo, solo un camino que debía tomar. Sin dudarlo más, desbloqueó el teléfono y, en lugar de escribir, presionó el botón de llamada. La línea sonó tres veces antes de que alguien contestara. —“¿Ya te decidiste?”. La voz al otro lado de la línea era fría, casi cortante, sin un atisbo de emoción. No era una pregunta casual, sino una afirmación velada, como si la respuesta ya estuviera escrita. A pesar de la distancia, la frialdad de esas palabras logró hacer que su piel se erizará al instante. Era una voz que conocía. Una voz que jamás habría esperado escuchar en ese momento. —“¿Santiago?”. Preguntó con incredulidad, sintiendo que su corazón se detenía por un segundo. —“Ya llamaste. No me hagas perder el tiempo con dudas inútiles”. El cursor parpadeo en la pantalla. Su corazón también lo hizo. Luana respiró hondo y, con voz firme, respondió: —“Sí. Estoy lista”. Bianca la miró con sorpresa, pero con una sonrisa de aprobación. No había vuelta atrás, y tampoco la quería. Finalmente, con un respiro profundo, Luana apretó el teléfono con más fuerza. El primer paso estaba dado. Y esta vez, no se detendría hasta llegar a la cima.
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