—Professore, signora —los saludó Lorenzo, el ayudante del dottore Vitali, cuando llegaron a los Uffizi—. Primero nos reuniremos con los medios durante la inauguración. Luego visitaremos la exposición y, antes de la cena, habrá un cóctel.
Tom asintió en italiano, sin soltar la mano de ________.
Lorenzo los guió hasta un pasillo donde se había reunido una multitud de unas cien personas. _______ reconoció muchas caras de la conferencia de Tom de hacía un año y medio. Todos los hombres llevaban esmoquin, excepto los miembros de la prensa. Las mujeres lucían vestidos, muchas de ellas vestidos largos. _______ bajó la vista hacia sus piernas, cohibida. Pronto estuvieron rodeados de gente. Tom no paraba de estrechar manos y de intercambiar frases de cortesía, presentando a ________ como su hermosa esposa. Ésta no perdía detalle mientras él hablaba con los invitados en italiano, francés y alemán, desenvolviéndose con comodidad. Pero no la dejó sola ni un momento, rodeándole la cintura con el brazo. Cuando el dottore Vitali les señaló la puerta de la exposición para que lo siguieran, ______ se detuvo en seco.
A menos de quince metros, el profesor Pacciani, con una mujer alta y morena cogida de su brazo, la estaba mirando fijamente. _______ abrió mucho los ojos.
Por un momento, le había parecido que su acompañante era Christa Peterson, pero al fijarse mejor se había dado cuenta de que la mujer era al menos diez años mayor que Christa. Tom notó que ________ se detenía, pero iba distraído escuchando las instrucciones de última hora del dottore Vitali. Cuando se volvió a ver qué pasaba, algo muy parecido a un gruñido salió de su garganta.
—Ah, veo que conoce al profesor Pacciani —le susurró Vitali al oído—. Hemos invitado a los docentes universitarios, tal como nos pidió.
—Bien —dijo Tom, aunque mentalmente lamentó no haber especificado a quién no había que invitar.
— ¿Vamos? —El dottore Vitali señaló hacia la puerta y los Kaulitz lo siguieron.
_______ y Tom se enfrentaron juntos a la prensa, parpadeando por los flashes de las cámaras mientras Vitali los presentaba. Ella trató de disimular el nerviosismo, pero ser objeto de tanta atención no era fácil. El director dio una larga explicación sobre las ilustraciones. Contó que eran copias de las originales de Botticelli de La Divina Comedia de Dante. Que, aunque ocho de las ilustraciones originales se habían perdido, los Kaulitz estaban en posesión de un juego completo de cien ilustraciones.
Mientras recorría a los presentes con la mirada, _______ se fijó en una cara. Un hombre rubio con aspecto juvenil y ojos grises bastante peculiares la miraba fijamente. Su reacción era tan distinta a la del resto de invitados que _______ le devolvió la mirada hasta que Tom le dio un codazo para que prestara atención al anfitrión.
El dottore Vitali contó la historia de las ilustraciones con todo detalle hasta llegar al siglo XIX, cuando volvieron a aparecer misteriosamente.
La galería se sentía muy orgullosa de mostrar unos dibujos que no habían visto la luz pública probablemente desde su creación. Entre murmullos de aprobación, el público rompió en un espontáneo aplauso mientras Vitali agradecía a los Kaulitz su generosidad. Tom soltó la cintura de _______ y le tomó la mano para darle ánimos.
Agradecieron los aplausos con sonrisas e inclinaciones de cabeza. Luego, Tom se acercó alpodio y, en italiano, dio las gracias a los Uffizi y a su director.
Volviéndose hacia ______, añadió:
—No puedo dejar de mencionar a mi esposa, ________. La hermosa dama que tienen ante ustedes es la razón de que estemos aquí esta noche. De no ser por ella, me habría quedado las ilustraciones sólo para mí. Con sus palabras y sus actos me ha mostrado el significado de la bondad y la caridad.
______ se ruborizó, pero no pudo apartar la vista de los hipnóticos ojos de Tom.
—El acto de hoy es sólo una pequeña muestra de su trabajo filantrópico. Ayer pasamos el día en el orfanato franciscano, con los niños. Y esta misma mañana, mi esposa ha estado recorriendo las calles del centro para hacer una obra de caridad.
»Los animo a disfrutar de la belleza de las ilustraciones de La Divina Comedia y a celebrar luego en sus corazones la belleza, la caridad y la compasión en la ciudad que Dante tanto amó: Florencia. Gracias.
Los presentes aplaudieron con una sola excepción. Nadie pareció darse cuenta de la cínica reacción del hombre rubio al oír a Tom animar a llevar una vida virtuosa, ni su mirada de desprecio cuando oyó el nombre de Dante.
Tom volvió al lado de ______ y le dio un casto beso en la mejilla antes de hacerla girar para que quedara de cara a la prensa. Posaron para las cámaras antes de cortar la cinta que barraba el paso a las salas de exposición. Entre aplausos, la muestra se declaró inaugurada.
—Por favor. —Vitali señaló hacia la puerta, indicando que los Kaulitz tenían que ser los primeros en visitar la colección.
En cuanto entraron en la sala, Tom y ______ se quedaron boquiabiertos. Habían hecho reformas. Las paredes, que solían ser de tonos pálidos, estaban pintadas de un azul intenso, sobre el que las ilustraciones a tinta destacaban mucho más.
Estaban expuestas por orden. La primera era el famoso Mapa del Infierno. Al recorrer la colección, se contemplaba el camino que una alma debía recorrer para pasar del pecado a la redención. Y, por supuesto, también estaba la inevitable reunión entre Dante y su amada Beatriz.
—¿Qué te parece? —le preguntó Tom, mientras cogidos de la mano contemplaban una de sus ilustraciones favoritas, la de Dante y Beatriz en la esfera de Mercurio.
Beatriz llevaba un vestido vaporoso y señalaba hacia arriba, mientras Dante seguía su gesto con la mirada.
—Es precioso. —_______ enlazó el meñique con el de él—. ¿Recuerdas la primera vez que me mostraste esta ilustración? Cuando me invitaste a cenar a tu casa en Toronto.
Tom se llevó la mano de su esposa a los labios, besándole la palma con reverencia.
—¿Cómo olvidarlo? Sentí el impulso irrefrenable de enseñártelas. Ni siquiera se las había mostrado a Rachel. Algo me dijo que podía confiar en ti.
—Puedes confiar en mí —afirmó ella, mirándolo muy solemne.
—Lo sé.
Tom parecía estar dudando. Por un momento, ________ creyó que iba a confesarle sus secretos, pero alguien los interrumpió.
El atractivo hombre rubio se acercó para contemplar la ilustración. Como si se tratara de un sueño, _______ lo observó moverse. Su cuerpo parecía deslizarse sin tocar
el suelo. Sus pasos eran fluidos y silenciosos. A pesar de que parecía muy alto, en realidad era varios centímetros más bajo que Tom. Y aunque parecía esbelto, el elegante traje n***o ocultaba poderosos músculos.
Los Kaulitz se apartaron educadamente, pero antes de que Tom mirara a los ojos al recién llegado. Sin decir nada, se colocó entre el desconocido y _______, en un movimiento protector.
—Buenas noches —dijo el extraño con acento británico, haciendo una reverencia.
Tom reconoció el acento de la zona de Oxford.
—Buenas noches —saludó éste con brusquedad, agarrando a ______ de la mano.
Al ver el movimiento ese, el desconocido sonrió disimuladamente.
—Una noche memorable —comentó, señalando a su alrededor.
—Así es —replicó Tom, sujetando a _______ con más fuerza.
Ella le devolvió el apretón, para indicarle que empezaba a hacerle daño.
—Qué generoso por su parte compartir sus ilustraciones. —El tono del invitado era francamente irónico—. Y qué suerte haberlas comprado de un vendedor secreto y no en el mercado.
Los ojos del desconocido se desplazaron de Tom a _______, donde permanecieron unos instantes. Las aletas de la nariz se le abrieron y la mirada se le suavizó antes de volverse hacia la ilustración.
—Sí, me considero muy afortunado. Que pase una buena noche. —Con una brusca inclinación de cabeza, Tom se alejó sin soltar la mano de la joven.
Ésta estaba muy sorprendida por la actitud de su marido, pero prefirió no decir nada hasta que llegaron al otro extremo de la galería.
—¿Quién era ese hombre?
—No tengo ni idea, pero mantente alejada de él. —Claramente agitado, se pasó una mano por la boca.
—¿Por qué? ¿Qué está pasando? —_______ lo obligó a detenerse y a mirarla a los ojos.
—No lo sé —respondió él, y parecía sincero—. Pero hay algo en ese hombre que no me gusta. Prométeme que te mantendrás alejada de él.
_______ se echó a reír y el sonido de su risa resonó por toda la sala.
—Es un poco raro, pero parece agradable.
—Los pit bulls también son agradables hasta que metes la mano en su jaula. Si ves que se acerca, date la vuelta y aléjate de él. Prométemelo —susurró Tom.
—De acuerdo, pero no lo entiendo. ¿Os conocéis de antes?
—No lo creo, pero no estoy seguro. No me ha gustado cómo te miraba. Parecía que quería agujerearte el vestido con los ojos.
—Menos mal que tengo a Superman a mi lado para protegerme. —______ le dio un beso decidido —. Te prometo evitarlo, a él y a todos los hombres guapos de la sala.
—¿Lo encuentras guapo? —preguntó él, malhumorado.
—Sí, pero es una belleza distante, como la de una obra de arte. No como tú. Si me besas, me olvidaré de él para siempre.
Tom se inclinó hacia ella y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos antes de unir sus labios en un beso.
_______ se mordió la parte interna de la mejilla.
—Me has hecho pasar un poco de vergüenza durante la presentación. No me gusta ser el centro de atención.
—Tú eres la auténtica benefactora. Yo sólo soy tu acompañante.
Ella se echó a reír, pero esta vez la risa ya no resonó tanto porque la sala se había llenado. La mayoría de los asistentes se mantenían a una distancia respetuosa.
—Eres un acompañante encantador, Profesor.
—Gracias. —Tom se inclinó hacia ella para susurrarle al oído—: Siento haberte hecho pasar vergüenza con la presentación. Mi intención era animar a los asistentes a colaborar con el orfanato.
—En ese caso, puedes avergonzarme tanto como quieras. Sólo con que una persona se anime a ayudar, todo esto habrá merecido la pena. Aunque a nadie le gusten las ilustraciones.
—¿Cómo no les van a gustar? Son exquisitas —afirmó Tom, mirando a su alrededor.
______ estaba de acuerdo. A lo largo de los siglos, muchos artistas se habían inspirado en la obra de Dante, pero los dibujos de Botticelli siempre habían sido sus favoritos. Siguieron recorriendo la exposición, deteniéndose ante cada uno. Tom comprobó satisfecho que el extraño parecía haber desaparecido.
Cuando llegaron a la última ilustración, _______ se volvió hacia su marido.
—Una exposición increíble. Han hecho una labor fantástica.
—No hemos terminado. —Tom trataba de disimular una sonrisa, pero los ojos cafeces le brillaban.
—¿Ah, no? —Ella miró a su alrededor, confusa.
Cogiéndola de la mano, Tom la llevó a la planta de arriba, a la sala Botticelli.
Al entrar allí, ______ se quedó inmóvil, como cada vez que veía aquel lugar. Poder contemplar a la vez El nacimiento de Venus y La primavera siempre la dejaba sin aliento. En aquella sala, Tom había dado su conferencia durante su primera visita juntos a Florencia. Había hablado de matrimonio y de familia, cosas que en aquel momento a ella le habían parecido etéreas como un sueño.
Mientras contemplaba La primavera, se sintió feliz. Había algo en aquel cuadro que la
reconfortaba. Y nunca era lo mismo una reproducción que el original.
Si cerraba los ojos, sentía el silencio del museo, sólo roto por el eco de pasos lejanos. Si se concentraba, podía oír en su mente la voz de Tom hablando sobre los cuatro tipos de amor: el amor s****l, la amistad, el amor familiar y el amor que se sacrifica.
De repente, abrió los ojos y se sintió atraída por la imagen de Mercurio, en la parte izquierda del cuadro. Lo había visto mil veces, pero en ese momento, la figura la inquietó. Había algo en su apariencia, algo en su rostro que le resultaba extrañamente familiar...
—Desde la última vez que estuvimos aquí, han hecho una nueva adquisición. —La voz de Tom la sacó de sus pensamientos.
—¿Dónde está?
Él la sujetó por el codo y la guió hacia una gran foto en blanco y n***o que colgaba en la pared de enfrente de El nacimiento de Venus.
Ella se cubrió la boca con la mano.
—¿Qué hace eso ahí?
Tom la empujó hasta que pudo leer la placa que había debajo. Era una foto de _______ de perfil, con los ojos cerrados y la larga melena levantada por unas manos masculinas. Estaba sonriendo. La había hecho Tom en Toronto, la primera vez que ella accedió a posar para él. En la placa leyó lo siguiente:
«Deh, bella donna, che a’ raggi d’amore
ti scaldi, s’i’ vo’ credere a’ sembianti
che soglion esser testimon del core,
vegnati in voglia di trarreti avanti»,
diss’io a lei, «verso questa rivera,
tanto ch’io possa intender che tu canti.
Tu mi fai rimembrar dove e qual era
Proserpina nel tempo che perdette
la madre lei, ed ella primavera».
Dante, Purgatorio 28.045-051
«Ah, hermosa dama, iluminada por
rayos de amor. Si tu apariencia fuera
una señal de la belleza de tu corazón,
te pediría que te acercaras
a la orilla de este río —le dije—,
para poder oír tu canto.
Me recuerdas cómo Proserpina era
cuando su madre la perdió
y se convirtió en primavera.»