CAP 58.-
5 de diciembre de 2011
Washington D. C
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Natalie Lundy se quedó mirando la foto del periódico en estado de shock. Notó un extraño zumbido en los oídos mientras el mundo se detenía en seco. Observó todos los detalles de la foto en blanco y n***o del hombre y la jovencita que se abrazaban y sonreían ante la cámara. Se fijó en el enorme diamante que brillaba en el solitario que ella llevaba en el dedo. Y en el texto que anunciaba el compromiso de dos poderosas familias políticas. El estómago de Natalie se rebeló. Inclinándose sobre la papelera, vomitó el desayuno. Temblorosa, se secó la boca y se tambaleó hasta el baño.
Mientras bebía un vaso de agua, reflexionó. Acababa de perderlo todo. Había oído los rumores, por supuesto. Pero sabía que Simon sólo salía con la hija del senador Hudson por motivos políticos. O eso le había dicho la última vez que estuvo en su cama, a finales de agosto. Había hecho lo que él le había pedido. Había seguido trabajando para su padre y había mantenido la boca cerrada. De vez en cuando, lo llamaba o le escribía un email, pero Simon cada vez tardaba más en responder a sus mensajes hasta que, en algún momento de noviembre, dejó de comunicarse con ella
por completo. La había estado manejando a su antojo. Llevaba años haciéndolo. Siempre había estado persiguiendo a otras mujeres. A ella sólo la usaba para desahogarse sexualmente. Así le pagaba todo lo que había hecho por él. Y había hecho muchas cosas. Cosas que le desagradaban. Que no había querido hacer. Como varios encuentros sexuales, o como fingir que no le importaba que se acostara con otras mujeres. Mientras se miraba en el espejo, se le ocurrió una idea terrible.
No tenía nada que perder y mucho que ganar. Simon, en cambio, tenía mucho que perder. ¡Joder! Se encargaría de que lo perdiera todo. Dejando el vaso, se secó la boca y se dirigió al dormitorio con pasos más seguros. Se agachó y retiró una de las tablas del suelo, debajo de la cama. Sacó de allí un lápiz de memoria y se lo guardó
en el bolsillo de la chaqueta. Luego volvió a colocar la tabla en su sitio. Cogió el abrigo y el bolso y se dirigió a la puerta. Mientras paraba un taxi, no se dio cuenta de
que había un coche oscuro aparcado en la otra acera. Por eso tampoco se percató de que el coche arrancaba y empezaba a seguir al taxi a una prudente distancia.
CAP 59.-
—Tom, ¿te llegan mis mensajes? Es la tercera vez que te llamo y me salta el buzón de voz. »Esta mañana te he dejado un mensaje sobre la locomotora. Hay letras grabadas en la parte de abajo. Una “J” y una “S”. No sé lo que significan. ¿Te dicen algo? ¿Cómo sabías que estaban ahí? Nunca me había fijado. »Siento que tengas que quedarte más días, pero lo entiendo. Espero que la reunión con tu tía vaya
bien. »Estoy en la biblioteca, acabando el último trabajo. Aquí no podemos usar el teléfono. Mándame un mensaje y saldré otra vez para que podamos hablar. Te quiero. Y te echo de menos.
_____ colgó con un gruñido. En los mensajes que le había dejado, a Tom se lo oía cada vez más triste y melancólico. Aunque sonara extraño, entre las gestiones de él y el empujón final de ella para acabar los trabajos a tiempo, no habían logrado hablar desde que Tom se marchó a Nueva York. Empezaba a preocuparse. Al menos, cuando acabara aquel trabajo habría entregado todas las tareas de ese semestre. Y
podría empezar las vacaciones de Navidad junto a Tom. Volvió a su sitio y empezó a teclear con entusiasmo.
—¿Qué opinión te merece Giuseppe Pacciani de Florencia? —preguntó Lucia Barini, catedrática del Departamento de Italiano de la Universidad de Columbia, mirando a Tom, que estaba sentado frente al escritorio.
—No muy buena. Sé que ha publicado algunos artículos además de su libro, pero nada relevante en mi opinión. ¿Por qué lo preguntas?
—Uno de los profesores va a jubilarse y él es uno de los candidatos a cubrir su puesto.
Él alzó las cejas.
—¿Ah, sí?
—Sin embargo, una estudiante ha presentado quejas contra él. Las acusaciones son serias y se remontan a la época en que fue alumna suya en Florencia. ¿La conoces? Es Christa Peterson.
Tom hizo una mueca.
—Sí, la conozco.
—Me llegó algo de lo que sucedió en Toronto. Me dijeron que fue ella la que inició los rumores y que es la principal responsable de que ________ y tú ya no estéis allí.
—_______ fue admitida en Harvard. Íbamos a casarnos y yo prefería vivir aquí —replicó él sin entonación.
Lucia sonrió.
—Por supuesto. Cuando Jeremy me pidió que aceptara a Christa, no tenía ni idea de que iba a ser una alumna tan problemática. Si lo hubiera sospechado, no lo habría hecho. Recibimos muchas solicitudes y podemos elegir a estudiantes mejores que ella.
Tom permaneció sentado, inmóvil como una estatua. Lucia se quitó las gafas.
—Me he dado cuenta de que Christa es francamente conflictiva. Los líos la siguen allá donde va. Tuvo problemas con Pacciani en Florencia; tuvo problemas en Toronto y, al parecer, tuvo problemas con Katherine Picton en Oxford este verano. Katherine me llamó desde allí para decirme que deberíamos enseñar buenos modales a nuestros alumnos antes de dejarlos salir de país, ya que, al parecer, montó un escándalo. —El tono de Lucia era muy serio—. No suelo recibir llamadas de ese tipo, y de Katherine menos. »Y para acabarlo de arreglar, me encuentro con que nadie quiere formar parte del comité para examinarla. Todos los profesores tienen miedo de ser acusados de acoso.
—Hacen bien en tener miedo —dijo él con una mirada incisiva.
—Sí, yo pienso lo mismo. Y ahora me encuentro ante una incómoda disyuntiva: o bien la examino personalmente, arriesgándome a ofender a Katherine, o la invito a irse a otra universidad. — Lanzó las gafas sobre la mesa—. ¿Supongo que no tendrás ninguna sugerencia?
Tom se dio cuenta de que en ese momento tenía la carrera académica de Christa en sus manos. Podía contarle a Lucia con todo lujo de detalles lo que había sucedido, tanto en Toronto como en Oxford, para que se hiciera una idea de hasta dónde estaba dispuesta a llegar la joven cuando decidía seducir a alguien. Con esa información, a la catedrática no le costaría tomar una decisión. Tom jugueteó con las gafas que tenía en el bolsillo. Sabía lo que ______ (y san Francisco) le susurrarían al oído si estuvieran allí. Si sacaba a la luz todo aquello, también saldría a la luz su intimidad y la de _______. No quería alimentar los rumores. Quería que cuando su esposa entrara en una sala de conferencias, la vieran como lo que era, no como parte de un escándalo.
Lucia era una amiga, pero no tenían tanta confianza. No le apetecía recordar todos los encuentros que había tenido con Christa a lo largo de su vida, ni los esfuerzos de ésta por hacer quedar mal a _______. Por su mujer y por proteger su reputación, decidió probar otra táctica.
—Dejando las cuestiones personales a un lado, tengo que decir que el trabajo que hizo Christa mientras era mi alumna no pasaba de mediocre.
—A mí me ha dado la misma impresión. Si a eso le añades su actitud... —Lucia se encogió de hombros—. Es un riesgo que no merece la pena.
—Aunque no dudo de que haya algo de verdad en sus acusaciones sobre Pacciani. Lo he visto en acción.
—Ésa es otra complicación. —La mujer señaló una carpeta que tenía abierta en el escritorio—. La acusación de Christa es de cosas que tuvieron lugar en el pasado, pero he oído que Pacciani sigue acostándose con alumnas y de que ésa sería la causa de que desee marcharse de Florencia. No quiero ese tipo de comportamientos en mi departamento por varias razones, entre ellas, porque no me gustan
las demandas judiciales.
—Sí. —Tom daba golpecitos en el suelo con el pie sin darse cuenta.
Lucia guardó las gafas en la funda y luego ésta en el bolso.
—Pero ya basta de hablar de mis problemas. Te llevo a comer. He reservado mesa en el restaurante Del Posto. —Se levantó—. Hemos de ponernos al día. ¿Es verdad que ________ le dijo a Don Wodehouse que la pregunta que le hacía no era relevante para su tesis?
Tom se echó a reír a carcajadas.
—No, no es verdad. Al menos, no del todo.
Salió del despacho detrás de Lucia, mientras le contaba orgulloso la conferencia de su esposa y cómo había respondido las preguntas de los asistentes, entre los que se encontraba el profesor Wodehouse, del Magdalen College.
—¡Maldita sea! —Tom maldijo mirando su iPhone, que parecía estar muerto.
Como si tuviera el poder de la resurrección, lo sacudió y apretó el botón de encendido varias veces. Cuando estaba a punto de lanzarlo sobre Central Park, se acordó de que la noche anterior se había olvidado de cargar la batería.
—_______ debe de estar muy preocupada —murmuró, mientras se dirigía a pie a la oficina de Michael Wasserstein.
El señor Wasserstein estaba jubilado, pero había sido el abogado de Jorg Davies desde que redactó su contrato prematrimonial en 1961, y accedió a reunirse con Tom en su antiguo bufete. Miró la hora. Tenía el tiempo justo de llamar a ______ desde una cabina antes de la reunión. Localizó una en Columbus Circle, introdujo la tarjeta de crédito y marcó su número. Tras varios tonos de llamada, le saltó el contestador automático. Otra vez.
—¡Vaya! —murmuró. (También otra vez.)
—_______, por el amor de Dios, contesta de una jodida vez. Voy a tener que comprarte un busca.(Suspiro hondo.)
»Lo siento. He sido un maleducado. Por favor, ¿podrías responder al teléfono? Te estoy llamando desde una cabina porque ayer me olvidé de cargar el móvil y ahora está muerto. Cuando vuelva a la habitación, lo cargaré. (Breve pausa.) »Aunque ahora que lo pienso, no sé si traje el cargador. Al parecer no me acuerdo de nada. ¿Ves
lo que pasa cuando estoy lejos de ti? Es raro que no esté en la calle, pidiendo como un sin techo. »Voy de camino a reunirme con el abogado de mi padre. Parece que hay cosas que quiere contarme, pero no por escrito. —(Nueva pausa, ésta más larga)—. Ojalá estuvieras aquí. »Te quiero. Llámame cuando recibas este mensaje.
Tom colgó el teléfono y siguió andando, con la cabeza puesta en la reunión que estaba a punto de tener.
—¿Qué tal? ¿Cómo va todo, Rach? —le preguntó esa noche ______ a su amiga por teléfono.
—Bien —respondió ella, aunque su entusiasmo habitual había desaparecido.
—¿Qué te pasa?
______ oyó que una puerta se abría y se cerraba.
—Voy al dormitorio para que Aaron no me oiga.
—¿Por qué? ¿Pasa algo malo?
—Sí. No. No lo sé.
Rachel sonaba exasperada.
—¿Puedo ayudarte?
—¿Puedes dejarme embarazada? Si es así, te compro un billete para el próximo vuelo a Filadelfia. Y me encargaré de que te canonicen por haber hecho un milagro.
—Rach —la reprendió _______ suavemente.
—¿Qué me está pasando? —Ésta se puso a llorar.
A _______ se le encogió el corazón al oír sus sollozos. Sus lágrimas eran los gritos desgarradores del alma de una mujer que deseaba desesperadamente ser madre.
—Rachel, cariño, lo siento mucho. —Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras la escuchaba llorar, sin saber cómo consolarla.
Cuando el llanto de Rachel se calmó, ésta volvió a hablar.
—Hemos ido al médico. El problema no es de Aaron. El problema soy yo. No ovulo. Así que van a tener que ponerme inyecciones de hormonas para ver si mis ovarios vuelven a ponerse en marcha. Y, si no...
Sorbió por la nariz de nuevo.
—Lo siento, Rach. ¿Y esas inyecciones de hormonas te preocupan? —preguntó ______, insegura.
—Sí, la verdad. ¡Maldita sea! No sé por qué mi cuerpo tiene que negarse a cooperar justamente ahora. Para una vez que le pido algo importante, me falla. No lo entiendo.
—¿Qué dice Aaron?
Rachel se echó a reír.
—No es lo que dice, es lo que no dice. No deja de repetirme que no pasa nada, que todo se arreglará. Preferiría que admitiera que está enfadado y decepcionado.
—¿Estás segura de que lo está?
—Claro. ¿Cómo no va a estarlo? Yo lo estoy.
—Seguro que está disgustado porque te ve disgustada.
—Eso no me ayuda.
—Pues habla con él.
—¿Para qué? ¿Para poder dar vueltas sobre mi fracaso? No, gracias.
—Rachel, esto no es una competición. Además, por lo que dices, tienes opciones. No te rindas.
Su cuñada no respondió.
—¿Quieres venir de visita? —le propuso _______.
—No. Tengo mucho trabajo, pero vendréis a casa en Navidad, ¿no?
—Sí, claro. Llegaremos la semana que viene si no hay novedad. Si Diane se pone de parto antes, adelantaríamos el viaje.
—¿Sabes algo de ellos?
—Hablamos por teléfono cada domingo y Diane me envía emails de vez en cuando. De momento todo va bien, pero están muy preocupados por el parto. El bebé tiene que nacer en el Hospital Infantil, es decir que tendrán que ir hasta Filadelfia cuando llegue el momento. O mudarse a un hotel cuando se acerque la fecha.
—¿Para cuándo está previsto?
—El veintitrés de diciembre.
Rachel permaneció en silencio. ______ oyó que una puerta se abría y oyó la voz de Aaron.
—______, tengo que colgar —dijo en voz baja—. Te llamo luego, ¿vale?
—Claro. Te quiero, Rachel. No pierdas la esperanza.
—Es lo único que me queda. —Sorbiendo por la nariz una vez más, colgó.
______ colgó a su vez el teléfono del despacho antes de elevar una larga oración por su amiga.