IIILa Guardia Nocturna de J.M.D.R
Parte de este cuento es cierta ya que existe evidencia histórica sobre las extrañas salidas nocturnas de Juan Manuel De Rosas.
Durante su gobierno se produjeron enormes avances para el país: Ganadería, y Venta de Propiedades. Así que nadie pensaría que ocupaba al Gobernador Rosas durante las obscuras noches.
(La noche)
A cuatro calles de la casa de Rosas, un carruaje n***o con cuatro caballos blancos tirando de él, se detuvo. El cochero era Luis Miraldi a su lado estaba Omar Celpic, dentro del carruaje aguardaban Horacio Laville y Francisco Celpic, los cuatro portaban como armas un sable, una cuchilla en la parte trasera de su cinturón y dos pistolas por delante, vestían casacas idénticas a la de Rosas pero en color n***o obscuro, y botas del mismo color, sólo sus pantalones eran blancos.
Unos minutos más tarde ellos distinguieron la figura de Rosas caminando hacia el carruaje; al abordarlo pronunció lo siguiente: “¿Hicieron todo lo que les ordené?".
«Si, tal como usted lo especificó en la nota»
Anunciaría Francisco por lo cual Rosas ordenaría que marcharan; media hora más tarde llegaron al cementerio; los cinco bajaron del carruaje, caminaron unos metros deteniéndose frente a una tumba, la cual abrieron develando una escalera por la cual bajaron. Esta terminaba en una habitación ampliamente iluminada por velas metódicamente distribuidas y en su centro una mesa en forma de cruz a la cual una mujer vestida con un camisón blanco permanecía sujeta por grilletes. A la vez que una mordaza cubría la boca de la dama; su hermosa piel pálida y joven resplandecía con suma beldad.
Rosas caminó posicionándose detrás de la cabeza de la joven, sus cabellos largos y marrones caían por los costados de la cabecera de la cruz. A lo que Juan Manuel dijo observando a sus guardias: “Omar posicionate en el brazo izquierdo de la cruz. Francisco al brazo derecho. Laville y Miraldi a los pies". Al ver a sus fieles escoltas obedecer, les indicaría sacaran sus puñales elevándolos aguardando la orden.
Los cuatro intercambiaron miradas manteniendo dejando de manifiesto los semblantes inexpresivos, para luego mirar los ojos de la joven, llenos de terror y pánico estaba la pobre. Y ante ellos Rosas habló: “La sangre de mis enemigos es dulce al probarla". Siendo entonces cuando los cinco simultáneamente penetraron con impiedad la garganta, muñecas y tobillos de la tierna víctima, hasta que solamente fueran visibles las empuñaduras de sus luengos puñales.
Mientras la hermosa muchacha convulsionaba, su sangre manchaba el suelo, ante la mirada perdida de los cuatro Dragones de Oro y el regocijo de Juan Manuel De Rosas; acercándose a una pequeña mesa con cinco copas de bronce tomándolas y colocándolas junto a las heridas recolectando el infame líquido; al cabo elevaron las mismas bebiendo aquella roja bebida, para inmediatamente proceder en el descuartizamiento de aquel cadáver, todo siempre bajo orden de Juan Manuel.
Mas cada m*****o seccionado revivía en sus mentes los demonios de la guerra, representando un escenario terrorífico y repugnante, pero eran soldados y debían cumplir con la orden. Los restos del cuerpo los arrojaron a una fosa simulada en una tumba sellada.
Una vez concluida la indecorosa tarea abandonaron el cementerio, llevando al gobernador hasta la misma calle donde lo recogieron. Ellos continuaron su viaje hasta llegar a una estancia donde ocultaron el carruaje, despojándose de sus uniformes negros vistiéndose con los uniformes de la Mazorca, montaron en caballos pintos marchándose mientras el crepusculo llegaba, ellos cabalgaban hacia el cuartel de Buenos Aires donde formaban parte del pelotón de fusileros.
Dos meses transcurrieron desde aquella noche, pero la vida no puede seguir igual después de algo así.
Cada habitación del cuartel estaba dividida para que sólo cuatro soldados durmieran en cada una, con camas marineras, un escritorio provisto con hojas de papel, pluma y tres tinteros, al lado de este se encontraba la puerta de salida y por sobre el escritorio la única ventana, la habitación disponía de un placard en la parte trasera de la habitación para los cuatro. Todas las habitaciones del cuartel eran similares.
Un amanecer gris en un campo manchado por sangre, con muertos por doquier, allí se encontraba Omar cabalgando en ese indómito pastizal seco por la batalla, observando todo, cuando notó una joven acercándose hacia él, su piel blanca y sus cabellos largos y marrones libres al viento, develaban la hermosura más perfecta, siendo aun notoría en cuanto más cerca estaba, Omar distinguió las heridas de la muchacha, su sangre brotando a través de estas, ella abrió sus manos en tanto más cerca estaba de él. Omar desmontó sin miedo en sí sino que sentía una enorme agonía por la mirada de miedo y terror que la chica mantenía hacia él. La muchacha llegó a él cayendo entre sus brazos, ella le acarició el rostro diciendo: “Tú, no tienes la culpa. Ya los he perdonado".
Omar contuvo las ganas de llorar y sus ojos se enrojecieron mientras tocaba el rostro suave de la muchacha, mas entonces la frágil joven se disipó en ceniciento polvo.
Omar despertó elevando un grito de agonía que resonó en todo el cuartel, miró hacia ambos lados agitado, mientras permanecía sentado en su cama tomando su rostro con ambas manos, cuando desde la cama superior su hermano le dijo: “Intenta relajarte, toma aire". Luego de escuchar que su hermano lo hizo: “¿Una pesadilla?".
«Si... Discúlpame si te desperté, a Luis y Horacio perdonenme»
«Tú sabes que a mí también me ha pasado, -diría Francisco- aunque de diferente forma»
«Yo estaba despierto -intervendría Horacio- todos sufrimos por lo que sucedió en la guerra y nos torturamos por lo que le hicimos a la muchacha»
«Intentemos dormir, -hablaría Luis- ya que lo pasado no puede ser cambiado»
Omar se calzó el pantalón y sus botas, caminando hasta el escritorio acomodándose en la silla iluminada por la luz de la luna ya que el vidrio estaba cerrado, mas no las puertas de madera diciendo: “Duerman tranquilos yo estaré un momento aquí".
Mientras su hermano y sus compañeros dormían, Omar se tomó el rostro con sus manos para luego preparar un papel hundiendo la pluma en el tintero, comenzando así a escribir:
“Afuera el viento resuena recordándome que es invierno, la luna me acompaña y las pesadillas también, tengo miedo de dormir. A pesar de parecer que los cuatro poseemos gran fortaleza, en nuestras pesadillas es en donde se manifiestan los torturadores recuerdos.
Hace tres meses un oficial Unitario fue arrestado junto a su joven hija. Los dos fueron trasladados a este cuartel. El oficial fue fusilado. Una semana más tarde, una carta lacrada nos llegó. Adentro encontramos un permiso para retirarnos del cuartel junto a la joven, firmado por Rosas. Junto a una nota que decía que deberíamos presentar esa orden y llevar a la joven a cierta tumba indicada en el cementerio dejándola en la mesa en forma de cruz. Luego deberíamos llegar a una de las hectáreas de Rosas; esta es la única de él que se encuentra en Buenos Aires, nadie sabe que es de él. Allí encontramos un carruaje n***o, uniformes negros idénticos al de Rosas, caballos blancos e indicaciones de cómo proceder.
El ser soldados nos obliga a obedecer; ese sueño que tuve, quisiera creer que en verdad nos ha perdonado. Volveré a dormir sólo por el cansancio".
Omar rompió el papel, recostándose sobre su cama hasta que logró dormir.
Unas semanas después una nueva carta lacrada les llegó, pero aunque tenía las mismas indicaciones, les exigía retirar a un joven. A lo que protestaría Laville: “Mientras él se regocija con las mieles del éxito y aplaca su sed de sangre, nosotros tan solo enloquecemos más con lo que nos ordena".
La noche caía mientras el carruaje n***o tirado por cuatro caballos blancos avanzaba en su paso, recogiendo a Juan Manuel.
Ya en la habitación del cementerio, en la mesa en forma de cruz, los cinco se posicionaron como la vez anterior mirando los ojos del joven. Tomaron sus puñales y se las incrustaron, con sus ojos cerrados y gesto de resignación a lo que Rosas diría: “No beberemos su sangre, en cambio arranquen su corazón".
Resignados desclavaron sus dagas y le abrieron el pecho al joven recordando imágenes de la guerra, mientras cortaban las arterias, ventrículos y aurículas, llenando sus manos de sangre retirando el corazón.
Rosas exigió lo envolvieran en un pañuelo de seda que les entregó y cuando estuvo lista la tarea lo pondrían en manos del gobernador. Entonces Rosas ordenaría el vaciamiento de la cuencas en el cadáver de la víctima.
Y así en suma resignación cual perros de caza obedecieron al amo, nublando sus mentes en turbios recuerdos de una barbarie pura.
Los restos de aquel joven fueron arrojados fueron arrojados en una tumba sin nombre tal y como acostumbraban.
(Un mes más tarde)
El servicio en el cuartel concluía y los cuatro “Dragones" dormían o eso intentaban. Luis abrió sus ojos levantándose bruscamente de la cama, no conocía nada a su alrededor viendo formas monstruosas y deformades. Sus tres compañeros pronto despertaron y bajaron de sus camas intentando contenerlo en su locura. Luis gritaba sin parar, mientras sus compañeros lo sostenían. Todo el cuartel despertó; Francisco abrió la puerta llevándolo a la rastra entre los tres hacia la bomba de agua, humedeciéndole el rostro y al no surtir efecto se vio obligado en arrojarle un balde lleno de agua lo que a fin de cuentas lo liberó de la brutal pesadilla.
Todos los soldados había abandonado sus habitaciones y hasta los centinelas descuidaron sus puestos; en ello el teniente Rodríguez cubierto con su pulcra bata de cama, pues él era el comandante del cuartel, y preguntaría en tono autoritario: “¿Qué sucedió?, ¿Por qué gritaba?".
A lo que Francisco respondió: “Disculpe, nuestro amigo tuvo una pesadilla, abandonó la cama, gritaba y no reconocía a nadie. Lo tuvimos que traer a la fuerza, con un poco de agua reaccionó".
Esta vez el teniente dirigiéndose a los demás soldados: “Regresen a sus habitaciones, no hay nada que ver". Luego miró a los cuatro allí presentes ordenando a Miraldi se cambiara de ropas y regresaran los cuatro a dormir, a lo que Luis respondió: No, envíeme a hacer guardia, no puedo volver a dormir".
«Si me lo permite teniente -intervendría Omar- yo haré guardia junto a él»
«De acuerdo, cambiense rápido y suplan a los centinelas»
Una hora más tarde, Luis y Omar montando guardia, cuando Luis habría de sentarse hundiendo el rostro entre sus manos, Omar mirando hacia todos lados también descansaría un momento, y rompería el silencio: “¿Alguna vez, pensaste en suicidarte?".
Y Luis admitiría que en efecto así fue realizando la misma pregunta a su amigo, a lo que Omar respondió: “Más de una vez he pensado en tomar mi pistola, prepararla y acabar con esta miseria".
«¿Y qué te detiene?»
«El pensar que sólo sería un cobarde, que intenta escapar de lo que merezco»
«Hay que ser realmente valiente, para continuar. ¿Cómo puede dormir tranquilo Juan Manuel De Rosas? Mientras nosotros estamos a un paso de la locura»
«Nosotros no estamos locos, estamos perturbados por las cosas que tenemos que hacer por ser soldados. Rosas no se perturba porque él ordena y nosotros obedecemos»
«Sabes de que era mi pesadilla... intentaba desesperadamente impedir que le hiciéramos daño a ese joven. Luego desperté, pero continuaba en la pesadilla, no reconocía nada únicamente veía sangre y cuerpos desmembrados»
«Anda, ponte en pie tenemos que continuar con la guardia»
Dos días más tarde, una muchacha de diez y ocho años fue trasladada al cuartel, era una hermosa joven de cabellos dorados, ojos claros y presencia sublime. Su único crimen fue ser hija de uno de los tantos enemigos del gobierno rosista.
El encargado de llevarle alimentos era Francisco, a quien después de tanto tiempo ella le agradeció por su trato, a lo que él expresaría: “¿Cómo te llamas?".
Y la muchacha hubo de presentarse con sumo respeto como María Esther Alsina, sin perder la seriedad Francisco dijo: “A sido un placer, aunque esta sea la situación".
Dos semanas y seis días más tarde una carta lacrada les llegó a los cuatro Dragones, junto a una orden que les permitía retirar a la muchacha, la nota dictaba las mismas indicaciones de siempre, y Horacio habló: “No soportaría el hacerle daño a esa niña".