III. La Guardia Nocturna de J.M.D.R-2

1683 Words
«Tenemos que seguir órdenes, -intervino Francisco- es nuestro deber» Presentaron la orden al teniente, éste último los autorizó, pidieron un quinto caballo para la joven. Cuando marcharon cabalgaban sin querer pensar, hasta llegar al cementerio y descubrir la tumba, la muchacha cuestionaría asustada: “¿Qué hay dentro? ¿Qué van a hacerme?". Horacio la amordazó y la ingresaron, bajando las escaleras, encendieron las velas y la colocaron en la mesa en forma de cruz cerrando los grilletes en sus muñecas y tobillos. Ante esa situación Francisco apoyando su cabeza sobre la frente de la María Esther: “Como desearía prometer que no te sucederá nada, mas no podríamos, sólo somos títeres. Lo siento". Marcharon a la estancia donde vistieron sus uniformes negros y prepararon el carruaje enganchando los caballos. Emprendieron el viaje; el carruaje avanzaba a gran velocidad, mientras dentro de este, Francisco miraba perdido el paisaje cuando su hermano le habló: “A pesar de que yo soy el menor debó decirte que siempre te protegeré. Si no deseas hacer esto, sólo debes decirlo, ninguno de los cuatro desea continuar". «Ya estamos llegando, no es momento, no hay vuelta atrás» Rosas abordó el carruaje, emprendiendo el camino al cementerio, observando la obscuridad de las calles. Al llegar bajaron los cinco, como siempre caminaron lentamente hacia la tumba destapándola bajando por las escaleras. Ya en la habitación Rosas ordenó posicionarse tal como siempre. Los cabellos dorados de María Esther caían por los bordes de la cruz. Los cuatro “Dragones" empuñaron sus puñales; Francisco no podía evitar mirar los ojos azules de aquella quien clamaba por su ayuda, así que Francisco empujó a Rosas y arrojó su daga diciendo: “No seré más su títere". Juan Manuel dominado por un repentino arrebato de furia intentó incrustarle su puñal en la espalda, mas Omar sacó desenvainó su sable deteniendo el puñal diciendo: “Toque a mi hermano y lo asesinó. Esto se acabó". Arrancándose el medallón con forma de dragón. Esta vez el temor se apoderó del mandatario quien dejó caer el puñal diciendo tras recuperar la compostura: “Si desean irse, váyanse". A lo que respondería Horacio: “El mirar a otro lado es ceder. La joven vendrá con nosotros". Y en total silencio procedieron en liberar a María Esther, tras lo cual esposaron a Rosas por una mano a la cruz arrojándole la llave desde el pie de la escalera; totalmente enardecido clamaría el gobernador: “¡Han cavado su propia tumba!". «Como Federales jamás logrará tocarnos, ya que aun guardamos una carta con su firma, y el pueblo no aprobará sus acciones». Haciendo caso omiso abandonaron aquel cementerio. María Esther no pudo permanecer callada, dirigiéndose entonces a los hermanos Celpic: “Me salvaron la vida, ¿Qué harán ahora?". Mas la respuesta no se haría esperar siendo propinada por Omar: “Nosotros ya no importamos. El salvar una vida entre tanta muerte, es lo único importante". Detuvieron el carruaje a la entrada de la estancia, entregándole un caballo a la joven, y ella nuevamente hablaría: “¿Por qué no escapan junto a mí?". «Ya causamos mucha muerte, -respondería Francisco- es tiempo de enfrentar a nuestro destino» «Vete, -añadió Horacio- tu camino será glorioso. Supera lo que viste y has lo que nosotros no pudimos, vivir» María se despidió, montando y alejándose mientras el amanecer auguraba un día hermoso. Ellos regresaron al cuartel donde aguardaban su final. Una semana después una carta lacrada llegó, dirigida a los cuatro: “Hagan lo mismo de siempre. Vayan a buscarme y hablaremos, pues su falta puede ser remediada". Juan Manuel De Rosas. Luego de leer, intercambiaron miradas recordando que aquella noche fueron capaces de arrancar sus correas; Luis intervendría: “Ya somos libres y nuestro destino lo podemos elegir; podemos utilizar esta orden para escapar o marchar a su encuentro arriesgándonos a una trampa". Los cuatro tomaron la decisión unánime de marchar a su encuentro. Vistieron sus negros uniformes preparando el carruaje. (La marcha) La noche ennegreció todo, el carruaje recorría las calles de Buenos Aires a toda velocidad esforzando los caballos, hasta detenerse en el lugar de siempre. Miraban sus relojes de bolsillo, el tiempo transcurría, así que Omar bajó del carruaje observando hacia donde debería venir el gobernador. Al fin distinguió la silueta de Rosas caminando hacia ellos, Omar lo observaba fijamente hasta que notó un leve movimiento en la mano del mandatario, así que Omar desenfundando sus pistolas a la vez que gritó: “¡Es una emboscada!". Los federales salieron de todas partes, él les disparó, arrojando las pistolas luego de emplearlas desenvainando su sable. Los caballos se alzaron ante el ruido de los disparos e intentaron correr, mas los federales impedían el paso, Luis saltó del carruaje disparando sus pistolas siendo el primero en ser atrapado. Horacio era el cochero, lo intentaron tomar del brazo pero en cuanto cayó al suelo disparando su pistola para luego ser atrapado. Francisco estaba dentro del carruaje y en cuanto le abrieron la puerta les disparó, saliendo con sable en mano, mas lo tomaron por detrás. Omar al verse rodeado y arrojó su sable, resignado levantó sus manos rindiéndose. Los cuatro fueron arrestados, para ser encerrados en celdas contiguas y completamente. Permanecieron allí hasta que el crepúsculo llegó; despojados de sus armas y sin escapatoria posible aguardaban por su trágico final. Los federales abrieron una celda, obligando a ponerse en pie al reo, al hacerlo colocaronle grilletes en tobillos y muñecas. Inmediatamente fue trasladado a un área de fusilamiento, permaneciendo su cabeza y rostro cubiertos por una bolsa de cuero. Allí en el campo Juan Manuel lo despojaría de la bolsa propinando unas palabras a Francisco pues éste era el condenado: “Tu final es aquí, tu subversión será pagada". «Usted no es más que una burda aflicción. Tortura su mente intentando acaparar el vacío que siente» «¿Sus últimas palabras?» Mas Francisco ignoraría al mandatario dirigiéndose a los fusileros allí presentes: “Apunten fijo". Rosas abandonó el campo, el pelotón se preparó a recibir la orden del sargento quien daría la primer orden: “Preparen". Los soldados levantaron sus bayonetas, sobreviniendo la consiguiente orden: “Apunten". Fijaron sus bayonetas con firmeza, llegando el fin: “Fuego". Los disparos se efectuaron y el soldado Francisco Celpic caería. Su cuerpo sin vida fue enterrado en una tumba sin nombre. El mediodía llegó y los federales abrieron la siguiente celda, sacando a Omar, le colocaron grilletes en muñecas y tobillos, tapándole el rostro con una bolsa de cuero, lo subieron en un carruaje llevándolo al área de fusilamiento. Una vez ahí Rosas lo despojaría de aquella bolsa diciéndole: “Tu hermano fue el primero, te reunirás con él. ¿Valió la pena juzgarme?". «Por supuesto que si, usted jamás podrá lastimar a esa muchacha y en su mente por siempre retumbarán las palabras que esa noche le dijo mi hermano» «¿Sus últimas palabras?» Siendo rodeado por un pelotón y él presintió su final: “No les debe temblar el pulso. Son soldados, son hombres. Cumplan con su deber". Rosas abandonó el lugar y el sargento les dio la orden: “Levanten sus bayonetas". Los soldados lo hicieron entonces vendría la orden final por boca del Sargento: “Acaben". Los soldados traspasaron el cuerpo de Omar, luego de desclavarle sus bayonetas, él cayó. Sus restos serían enterrados en una tumba sin nombre. Cinco horas más tarde, en la cárcel abrieron la siguiente celda. El siguiente era Horacio, le colocaron los grilletes en sus muñecas y tobillos, le cubrieron la cabeza con una bolsa de cuero, lo subieron al carruaje llevándolo a un área de fusilamiento, donde el gobenador despojándolo de la bolsa que cubría su rostro dijo: “Tú tendrás la última palabra, pero yo tendré tu vida". «Usted no es más que un leve recuerdo en la historia de las Provincias Unidas. Nosotros nos consumiremos en el olvido pero sus males serán descubiertos» «¿Sus últimas palabras?» Horacio arrodillándose al ver que se acercaba un soldado empuñando un sable: “Mi cabeza rodará y mi sangre manchará el suelo, en la mente de los soldados esta imagen permanecerá". Rosas se alejó y el soldado se paró al lado de Horacio elevando el sable, para finalmente bajarlo con gran fuerza. Su cuerpo y su cabeza serían al igual que sus compañeros enterrados en una tumba sin nombre. Las diez de la noche ya eran, el último soldado fue buscado, abriendo la celda retirando a Luis colocándole grilletes en muñecas y tobillos, cubriéndole la cabeza con una bolsa de cuero, metiéndolo en el carruaje. El carruaje se detuvo, bajaron a Luis lo guiaron a bordo de un navío atracado en el muelle del Río de La Plata. Sitio donde Juan Manuel despojándolo de la bolsa de cuero preguntaría: “¿Qué palabras tiene para decirme?". «Usted no es más que un simple hombre, no puede saber qué sienten los valientes de verdad, solamente ganó su puesto gracias a su táctica, pero los que se torturan para cumplir sus órdenes no conocen la gloria. No se ensucia las manos, Quiroga, los hermanos Celpic y Laville fueron grandes hombres a los cuales jamás logrará compararse» Rosas empuñando su puñal lo enterró hasta la empuñadura en el abdomen de Luis, a la vez que le susurró al oído: “Ya lo ves, yo también me ensucio las manos, dile a mis “Dragones", que me esperen allá en el Infierno". Desclavando el puñal dejando a Luis caer sobre cubierta mas éste con sus últimos alientos: “Usted conocerá el fracaso de su gobierno, Ah..... Será derrotado por los que, más.... odia". Y tras concluir aquella palabras fallecería. Los federales engancharon una pesada bola de hierro a los grilletes y arrojando el cadáver de Luis al Río; mientras su cuerpo se perdía en la oscura agua la roja sangre manchaba la superficie en una tenue estela. Los federales bajo la orden de Rosas destruyeron la habitación del cementerio así como el carruaje, además de sacrificar los caballos pintos. Dos semanas más tarde el ejército del general Urquiza enfrentó a los Federales Rosistas, quienes no contaban con el apoyo del resto de las provincias. Al final Juan Manuel De Rosas sería derrocado; conociendo la derrota huiría rumbo a Inglaterra. En el navío, escribió en una hoja de papel las siguientes líneas. “Al final he conocido la derrota; mis dragones tenían razón, yo no lograré enfrentar mi destino como ellos lo hicieron. Su tortura fue mi gloria, mi trabajo, mi naturaleza no podrá ser oculta. Las generaciones me recordarán y juzgarán, pero seré recordado mientras que los soldados serán olvidados. Al menos sé reconocer que los verdaderos valientes fueron ellos".
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