IVEl Imperio del Rey Mal
La ciudad Sagrada era dominada por un Rey bondadoso e igualitario, su nombre era Socret I. Su pueblo lo amaba mucho, por esa razón se preocuparon al saber de la extraña enfermedad que lo acercaba cada vez más a la muerte.
Todos se prepararon para el anuncio del nuevo Rey; éste sería por lógica el consejero más joven, por haber sido bendecido por el monarca para convertirse en el futuro esposo de la princesa Clara y por ser la mano derecha del Rey.
Toda esa idea se desmoronó, cuando Clara sorprendió a su futuro esposo colocando un polvo sospechoso en la comida de su padre. Ella ordenó encarcelarlo y dio aviso a los médicos quienes a base del veneno prepararon un antídoto. Con el correr de los días el Rey comenzó a reponerse.
El Rey Socret I ordenó liberar a su consejero, siéndole entregada una bolsa con joyas y metales preciosos tras lo cual fue expulsado para siempre de la ciudad Sagrada.
El joven consejero vagó sin rumbo por desiertos, bosques y montañas, sin importar cuantos placeres pudo obtener por medio del dinero que le fueron entregados, su odio hacia el Rey Socret I crecía día tras día. Siendo entonces cuando fue envolviéndose en aprendizajes obscuros.
Pero ni siquiera los saberes más peligrosos pudieron complacer el alma de aquel brutal consejero, así recurrió a un antiguo poder más arcaico que la humanidad misma.
Creó un ritual propio, fundió todos los metales preciosos que aun abundaban en sus alforjas hasta confeccionar una máscara cuya expresión helaría la sangre de quien la viera. La máscara en si fue forjada en oro y plata, cuyos bordes poseían incrustaciones de rubíes, las cuencas de los ojos fueron rellenas con dos diamantes blancos mismos que otorgaban una mirada malvada, y en la frente de la máscara adhirió un largo cuerno en espiral tallado en ópalo.
Al concluir formó su ritual, con la sangre de siete cerdos trazó un símbolo oval en torno a su persona y con las vísceras de los animales él cubrió su cuerpo desnudo, enterró la máscara a sus pies permaneciendo allí de pie durante siete días y siete noches invernales hasta que su mente fue absorbida por las sombras, donde tras un parpadear llegó a un mundo lleno de sombras y obscuridad donde las almas penaban y las pesadillas se volvían reales. En este lugar de tinieblas sepulcrales un ser amorfo se manifestó delante de él hablándole en una lengua indescifrable a sus oídos pero comprensible para su mente: “Estarías dispuesto a renunciar a una vida llena de paz en la eternidad si te entrego el poder que deseas".
«Estoy dispuesto»
«Entonces el pacto se ha de sellar en tu máscara, deberás colocartela y poseeras un gran don. Tú rostro será fundido junto con ella en una única facción»
Mas sin responder aquel joven procedió en colocarse la infame máscara, y ante tal acto el ser habló: “Ten en cuenta que has accedido a algo de lo cual jamás escaparás".
El muchacho colocó la máscara sobre su delicado rostro, inmediatamente el dolor de mil cortes punzantes penetraron en éste retorciéndose por el espantoso sufrimiento, hasta que al fin la sensación se detuvo abriendo sus ojos hallándose de pie en la tierra fría con su cuerpo cubierto por las pestilentes tripas de cerdo y las moscas y larvas sobre las mismas.
(Los reinos)
Los reinos comenzaron a caer ante un ejército poderoso y desconocido para cualquier humano creando auténticas barbaries sangrientas.
El tiempo corría y el único reino sin ser atacado era la ciudad Sagrada, en la cual el anciano Rey Socret I albergaba los nervios por enfrentar un ejército sin descripción.
Todos los habitantes de la ciudad Sagrada trabajaban normalmente, protegidos por los muros reforzados que la rodeaban y por el ejército del Rey Socret I quienes permanecían en constante alerta.
Todo estaba en calma, cuando de pronto el cielo se vio ennegrecido por figuras femeninas provistas de alas y cubiertas por un tenue plumaje plateado quienes sorpresivamente tomaron a los guardias subiéndolos hasta los cielos y dejándolos caer a una espantosa muerte.
Cadáveres esqueléticos provistos de armaduras antiguas y armados con hachas herrumbradas surgieron desde los bosques avanzando a gran velocidad atacando a los soldados.
Las puertas fueron derribadas por hombres escamados quienes adquirieron forma de serpientes gigantes. Al ingresar a la ciudad lucharon contra las tropas del Rey Socret I.
El castillo del Rey se encontraba ubicado en el centro de la ciudad. Los guardias del castillo repentinamente se suicidaron sin ninguna explicación o motivo aparente pues estaban dispuestos a combatir hasta la muerte.
Socret I permaneció en su trono protegido por sus dos guardias; las lanzas que poseían los guardias flotaron de sus manos volviéndoseles, y traspasándolos. Las puertas de la habitación, donde se encontraba el Rey Socret I se abrieron bruscamente dejando ver un hombre con una máscara de un solo cuerno, hecha de los metales más preciosos, poseía hombreras de plata adornadas con ornamentas de oro adheridos a esta una capa roja, el resto de su armadura estaba confeccionada por una cota de malla, guantes y botas.
Socret I al ver tan imponente figura diría: “¿Quién es usted?, ¿Cómo osa atacar mi reino?".
«Mi nuevo nombre es Mal, pero alguna vez fui su consejero»
«Eres tú; así agradeces que te haya perdonado»
«Yo jamás requerí su perdón y no se sienta tan importante -caminando hacia el rey- no pretendo apoderarme de su reino, sólo lo destruiré para alzar aquí la torre desde donde controlaré mi nuevo imperio»
«¿Crees que esas criaturas han de obedecerte por siempre?»
«Si no tuviera el poder para destruirlos no me obedecerían, ya que todos ellos razonan. Mira a tu alrededor, las harpías, los cadáveres y los camleons están a mi disposición y además poseo tropas nocturnas, ya no hay nadie que pueda impedirme nada»
Socret I empuñando su espada: “Pero no lograrás nada si mueres". Acto seguido saltó sobre Mal mas éste último con sólo elevar su mano detuvo el ataque manteniendo en total rigidez al Rey suspendiéndolo en el aire y mofándose: “Sientes esa presión que recorre tu cuerpo, es mi fuerza inhibiendo tus sentidos".
Llevando al Rey hasta el balcón haciendo que flotara en la cornisa: “Ahora tú pueblo verá a su rey, caer". Y Socret I cayó al vacío ante la expectación de su gente.
Ya no existiendo enemigos el Rey Mal alzó su castillo en forma de torre sobre la destruida ciudad Sagrada, para esta labor fueron obligados todos los soldados esclavizados a construir cuatro cárceles en forma de torre cada una en un punto cardinal estratégicamente ubicados separados por varias millas de la demencial torre imperial.
En la cárcel del Oeste fue encerrada la hija de Socret I, convirtiéndose en la posesión más preciada por el Rey Mal padeciendo de los constantes abusos de éste efectuadas durante las dos visitas mensuales que realizaba.
Las constantes vejaciones fueron guiando la débil cordura de Clara hacia la locura yaciendo en la desolación y la ira.
Sin esperarlo una noche la voz dulce de un joven proveniente de una celda contigua le devolvió la esperanza, este joven se llamaba Chans, el cual era poseedor de un gran optimismo y una admirable fuerza de voluntad. Ellos jamás se habían visto pero aun así el solo hecho de hablar los hacía sentir la mutua paz que tanto necesitaban.
Chans muy pronto sería ejecutado, así que pensó en un plan sencillo, aprovechando que los guardias de las cárceles eran humanos que le habrían jurado lealtad al nuevo soberano, planeó asesinar a éstos ya que el procedimiento para las ejecuciones consistía en guiar al preso hacia la azotea de la torre donde eran arrojados hacia una muerte segura; para ello eran suficientes dos guardias.
Durante los cinco días previos a su ejecución Chans se dedicó a sacar filo a una piedra que desprendio del muro tallándola contra la amurallada pared. Al sexto día fueron a buscarlo, en cuanto lo sacaron de su celda tomó de rehén a uno de los guardias colocándole la piedra filosa en el cuello y así obligó al segundo guardia a abrir todas las celdas que su juego de llaves le permitiera. Ya en esa situación los presos asesinaron a cuanto guardia encontraron en su camino apropiándose de las armas de estos.
Los 24 prisioneros compuestos por hombres y mujeres, entre ellos Chans y Clara, abandonaron la torre refugiándose en un sombrío bosque.
Sin embargo y pese a las dificultades decidieron comenzar a viajar reuniendo hombres y mujeres profugos del brutal soberano por negarse a jurarle lealtad. Tres años vagaron por devastados poblados hasta al fin establecer una aldea en las cercanías de una selva donde prepararían el alzamiento armado. Con el correr del tiempo Chans y Clara se unieron en matrimonio alumbrando a un niño llamado por su padre con el nombre Repsu, y un año más tarde a su segundo hijo llamado Pelkan por su madre.
Unos meses después del nacimiento de su segundo hijo, Chans y Clara se dedicaron a convencer a todos los hombres y mujeres de la aldea en formar un ejército para enfrentar al soberano, lo debatieron durante ocho meses hasta que accedieron unánimemente. El primer paso fue asaltar a todos los transportistas humanos de armas.
(La corte imperial)
En la sala real el Rey, Lady Harp reina de las harpías, y Encerp lider de los camleons, reunidos estaban. Aquel concilio no daría comienzo hasta que los últimos rayos del sol cayeran, entonces tras la oscuridad el monumento demoníaco provisto por desmedidas alas situado a la izquierda de la sala cobró vida, siendo Gron lider de los seres nocturnos. Las tres monstruosidades allí presentes conformaban el consejo real. Ellos aconsejaban al Rey sobre las medidas invasivas de los rebeldes, pero fueron desestimadas al considerarse actos desesperados realizados por simples ladrones, priorizando el fortalecimiento de las cárceles.
(La aldea)
Mientras que los años transcurrían, el ejército rebelde crecía en adeptos atacando pequeñas tropas viajeras de emisarios imperiales. Los hijos de Chans y Clara ya tenían quince y diez años de edad, eso fue lo que motivó a la pareja para marchar contra la torre imperial mas deberían organizarse decidiendo cuándo atacar.
Encerp marchaba personalmente con sus tropas trasladando prisioneros, cuando fueron sorprendidos por tropas rebeldes; tras la derrota Encerp adoptó la forma humana logrando hacerse pasar por prisionero. Todos estos fueron llevados a la aldea y allí fueron puestos al tanto del pronto ataque a la cúspide imperial.
Encerp al comprender la importancia de dicha información redujo toda su contextura a una simple serpiente escabulléndose sin levantar sospechas de su ausencia. Al llegar a la torre narró las noticias al Rey, entonces Lady Harp preguntó: “Mi Rey, ¿qué piensa hacer?".
A lo que el despota respondió mientras fijaba su vista en el ventanal: “Dejaremos que ataquen y la noche nos favorecerá".
Los rebeldes liderados por Chans llegaron a los pies de la torre cuando el atardecer marcaba la caída del sol. Una extraña sensación zurcaba el viento, entonces de la tierra surgieron millares de tropas cadávericas arrastrando a los soldados desprevenidos hacia la tierra, dando inicio a la lucha.
Superados en número y cansados continuaron luchando contra una tropa incansable, pese a ello los rebeldes no pensaban detenerse, pero todo quedo perdido cuando las imponentes guardianes de la noche se dejaron ver cayendo desde la cima de la torre volando por sobre los rebeldes arrancando las cabezas de estos; fue entonces cuando Chans ordenó la retirada.
En la huida fueron cayendo con mayor facilidad, Chans cabalgó veloz azotando a su caballo presionándolo hasta el límite.
Chans tomó varios atajos pero su forzado caballo cayó al quebrarsele una pata, él lo sacrificó y continuó corriendo sin parar hasta lograr llegar a la aldea dos días después cansado y sucio dando gritos con todas sus fuerzas: “Corran". Para luego ingresar en su hogar advirtiendo a sus hijos y a su esposa lo sucedido en la batalla determinando que deberían escapar.
Una tormenta se desató y los tres generales del Rey junto a algunas tropas, atacaron a los aldeanos que intentaban huir.
Chans, Clara y sus hijos continuaron corriendo, pero un enorme resplandor seguido de una explosión que levantó gran cantidad de polvo, los obligó a detenerse tras caer.
El polvo lentamente disipó dejando ver al soberano Mal, él con un movimiento de su mano izquierda hizo bajar un rayo desde los cielos que traspasó a Clara, luego sin inmutación alguna el Rey observó a Repsu y Pelkan quienes lloraban desconsolados, pues habían presenciado la muerte de su madre, el Rey comenzó a caminar hacia ellos, Chans desenvainó su espada y les gritó a sus hijos que continúen corriendo.
Chans atacó con su espada al Rey, mas este esquivó cada uno de los golpes, para con un único golpe de su dedo meñique partir a la mitad la espada y con un impacto de su mano derecha casi enterró a Chans en el lodo, pero él se levantó tomando el cuchillo de su bota, corriendo a atacar al Rey siendo entonces cuando una fuerza invisible golpeó a Chans haciéndolo caer nuevamente y su cuchillo escapó de sus manos flotando en el aire, cayendo con furia enterrándose en su estómago. Ante la inminente muerte el Rey se paró junto al agonizante Chans, elevando su mano izquierda, acariciando su propia máscara: “¿Por qué comenzar algo que sabías muy bien jamás lograrías?".
«Por mis hijos, porqué quería libertad para ellos»
«Ya lo ves, no has logrado nada»
«Logré que mis hijos aprendieran, que se debe luchar por lo que se quiere, sin importar los obstáculos del camino»
«Has dictado una gran lección, fuiste un buen padre. Pero no servirá de nada, porque me aseguraré que no vuelvan a ver la luz de un nuevo día»
Mas en un último esfuerzo habló Chans: “De algo estoy seguro, es que ellos terminarán lo que yo comencé". Y tras aquellas palabras el temerario enemigo cerraría sus ojos para siempre.
Detrás del Rey Mal se acercaba Gron quien diría: “Señor, no falta mucho para que el sol ilumine".
«Ordena a los guardianes regresar a sus puestos, incluyéndote»
Seguidamente el Rey llamaría a Lady Harp, quien aterrizaría a su lado y con suma gracia pronunció: “Si, mi señor".
«Ordena quemar esta aldea y envía un grupo de rastreo detrás de esos niños»
Sin decir nada la Harpía inclinaría la cabeza en señal de obediencia.
(En su trono)
El Rey Mal ya se encontraba en su trono situado en la habitación cumbre de su torre, ingresaron las harpías enviadas, dando noticia que los niños fueron neutralizados.
Así el Rey Mal continuaría su imperio de torturas y caos, hasta que algún día apareciera un enemigo digno de acabarlo.