Capitulo 8

903 Words
—    Exacto —contestó él, mirando una de las plantas que colgaban del techo con tanta intensidad como si quisiera derretir sus plásticas raíces—. He tenido que escuchar demasiadas historias de matrimonios rotos. Y no sólo la vida de la pareja se convierte en un infierno. La vida de sus hijos también. Y eso no es para mí —añadió, mirándola a los ojos—. No pienso ser el primer m*****o de mi familia que se divorcie. Yo desde luego, no pienso tener hijos para después pelearme con mi ex mujer por su custodia. —    Vaya, sí que tienes una actitud positiva —dijo ella suavemente. —    He visto demasiadas cosas negativas. —    Pero muchos militares se casan. —    Sí. Yo tengo un par de amigos que llevan varios años de matrimonio. Pero sus mujeres tienen que aguantar muchas cosas —suspiró el—. Nunca sabes si podrás encontrar una casa en las bases militares y, si la encuentras, seguramente la terminaron de construir antes de la segunda guerra mundial. O de la primera. Desde luego, no son hogares confortables. Quizá Helena era un romántica, pero no podía dejar de preguntarse si donde vivía uno era más importante que con quién. —    Bueno, tú creciste yendo de un lado a otro. ¿Tan duro fue para ti? —    No —admitió él, con una sonrisa—. La verdad es que era divertido. No siempre era fácil hacer nuevos amigos, pero mis hermanos y yo estábamos muy unidos. Cada cierto tiempo nos cambiábamos de ciudad, de colegio. No teníamos tiempo de llevarnos mal con los profesores. —    Hasta que llegaste a Juneport. —    Sí. Cuando mi padre se retiró, nos costó trabajo acostumbrarnos —dijo él, apoyando los codos sobre la mesa—. La verdad es que, al principio, nos resultaba más difícil que ir de un lado para otro. Habría sido difícil para él, pero el día que los Camacho se mudaron a la casa de al lado, había sido el más importante en la vida adolescente de Helena. Aunque no pensaba decir aquello en voz alta. No quería recordarle a Dante la época en la que lo perseguía como si fuera una sombra. —    Y en Juneport tuviste tiempo suficiente como para llevarte mal con los profesores. La señorita Molino, por ejemplo. —    La profesora de geometría. Aún tengo pesadillas —sonrió él. Era curioso que dos personas vieran la misma situación de forma tan diferente. Ella siempre se había sentido feliz por darle a Dante clases de matemáticas. Aquella tutoría a solas con él había sido un sueño—. Y ya está bien de hablar sobre mí —añadió él entonces, mirándola a los ojos—. Alicia me ha dicho que te has convertido en un genio de los ordenadores. ¿Le había preguntado a su hermana por ella?, pensaba Helena. Pero no podía ser. A él no le interesaba en absoluto la pequeña de los Román. Nunca le había interesado. —    Bueno, diseño programas de cálculo y juegos de ordenador —explicó ella, modestamente. —    ¿Eso es todo? No vas a escaparte tan fácilmente, Helena. Yo te he contado mi vida y ahora es tu turno. ¿Qué haces exactamente? Helena le contó un poco por encima cuál era su trabajo y, cuando él insistió en saber más, amplió la información, siempre insegura del interés masculino. Normalmente, no había nada sobre lo que le gustase hablar más que sobre el intrincado mundo de los ordenadores. Pero cuando él empezó a mirarla fijamente, Helena se dio cuenta de que estaba volviendo a ocurrir. En las pocas ocasiones en las que un hombre había querido salir con ella, la conversación había derivado hacia los ordenadores y Helena se había entusiasmado tanto que el hombre había terminado bostezando. Nunca había tenido una segunda cita. Helena creía ser una de las pocas vírgenes que quedaban en el mundo y, a la madura edad de veintiocho años, aquello era un vergonzoso secreto. —    Vaya —susurró Dante admirado, cuando ella terminó de hablar. Helena se enfadó consigo misma recordándose que, en aquel viaje, no era el genio de los ordenadores, sino la nueva y atractiva Helena Román. Pero no sabía cómo hacerlo. —    Lo siento —se disculpó ella—. A veces me pongo a hablar de mi trabajo y se me va el santo al cielo. —    A mí me pasa lo mismo. Te sorprendería saber cómo aburro a las mujeres hablándoles sobre mi trabajo —dijo Dante. Helena sonrió. Él la comprendía. Dante entendía lo que era amar el trabajo de tal modo que podría estar hablando sobre él durante horas—. Bueno, admito que no he entendido la mitad de las cosas que has dicho. Las matemáticas, la geometría y los ordenadores no son lo mío —añadió. Helena se sintió repentinamente avergonzada. Seguía siendo una empollona para él—. Pero estoy impresionado. —    ¿De verdad? —preguntó ella, sin poder evitarlo. Le hubiese gustado descubrir si Dante lo decía de verdad o sólo estaba intentando ser amable. Pero en los ojos del hombre había admiración y Helena, que no estaba acostumbrada, no sabía cómo reaccionar. —    ¿Trabajas para alguna compañía? —    No —contestó ella. Le habían hecho muchas ofertas pero, como su madre solía decir, a ella no se le daba bien jugar con otros niños. Nunca le había gustado trabajar a horas determinadas o tener que someterse a las opiniones profesionales de otros—. Tengo mi propio negocio. —    Siempre fuiste una chica muy inteligente, Helena —sonrió él, impresionado—. Entonces, ¿eres tu propio jefe? —    Sí —contestó ella, orgullosa—. Y me encanta. Trabajo en mi casa y no tengo que ponerme un traje de chaqueta para ir a la oficina. Dante la miró de arriba abajo con indisimulada admiración.
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