Capitulo 9

841 Words
—    No necesitas ponerte un traje de chaqueta. Me encanta tu forma de vestir — dijo él. Helena había enrojecido a su pesar. Si Dante la hubiese visto como solía estar en casa, en vaqueros y camiseta, probablemente cambiaría de opinión, se decía. Pero durante aquella semana no pensaba ser la vieja Helena Román. Era la nueva y renovada versión, la mujer que un profesional de la imagen había creado. Y a juzgar por la mirada de Dante, el proceso había sido un éxito. Le hubiera gustado que él la admirase por lo que era en realidad. Pero no quería torturarse a sí misma—. ¿Tienes algún novio escondido por ahí? —preguntó Dante entonces. —    No — contestó ella, incómoda. —    ¿No tienes novio? — volvió a preguntar él, sorprendido. Helena negó torpemente con la cabeza —    ¿Seguro que nadie va a darme un puñetazo por tenerte para mí estos tres días? —    Seguro —intentó sonreír Helena. Dante la miraba a los ojos, como si intentara imaginarse por qué no estaba comprometida—. Nunca he tenido tiempo para eso —añadió. Aunque sabía que no era cierto. La realidad era que nunca había tenido hombres haciendo cola a la puerta de su casa. —    Me sorprende que ningún hombre haya podido convencerte —sonrió él. Helena estaba encantada con aquellos cumplidos, a los que no estaba acostumbrada—. Entonces, los dos iremos solos a la reunión. ¿Te das cuenta de que vamos a tener que aguantar a nuestros antiguos compañeros enseñándonos las fotografías de sus hijos? —    Sí — contestó ella. En realidad, ésa era la razón por la que había urdido su Plan. —    Estaremos rodeados por álbumes familiares —insistió el, con un exagerado escalofrío— y no tendremos munición para escapar. Deberíamos unir nuestras fuerzas, Helena —añadió, con una sonrisa. Por un segundo, Helena disfrutó de la idea. Le gustaba tener algo en común con Dante y le habría encantado que fueran un equipo. Pero ella tenía su Plan. No quería acudir a la reunión como «la pobre Helena Román, aún soltera después de tantos años». Imaginar la cara de pena de sus compañeros de clase hacia que su resolución se mantuviera firme. —    Perdona, Dante —dijo por fin, después de tomar aire—. Pero no puedo hacerlo. —    Gracias, compañera —dijo él. Helena creía haber visto un brillo de desilusión en los ojos del hombre mientras se inclinaba hacia atrás en la silla y cruzaba los brazos sobre su impresionante torso—. ¿Qué ha sido de la camaradería? —    No tengo nada contra ti —dijo ella, intentando sonreír—. Pero es que tengo mis propios planes. Dante se incorporó y la miró a los ojos. La planta que colgaba del techo parecía extender sus plásticos tentáculos hacia él. —    Muy bien, doña Genio. Estoy intrigado. ¿Qué planes son ésos? —preguntó. Helena abrió la boca para confesar lo que probablemente a él le parecería una locura, pero no tuvo oportunidad. —    Perdonen que haya tardado tanto —anunció la camarera, colocando los platos frente a ellos. — ¿Quieren un poco más de té? —    Sí, gracias —sonrió Dante —. ¿Y tú, Helena? —    Yo también. Gracias Bonnie. —    De nada —sonrió la mujer. —    ¿La conoces? —preguntó Dante cuando la camarera volvió a la barra. —    No. Pero lleva una etiqueta con su nombre en el uniforme. —    Ah —murmuro él, sorprendido—. Bueno, volvamos a nuestra conversación. ¿Cuál es tu plan, Helena? Helena miró la pechuga de pollo que había frente a ella y se dio cuenta de que no podría probar bocado hasta que se lo hubiera contado todo. En realidad, era como una prueba. La reacción de Dante le daría una idea de cómo podrían reaccionar sus antiguos compañeros de clase. Helena asintió, respiró profundamente y metió la mano en su bolso. Se sentía incómoda bajo la atenta mirada del hombre y tardó unos segundos en encontrar la cajita de terciopelo n***o. ¿Y si Dante se reía de ella?, se preguntaba. De repente, se sentía ridícula. Pero había ido demasiado lejos como para echarse atrás. Por debajo de la mesa, abrió la cajita y se puso el sencillo, pero hermoso anillo que ella misma había comprado. Un segundo después, armándose de valor, sacó la mano y se la mostró a Dante. Él tomó su mano y miró el anillo, sorprendido. Se había quedado sin palabras. —    ¡Dios mío! —oyeron la voz de Bonnie, que se acercaba a la mesa con los vasos de té helado—. ¿No me digan que acaban de comprometerse? ¿Puedo ver el anillo? —dijo, entusiasmada. Sofocada, Helena levantó la mano hacia la camarera. La mujer miraba el diamante con los ojos tan abiertos como si estuviera viendo un extraterrestre—. Es maravilloso. Se han prometido aquí mismo, en mi mesa. No me había pasado nunca. Felicidades a los dos. —    Gracias, pero... —empezó a decir Helena. —    Están invitados al postre — insistía Bonnie — ¿Tarta de manzana o de chocolate? Helena no sabía qué decir. No quería herir los sentimientos de la mujer, pero tampoco quería mentir y miró a Dante, como esperando que él le diera una respuesta. Él le devolvió la mirada y después se volvió hacia la sonriente camarera. —    Muchas gracias, Bonnie. Creo que mi prometida y yo tomaremos tarta de manzana.
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