Esa noche, Clarice cenó con Jhon, su padre, en su pequeño departamento. Él se notaba algo decaído y melancólico. Sin embargo, sentía que al ser el único que no trabajaba en casa debía ocuparse de los quehaceres, así como la comida. Ella lo ayudaba, aunque le dejaba la mayor cantidad de tareas porque había notado que las ocupaciones lo distraían y evitaban que cayera en la depresión. —¿Cómo pasaste tu día? —le preguntó cuándo ya habían terminado de comer y compartían un café. —Bien —expresó con desgana y sin mirarla a la cara. La mujer respiró hondo antes de volver a intentarlo. —¿Enviaste currículos a otras empresas? —Sí —alegó alzando los hombros con indiferencia—, pero en todas piden a hombres jóvenes, sanos y fuertes, y yo ya no soy nada de eso. Clarice sintió pesar por él, querí

