Travis no quiso saber nada más sobre la fisioterapia. Se encerró en su habitación y ni siquiera aceptó cenar esa noche. Dexter intentó hablar con él pero le fue imposible. Cada vez que se acercaba a la puerta algo se estrellaba contra la madera del otro lado.
Esa era la forma en que Travis dejaba en claro que no quería que lo molestaran.
Por su parte, Clarice se sentía tan frustrada que ese día no pudo hacer nada más. Se fue a su casa y se pasó el resto del día tumbada en la cama pensando en él.
Recordó hermosos y alegres momentos del pasado, cuando hacían paseos grupales a la playa para disfrutar de las olas.
Él la llevaba en su moto de agua durante las competencias con sus amigos, en una época donde las risas y las miradas arrobadas era lo único que existía entre ellos, no el odio y el miedo que pudo encontrar en sus ojos oscuros esa mañana.
Pensar en lo que él se había transformado por culpa del accidente y de la soledad la llenaba de tristezas. Así que en la noche llamó a una antigua amiga de la universidad para despejarse un poco. De esa forma podría idear una estrategia para abordarlo de nuevo.
—Entonces, Travis Wagner terminó siendo un completo idiota —dedujo Sharon luego de que Clarice le hubiese contado todo lo sucedido con el hombre, tanto en el primer encuentro como en el segundo.
Sharon había sido la mejor amiga de Clarice en la universidad, su confidente. Muchas veces ella había compartido con Travis cuando salían en grupo, pero como siempre odió a los jugadores de fútbol americano, al considerarlos unos brutos arrogantes, intentaba mantenerse al margen.
Por su aspecto de «cerebrito», vestida siempre de forma recatada, con su rostro pecoso y grandes anteojos de pasta, solía ser el centro de sus burlas.
—Su peor problema no es físico, sino mental —aseguró Clarice terminando de beberse su tercer vaso de licor—. Si su lesión no es tan seria como piensa y tiene posibilidad de caminar, no lo sabrá si no permite que lo ayude.
—No debe ser fácil para él, Clarice. Travis antes era un tipo exitoso y millonario, tenía todo a su disposición y el mundo casi se arrodillaba a sus pies cada vez que se movía, pero ahora no puede hacerlo. Perdió muchísimas cosas de golpe por ese accidente, necesita ayuda psicológica urgente.
—¡Eso supuse! Pero ¿cómo le digo que vea a un psicólogo, si a los fisioterapeutas los saca a los gritos de su casa? —explicó con voz embriagada.
—Travis, además, estaba muy interesado en ti. —Clarice observó a su amiga con las cejas arqueadas—. A él le relucía la mirada cuando tú aparecías, presumía como un pavo real para llamar tu atención. Tal vez, no deja que lo ayudes porque no quiere que lo veas débil o fallando. Así no podrá conquistarte.
—¡¿Conquistarme?! ¡Eso es imposible! —alegó alarmada— Él podía tener a cualquiera, ¿por qué se fijaría en mí?
—Porque eres una chica hermosa, inteligente, divertida y dulce —enumeró con obviedad.
—No. Jamás se fijaría en mí —dijo pensativa, y recordó el tiempo cuando ella trabajaba para los Miami Crab y él era el jugador estrella de ese equipo.
Las mujeres lo perseguían y él se dejaba alcanzar por ellas. Siempre llevaba del brazo a una diferente, todas mujeres exuberantes y seguras de sí misma. Ninguna de su tipo.
Con ella solo logró una bonita amistad. Hablaban mucho y reían, algunas veces sus amigos se quejaban porque pasaba más tiempo con ella que con ellos, pero nunca hubo nada romántico.
Quizás algunas miradas intensas, acercamientos muy próximos cuando bailaban o roces accidentales que la hacían estremecer, solo eso, pero aquello era parte del compartir, no de un interés especial.
—Quiero ayudarlo. De verdad quiero hacerlo —pronunció con evidente muestra de embriagues.
Sharon respiró hondo. Clarice siempre había sido una mala bebedora. Cuando se reunían a estudiar y la tensión aumentaba, sacaban alguna botella de licor y ella, a mitad del segundo vaso, caía rendida.
Ahora llevaba tres enteros y, aunque se tambaleaba un poco y hablaba con la lengua enredada, aún estaba despierta. O comenzaba a digerir mejor el licor o su corazón estaba tan roto que no permitía que su cerebro asimilara su borrachera.
—Si tanto lo quieres ayudar, ¿por qué no te impones?
—¿Imponerme?
—Recuerdo una ocasión en que Travis y varios de sus amigos querían lanzarse desde un acantilado muy alto para demostrar su valentía y tú fuiste tajante y se lo prohibiste porque estabas muerta de miedo. Él aceptó solo para complacerte, porque no quería preocuparte. Fuiste muy firme en esa ocasión y lo convenciste con facilidad. Si te pones firme ahora, tal vez lo convenzas de nuevo. La fisioterapia le hará mucho bien.
—Tienes razón —dijo aún pensativa—. ¡Tienes mucha razón! —exclamó con mayor seguridad y sonrió complacida—. Iré ahora mismo a hablar con él.
—¡¿Ahora?! —preguntó Sharon alarmada, viendo como su amiga tomaba su bolso y se levantaba de la mesa.
—Sí, ahora. No puedo dilatarme más. Travis sufrió durante tres años por culpa de esa lesión, no puedo permitir que sufra un solo día más.
Con paso inestable caminó hacia la salida. Sharon dejó el pago de las bebidas sobre la mesa y se apresuró a seguirla.
—¡Clarice, son casi las doce de la noche! ¡¿Estás loca?! ¡Travis debe estar durmiendo!
—¡¿Y si no puede dormir por esa lesión?! ¡Iré a ayudarlo!
Se montó en un taxi y pidió ir a la mansión de los Wagner. Sharon no pudo hacer nada por detenerla.
En el camino le envió un mensaje a Dexter. Por suerte, el hombre aún estaba despierto y la recibió algo confuso.
—¿Qué haces aquí a esta hora?
—Vengo a convencer a Travis de que me deje ayudarlo —expuso con voz embriagada, impactando al hombre.
Ella se encaminó tambaleante hacia el interior de la casa sin pagar el servicio. Dexter tuvo que encargarse de eso antes de correr a buscarla.
La alcanzó cuando la mujer comenzaba a subir las escaleras.
—Clarice, ¿qué haces? Es muy tarde. Travis debe estar dormido.
—Los pacientes con lesiones de columna pueden experimentar dificultades para dormir bien —explico sin detenerse. El hombre tuvo que sostenerla en un par de ocasiones porque casi pierde el equilibrio por la borrachera—. Pueden tener dolor, ansiedad, estrés o depresión. O todo junto —dijo eso último muy cerca de la cara de Dexter, bañándolo con su aliento a licor.
Allí él comprendió que ella no estaba en condiciones para hablar con Travis.
—Espera, vamos a la cocina primero ¿sí? Así me cuentas bien ese asunto mientras nos tomamos un café bien cargado.
Al llegar al primer piso, y como ella no pensaba detenerse ni regresar, él tuvo que retenerla al aferrarla por un brazo.
Clarice se molestó por ese agarre y comenzó a forcejear y gritar para que la soltara.
—¡No! ¡Déjame! ¡Necesito ver a Travis! ¡Quiero ayudarlo!
—Puedes hablar con él mañana. Ven conmigo —pidió, ahora sosteniéndola por la cintura para arrastrarla a la planta baja, pero ella se debatía.
—¡No! ¡Déjame ir! ¡Travis! ¡TRAVIS!
Sus gritos alertaron a Travis. Al reconocer la voz de ella, enseguida subió a su silla de ruedas con una pericia y una rapidez nunca antes hecha.
—¡CLARICE! —gritó angustiado y salió a toda velocidad de la habitación.