34 Iba vestido de civil, pero llevaba los zapatos impermeables con las listas reflectantes, que emitían resplandores de un sol pálido en la incierta vía del ocaso. Estaba sonriendo y en las manos sostenía una correa de cuero, sencilla y larga. Tras él, distraído por mil olores, maltrecho y cojeante, avanzaba Nero, que no parecía ir a hacer fiestas. Era típico de su carácter. Ninguno de los dos, ni el perro ni mucho menos Iac, solían manifestar –la verdad sea dicha– sus emociones de forma teatral. Parecía que Nero fuera casi frío y carente de instinto, como el muchacho, pero al bombero no le asombró, acercó uno al otro y dejó que los dos se rozaran, entre algunas caricias, dos meneos del rabo y un par de lametones. Después Iac liberó a Nero, que se acercó despacio a Sadam. Encontró un boca

