4- La verdad de sus ojos.

1790 Words
POV: Marcos Anderson Mientras sostiene con uno de sus brazos el frente del vestido a la altura de sus pechos para que no caiga, me observa pestañeando con rapidez. Trago saliva porque su nerviosismo casi me convence, pero de pronto, la veo enderezarse y cambiar su mirada a una llena de decisión. —Es cierto, tú pagaste, es lo justo... Pero no te olvides de que tú me prometiste... Doy dos pasos hacia ella, causando que deje de hablar; sus labios entreabiertos sueltan el aire que retenía en sus pulmones. No puedo evitar detenerme en su boca, pensando si besarla o si primero hacerla confesar. —Que te mostraría mi gran dote. Lo haré, claro que lo haré, pero antes... vamos a calentarnos un poco, ¿no? —arqueo una ceja cuando noto su confusión—. A menos que estés jugando conmigo. Ella niega y, con una de sus manos, desliza la tela del vestido que cubre sus pechos. Deja caer la prenda y, si hay algo en lo que no mintió, es que vale cada maldito centavo: es hermosa. Su antebrazo no llega a cubrir todo su busto, que se escapa por arriba y por abajo, obligándola a cubrirse con ambos brazos. Doy dos pasos más y quedo frente a ella, a pocos centímetros. Levanta la mirada y juraría que se ve realmente inocente. —Así que eres virgen —tomo un mechón de su cabello que cae sobre su clavícula y jugueteo con él. —Sí... lo soy. Me río, porque esto es tan convincente que a cualquier hombre prehistórico podría parecerle creíble. —Eres muy divertida —me inclino hacia su rostro y su boca se abre más, como si esperara que la besara. Casi lo hago, pero retrocedo porque no sé si podré detenerme después de probarla. Hay algo en ella que por más mentiras que haya dicho, me llama, me incita y me tiene bombeando la sangre de todo mi cuerpo hacia un solo lugar. —¿Por... por qué? —musita en un susurro. Vuelvo a reír con sarcasmo. En un movimiento rápido, envuelvo su cintura con uno de mis brazos, presionándola desde la espalda baja, y con mi otra mano tomo su nuca, dejándola en la posición perfecta para besarla, con su rostro hacia arriba compensando la diferencia de altura. Sus ojos no dejan de verme y el suave jadeo que sale de sus labios me hace perder el juicio. Estampo mis labios con los suyos. Su boca es suave, cálida y sabe jodidamente bien. No quiero soltarla, pero debo hacerlo para desenmascararla ahora mismo. —¿Fue divertido engatusarme? ¿Por qué mentir diciendo que eres virgen? ¿Para quitarme más dinero? Hubiera pagado igual aunque no lo fueras, pero a mí no me gusta que me vean la cara de estúpido solo por estar ebrio —gruño sobre sus labios, deseando volver a devorarlos. Ver su boca abrirse me hace maldecir internamente. Me tiene deseando desaparecer mi ropa y usar todas estas horas de hotel para oírla gemir y sentirla temblando bajo mi cuerpo. —¿Qué? No... ¿qué dices? Yo no te... —Mentiste, no lo niegues —me giro con ella y solo un paso es necesario para que se tambalee y caiga en la cama dejando sus brazos hacia arriba con sus pechos libres. Con una de mis manos al lado de su rostro me sostengo para no aplastarla y con la otra aprieto uno de sus pechos conteniendo el gusto que me provoca su suavidad. Un jadeo sale de sus labios y sus ojos se abren. —Estoy seguro de que, si me quito la ropa y tengo sexo contigo, me demostrarás que eres una mentirosa. Ella niega con sus ojos empañados. Está temblando; tiembla como una hoja y me mira afligida, asustada. —Lo siento... sí mentí, pero no con eso. Es cierto, fingí ser una chica coqueta para que fueras a la subasta, pero yo nunca, jamás, he estado con alguien. Lo juro, eso es verdad. Solo intentaba... solo... —gimotea a punto de llorar. Me aparto en ese instante, mirándola con el ceño fruncido, preocupado. Toma las sábanas y se cubre, mirándome con los labios temblorosos y la respiración acelerada. —Me mintieron. Nunca dijeron que solo llevarían ancianos a la subasta. Sí, está muy mal, yo nunca debí acceder a esto. Solo quería una aventura, quería una primera vez diferente. Nunca quise esto... tú parecías amable, carismático y claro, eres muy guapo. Yo... lo siento, lo siento. Pagaste mucho dinero y te llevé allí engañado, si no, no hubieras ido. Lo sé, no hubieras accedido a ir a una subasta de una virgen. Ella dijo que me vendería al más anciano y que mi primera vez sería horrible... estaba desesperada. Si iba a ser así, quise que fuera con un hombre que me gustara a la vista, ¿no? —sorbe por la nariz y cierra los ojos mientras las lágrimas se escurren—. Solo iba a juntar dinero para la universidad, nada más. Esta aventura no resultó divertida. No quise mentir, perdóname. Te devolveré el dinero, le diré a mis padres y te lo devolveré. Pestañeo desconcertado ante su extenso monólogo. No sé si ha respirado antes de escupir todo eso a mi cara. Me froto el rostro y de repente, me siento un desgraciado. Ella es joven, mucho más que yo. Pienso en mi hermanita, que en unos años podría verse envuelta en tonterías similares, y yo... —No estoy mintiendo. Sí soy virgen, lo soy. Sé que parece extraño, que a mi edad no tiene sentido... —¿Qué estabas pensando al hacer esto? —la regaño. —Era nuestra aventura de verano... Toda mi vida quise hacer esto de forma distinta. Quería a alguien experimentado —escupe con firmeza, y ahí veo de nuevo esa seguridad que me hizo dudar de su inocencia. —¿Y te parece bien venderte? —ella perdió la cabeza. Si yo no fuera quien la compró, ¿qué pasaría? Soy un idiota y estoy ebrio, lo admito, pero si veo a una mujer asustada como ella, no haría nada. Otros no tendrían esa consideración. Baja la mirada ante mi regaño. —Quería juntar dinero para cambiarme de universidad sin depender de mis padres —murmura sin mirarme. —¿No tienen dinero? —Carraspeo. —No es eso. No lo entiendes, lo sé —vuelve a mirarme suspirando—. Si yo consigo el dinero, no necesitaré su aprobación para cambiarme de universidad; sin embargo, si les pido el dinero, ellos deciden. Quería ser independiente y... La entiendo claro que la entiendo, aún así. —Eres muy arriesgada. Mira, ni siquiera te conozco y creo que a tu edad también hice estupideces. Uno a los veinte y tantos hace toda clase de tonterías —río, porque juzgarla sería hipócrita—. Toma esto de alguien que ha vivido más que tú, al menos unos siete años más: no hagas estas cosas, Pulgarcita. Ella aprieta los labios, mirándome atentamente. —¿Lo dices por lo baja y rubia? —Me río. —Sí... pequeña y rubia como Pulgarcita. Podríamos incluir lo traviesa. Una suave risita sale de sus labios. —Ahora sé que fue mala idea. No creí que esa mujer del club me haría esto. Había muchos candidatos jóvenes que podrían haber asistido y ella no los invitó, entonces... tú eras mi plan. —Yo era tu mejor opción —afirmo. Adiós despedida de soltero, adiós dinero. Carajo. ¿Pero qué puedo hacer? Si mi hermana hiciera tal estupidez, ojalá se encontrara con alguien como yo, que no la obligue a nada. —Eras el único guapo, joven y gracioso que encontré. No es que tuviera mucho tiempo —abro los ojos. —¿Estás diciendo que no fui la mejor opción? —bromeo y ella se ríe. Me siento en la cama a su lado. —No digo eso... solo digo que... —suspira—. Perdón y... no me arrepiento. Tú me compraste, me ayudaste aunque no lo sepas y, además... se nota que eres bueno, aunque cuando entré pensé que eras un patán. Ruedo los ojos. —Pensé que mentiste y que solo hacían esas subastas de falsas vírgenes para estafar. Ella superpone su labio superior sobre el inferior y trago saliva. —Lamento esto... como te hablé, lo del beso... Niega y sus mejillas vuelven a adoptar ese tono rojizo, haciendo que olvide lo que iba a decir. —No te preocupes, no estoy enojada. En realidad... —carraspea—. Tú tienes algo, algo diferente. —Yo voy a irme, es lo mejor. Pero antes, dime si tienes el dinero suficiente para tu independencia universitaria. —saco la chequera de mi saco junto a un bolígrafo. —¿Qué? No, por favor, no hace falta. Tengo para un año y eso es suficiente para no tener que rendir cuentas a nadie. Además, ¿cómo vas a darme su dinero? Me encojo de hombros. —Porque no es mío, es de mi padre y quiero hacerlo enojar. ¿Qué mejor forma que ayudar a una chica loca que se metió en problemas? Ella sonríe. —No estoy tan loca... tenía sentido en mi cabeza. Guardo la chequera. —Señorita "no tan loca", no haga más tonterías. Me levanto para marcharme y ella toma mi mano con suavidad, sujetando solo uno de mis dedos. —Espera... —me observa sentada en la cama. Miro su boca y humedezco mis labios involuntariamente. —No te vayas... aún no tomas lo que te pertenece. Sus palabras me toman por sorpresa. —Descuida, no hace falta. No me suelta y ahora se arrodilla en la cama, dejando caer las sábanas. —¿No te gusto? ¿Es eso? ¿No te parecí tan hermosa? —Pestañea y hago un gran esfuerzo para no mirarla. —No es eso... es que no tienes que hacerlo. Tienes que hacer esto con alguien que te guste, con alguien... —Quiero hacerlo contigo. Solo será una vez y nunca más nos veremos, además... —humedece sus labios—. Cuando me besaste, sentí algo que me quemó por dentro. No puedo tragar saliva. Ella toma mis dos manos y me atrae, dejándome arrodillado frente a ella mientras sube sus manos temblorosas por mi pecho. —Quiero dejar de vivir en la ignorancia. Al final, pagaste por esto y yo quiero dártelo. Apoyo mis manos sobre las suyas, tratando de mantener el control y apartarla. —Eres virgen... —Soy una virgen que no quiere ser tratada como una. Solo una noche, una sola noche... Se acerca a mi boca y juro que quiero negarme.
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