3- Una falsa virgen.

1128 Words
POV: Marcos Anderson Dentro del salón donde se llevará a cabo la subasta hay muchos hombres, la mayoría podrían ser mi padre o incluso mi abuelo. Observo el número en mi paleta: el dieciocho. Ya veo que se toman en serio el jueguito de la subasta. No tenía idea de que en este club se jugara así solo por una noche con una mujer bonita. —¡Bienvenidos a todos! Aquí pueden contemplar al ángel que podrán tener durante toda una noche y el privilegio de ser el primero en la vida de esta belleza —arqueo una ceja y casi una estruendosa carcajada sale de mi garganta. —Es demasiado hermosa, escuché que las vírgenes huelen diferente —suelta uno de los hombres a mi alrededor. Me alejo del centro de la sala y me apoyo en una pared que me hace pasar desapercibido. Estoy ebrio, pero no soy idiota. ¿Qué carajos haría una chica virgen en un club como este? Por favor. Eso es una mentira enorme, ella no se veía como una santa cuando me increpó y me retó a venir aquí. —Planeo dejar mucho dinero por averiguar si es verdad —siguen hablando. Vuelvo a analizar el salón y entiendo algo: está lleno de ancianos porque tienen mucho dinero. Mientras más los observo, más confirmo que esto es una estafa. La observo a ella: hermosa, perfectamente apetecible, parada en una tarima con ese vestido blanco que sí la hace ver como un ángel. Algo que no es. Recuerdo cómo pasó de mí hasta que le dije, por pura altanería, que era un heredero; ella volvió al instante hacia mí. “Eres un tonto, Marcos”. Fue una trampa. Ella solo quiere ganar dinero subastando algo que no posee. Qué chica lista: traer a un ebrio con dinero a dar lo que fuera por una noche con ella. Por supuesto es tentador; quién no caería si es una belleza andante con un cuerpo que te tienta a pecar. Qué mentirosita resultaste, Pulgarcita. Me mantengo fuera de la vista de todos, solo contemplando cómo está a punto de comenzar la subasta. Si solo la subastaran no sería problema, pero mentir me parece demasiado sucio para una chica. Una risa interna retumba en mi pecho. —La puja comienza en 50 mil —anuncian por el altavoz. —Cincuenta y cinco mil —mejoran la puja. Encima invitan a tacaños. —¿Quién da 65 mil? El 24… ¿quién da más? —observo a todos—. ¿Alguien da 75? —Solo mueven su paleta. Así va subiendo la puja hasta los 190 mil dólares. Es bastante dinero, aunque a mí no me parece demasiado. Le clavo la mirada y noto cómo mira sus manos con la cabeza agachada. —Doscientos mil y que esto se termine —grita uno de los ancianos. Mírame, mentirosita, mírame si quieres seguir jugando. Aunque seas una mentirosa, al menos me darás una excelente despedida de soltero. —Doscientos mil a la una, doscientos mil a las dos… —levanta su mirada y se encuentra con la mía casi al instante. —Trescientos mil dólares —levanto mi paleta, ganándome la mirada de todos—. Es una subasta, ¿verdad? Creí que la puja empezaba en 500 mil, mínimo —resoplan. —Trescientos mil a la una, trescientos mil a las dos y… ¡vendida al dieciocho! —golpean el mazo y veo sus ojos brillar. Me compré una mentirosa. ¡Genial! Me acerco a la ventanilla donde debo entregar el cheque y ellos me entregan un papel que parece un documento de consentimiento por la “pureza” de esa chica. Me causa gracia ver el documento y lo guardo en el bolsillo de mi pantalón. —¿Utilizará una habitación de este lugar o prefiere llevar su “compra” a donde desee? —Quiero que la lleven aquí —anoto la dirección de un hotel al que ya he ido muchas veces—. Que se anuncie como: “Ángel”. Me marcho sin mirar atrás. Voy directo al hotel y reservo una habitación para toda la noche. No dejo de pensar en la mentira y en cómo planea mantenerla. Un hombre nota cuando una mujer es virgen, ¿qué pasará cuando descubra que no lo es? La espero en la habitación, sentado en un sillón, bebiendo licor con ansiedad. En la recepción me llamaron diciendo que llegó el tal “Ángel”, el cual avisé antes para que ella pasara directo. No sé si es el alcohol lo que pone mi mente débil, pero vuelvo atrás, a cuando la encontré, cuando vi sus mejillas rosadas como dos fresas con solo sonreírle. Trato de comprender, porque por momentos siento que tiene sentido y por otros… no. No despego la vista de la puerta y, cuando un suave golpeteo retumba, sonrío con malicia. No caigas, es mentira, claro que lo es. En esos clubes solo intentan estafarte y lo han hecho, pero yo he accedido; eso cambia las cosas completamente. —¡Adelante! El pomo gira y la veo entrar. Trae el mismo vestido y, al verme, sonríe de lado. El alcohol en mi sistema hace que ese simple gesto me ponga caliente. —Cumpliste… —musita con una voz dulce y melodiosa. —Quítate el vestido —suelto sin siquiera saludarla. No es mi estilo, no soy así. Solo quiero que confiese la verdad; no necesito que sea virgen para ser un caballero, pero odio la mentira. —¿A… ahora? —tartamudea. Qué bien miente. —No, más tarde —respondo irónico—. Claro que ahora. Quítatelo. Pagué por ti y quiero lo que me prometieron, ¿no funciona así? —su cuerpo se pone rígido y traga saliva. La observo; no dejo de hacerlo. Trato de concentrarme en cada gesto, cada movimiento, de forma precisa: cómo sus dedos pellizcan levemente la tela de su vestido y cómo muerde sutilmente su labio por dentro. —Supongo… es que pensé, bueno, yo… pensé o quizás imaginé… que tú… que nosotros… al menos… —me levanto dejando el vaso en una mesa con un golpe seco. Solo intento intimidarla. Esto es una actuación tal y como la suya. La única forma de que confiese es presionándola. —No lo volveré a repetir. Hazlo. Fuiste muy valiente al buscarme y al retarme a ir a esa subasta. ¿Sabes todo lo que pagué por ti? —remarco. Veo sus ojos titilantes y cómo duda. Incluso juraría que sus labios tiemblan mientras baja la cremallera de su vestido. Es una muy buena actriz, ¿no? Es eso, por eso ahora se ve realmente como una chica nerviosa. ¿O es otra cosa?
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