Adriana La noche anterior a la boda llegó sin hacer ruido, como si supiera que no debía interrumpir la calma que por fin habitaba en mi pecho. La casa estaba llena, pero no era caótica, era una presencia suave y cálida. Sofía había llegado con telas, bocetos y alfileres, Emma con una botella de vino que juró “no tocaríamos mucho” — mentira— mi madre con esa mirada emocionada que llevaba horas intentando disimular y hasta la madre de Theo, sentada cerca de la ventana, observándome como si quisiera memorizarme. —Nada de nervios —dijo Sofía mientras dejaba el vestido cuidadosamente colgado — Mañana solo vas a hacer una sola cosa, caminar hacia el hombre que amas. — Eso me hizo sonreír… y casi llorar. —No puedes decirme que no este nerviosa, porque siento que me muero de nervios, no me se

