Capítulo Cuatro

1376 Words
Benjamín Nos encontramos ocultos a unos metros del puente de Brooklyn a las 2:00 p.m. exactas. Mia se encuentra bajo el mismo, esperando por el poeta. Lleva una camiseta blanca cubierta por una chaqueta de cuero negra, unos jeans negros ajustados y tacones de aguja negros. Su cabello va a atado en una coleta que es azotada por el viento. Es tan hermosa que duele observarla. —Tenemos que estar atentos a la señal que Mia nos dé —Malcom y yo nos encontramos en una camioneta camuflada, mientras que su equipo está cerca del puente también. Algunos disfrazados, otros esperando en sus camionetas a la señal de Mia. El federal voltea a verme—. ¿Crees que llegue? —La pintura es la primera en su lista de juguetes. Es claro que llegará, dale tiempo. Esperamos durante unos minutos más, y yo no despego la mirada sobre Mia. Hay tantos recuerdos... Nos encontramos en un club al exterior en las playas de Cancún. Aaron y yo estamos sentados en la barra, mientras que Mia está bailando con su novio, el famoso asesino, Joe West. Dejo salir un gruñido sin darme cuenta. —Realmente te molesta el tener a Joe cerca de Mia —Aaron enarca ambas cejas mientras le da un sorbo a su bebida. Aaron Díaz es un amigo íntimo, al igual que de Mia. Lo conocimos en una gran estafa que hicimos al banco central de Madrid, España. Trabajaba ahí y fue él quien nos vio a Mia y a mí robar el dinero de la bóveda. Mia pensaba que estábamos perdidos, hasta que él accedió a ayudarnos con el robo. Desde ahí, se convirtió en un fugitivo al igual que nosotros. —Él no la merece —respondo sin quitar la vista de la pista de baile donde se encuentran. —No lo sabes —responde cautelosamente—. Parece hacer feliz a Mia. —Le hará daño, Aaron. Conozco muy bien a Mia, y detrás de toda esa fachada ella se muestra débil con sus emociones. —Si le hace daño como tú dices, serás tú quien estará con ella. —Para limpiar sus lágrimas... Y no para hacerla feliz como Joe. Mis pensamientos son interrumpidos por la voz de Malcom. —¡Atención, el poeta está llegando! ¡tomen posiciones y esperen a la señal de Mia! Mis ojos se enfocan en la cámara que apunta en dirección a Mia y a varios hombres. De ellos sale un hombre alto, blanco, cabello n***o y de traje. Mia enarca una ceja al observarlo, sé que muere por que lo arresten.   Mia El poeta se encuentra frente a mí con expresión seria. Realmente no esperaba verme en el lugar de Devon. —Mia Wagner —habla después de unos segundos—. Me sorprende verte aquí. —Sucede que no podía ocultar mis ganas de verte, Kal. El hombre se cruza de brazos, interesado ante mis palabras—. ¿Tenías ganas de verme? —Quiero hacerte una propuesta. —¿Y cuál es esa propuesta? —sonrío, victoriosa. Está por caer en mi trampa. —Yo trabajando para ti. Kal lanza una carcajada—. ¿Mia Wagner, trabajando para mí? ¿a que se debe tu interés en trabajar conmigo, querida? —Sé que tienes varias obras en tus manos, y al parecer yo tengo una que tú quieres. —¿La Puerto Rican Peìta? Saco la pintura del protector, y él sonríe al verla.   Benjamín Mia saca la pintura y sé que esa es la señal. —Ahora —murmuro. Salimos de las camionetas con rapidez y corremos hasta donde se encuentra Mia. Malcom y varios hombres llegan apuntando al poeta y a sus guardaespaldas—. ¡FBI! Los hombres voltean en dirección a nosotros y levantan las manos en acción de rendición. El poeta nos observa a Mia y a mí con expresión divertida mientras lo arrestan—. Han caído bajo al ayudar al FBI. Malcom lo presiona con fuerza—. Tienes derecho a guardar silencio. Todo lo que digas será usado en tu contra. El equipo se lleva a todos dejándonos a Malcom, a Mia y a mí. Él sonríe con aprobación. —Te felicito, Mia. Hiciste un gran trabajo en tu primera misión. Mia se encoge de hombros—. Hice lo que tenía que hacer. —Y eso nos llevó al arresto de Kal, el poeta —sonríe y nos mira a ambos—. Ustedes dos hacen un gran equipo. Sin más, Malcom se va dejándonos a Mia y a mí solos. Es mi única oportunidad de hablarle. —Mia... —ella voltea y pone su palma extendida frente a mí en señal de silencio. —No quiero escucharte, Benjamín. —¿Por qué no? Por favor déjame explicar por qué lo hice. Ella cierra sus ojos y deja salir un suspiro—. Dejaste que asesinaran a mi novio, no puedo perdonarte eso. —¡No sabes la razón de porqué te delaté! —¡Porque fuiste cobarde! —estalla—. ¡Te importé demasiado poco! —¡Eso no es verdad! —¡Lo es, Benjamín! ¡siempre ha sido así! —las lágrimas comienzan a salir de su rostro—. ¡Siempre has querido todo, pero no estás dispuesto a sacrificar nada de ti! ¡prefieres cortarles la cabeza a otros antes de ser tú el que pague por eso! Y sin decir nada más, Mia se marcha, dejándome con el sabor de la traición, amarga y sin forma de quitarla de mi boca. Durante muchos años intenté convencerme de que había sido por egoísmo propio mi razón de delatarla, pero no fue así. Estaba celoso y estaba enojado. Me sentía tan traicionado por Mia que no pensé en nada más que detenerla, pero no imaginé ni me percaté de las consecuencias de mis actos. Había lastimado a Mia de una forma que no podía explicar, pero no porque no supiera cómo, sino porque nunca experimenté tal traición por su parte. Ella siempre fue fiel, siempre apoyó mis decisiones, mis buenos y malos actos. Mia Wagner estuvo presente en cada momento de mi vida, y yo le pagué de una forma vil y despreciable. Soy un completo imbécil.   Camino por las calles de Nueva York con mis pensamientos hechos un remolino, cuando el sonido de mi celular se hace presente.   Entro rápidamente a la sala de reuniones y me encuentro con Mia y una mujer rubia de unos cuarenta años hecha un mar de lágrimas. Mia le tiende una taza de café caliente. —¿Qué ha pasado? —pregunto con un nudo en mi garganta. La mujer lleva varios golpes en el rostro y en los brazos, parece haber sido atacada por una bestia. —Alguien la atacó —Mia contesta a mi pregunta—. Malcom está por tomar su declaración. Me agacho frente a la mujer con cautela. Sé que Malcom no tendrá la paciencia que se necesita con ella. —Hola —le doy una media sonrisa—. Soy compañero y consultor de Malcom Fowler, ¿te importa que te haga unas cuantas preguntas? La mujer de cabello corto niega con la cabeza a la vez que le da un sorbo a su café. —¿Cómo te llamas? —Mi nombre es Felicia Morrison —Mia corre por una libreta. —Bien, Felicia, ¿puedes decirme tu edad? —Cuarenta y dos años. Nací el seis de mayo del setenta y cinco. —¿Qué sucedió esta noche? Mi compañera ha dicho que fuiste atacada, ¿pero podrías decirme con exactitud qué sucedió? —Me dispuse a dormir en mi habitación después de haber estudiado un caso que tenía hace varios días ya. Pasaron como treinta minutos cuando sentí una almohada sobre mi rostro. Reaccioné ante el ataque y golpeé de una patada a la persona que me estaba ahogando. Él se lanzó sobre mí y comenzó a golpearme con los puños. Gracias a Dios tenía un fierro bajo mi cama y lo usé para defenderme. Lo golpeé en la cabeza y logré soltarme; por esa razón estoy aquí. —¿Lograste verlo? ¿era un hombre? —Sé que era un hombre por su figura, pero no logré verlo ni escucharlo. Tampoco sé la razón del porqué de su ataque, ni siquiera tengo una idea. —No te preocupes, Felicia. Malcom vendrá con los resultados de la investigación —Mia le da una media sonrisa. En ese instante, Malcom entra con cara de pocos amigos. —Eso no será posible. —¿Por qué? —pregunto confundido. —El hombre ha borrado todas sus huellas del apartamento de Felicia. —¿Qué hay de las que se encuentran en su cuerpo? —Usaba guantes. Por lo que no tenemos ninguna pista del atacante. —Quiere decir que... —Estamos tratando con un asesino invisible.
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