Benjamín
—¿Estás bien? —susurro mientras la observo. Por poco la pierdo.
De pronto, Mia me empuja con una fuerza impensable—. ¡No necesito que me revises!
—¡Casi te matan ahí! —le reclamo—. Un gracias estaría bien —Mia se acerca a mí dando una zancada.
—No creas que porque me salvaste la vida devolverás el sentido a mi vida —gruñe—. Tú destruiste mi felicidad y no hay nada que puedas hacer para remediarlo, ni si quiera salvarme de las llamas.
No me doy cuenta de cuando Mia se marcha hasta que Malcom se aparece a mi lado.
—Debes dejar de acercarte a ella.
—Trabajo con ella —me paso las manos por el cabello. ¿Tanto daño le causé?
—Escucha, la misión ya está en progreso por lo que es peligroso que nos observen aquí afuera. Vamos a la camioneta, hablaremos de este lío en cuanto todo termine.
Asiento aun observando el suelo. Nunca pensé que dolerían tanto las consecuencias de mis actos en contra de Mia.
Mia
Camino con decisión a la parte de atrás del museo. Trato de empujar todo el drama que acabo de vivir. No puedo permitir que el imbécil de Benjamín me desconcentre en mi primera misión. Necesito hacer todo perfecto.
—Estás muy ida —Devon se encuentra frente a mí con una enorme sonrisa. Yo le dedico una mirada de odio. Es tan fastidioso.
—Ese no es asunto tuyo, ¿estás listo?
—¿Tú que crees muñeca?
Ruedo los ojos y saco las herramientas para desactivar las alarmas y abrir la puerta trasera. Tardo aproximadamente cinco minutos para hacerlo, pero lo logro. Entramos con cuidado y Devon sonríe en cuanto respira el aire del museo.
—Debo decir que siempre quise trabajar contigo, Mia —con suerte será su último trabajo también.
—Concéntrate, debemos encontrar la pintura —caminamos por los pasillos mientras recibo las instrucciones de Malcom a través del audífono. Tenemos apenas quince minutos antes de que las alarmas se activen de nuevo.
Llegamos al salón donde se encuentra la pintura y siento mi cuerpo estremecerse. No recordaba cuanto amaba hacer esto. El arte siempre había sido mi vida y como nunca tuve una vida digna y forrada en dinero, mi única fuente para acercarme a ver estas maravillas era nada más y nada menos que el robo.
—¿Lista? —Devon enarca una ceja.
—Adelante.
Ambos comenzamos a quitar la pintura del marco con cuidado. En mi mente se cruza el primer robo que cometí con Benjamín y siento una presión en el pecho, pero niego con la cabeza. No entendía ni entiendo qué lo llevó a decirle al FBI sobre mi escape. Siempre lo apoyé, lo ayudé. Me ensucié las manos en muchas ocasiones por salvarlo de miles de crímenes, y él decidió pagarme con un asesinato y mi entrada a prisión.
Te odio tanto, Benjamín.
Terminamos en diez minutos. Devon sonríe con sorna y yo asiento.
—Bien, mi parte del trato fue cumplida —le tiendo la pintura—. Te toca.
Devon me tiende un celular—. Michael, el ladrón ese, lo llamé esta tarde y se verán bajo el puente de Brooklyn a las ocho.
—Fue un placer hacer negocios contigo, Devon.
—El placer fue todo mío, preciosa.
Salgo del museo con una sonrisa en el rostro. Lo que bien aprendes, jamás olvidas.
Malcom y Benjamín vienen corriendo en mi dirección y yo le sonrío al federal. Él me mira con el ceño fruncido.
—¿Por qué rayos Devon no está contigo para arrestarlo? ¿Y dónde carajo está la pintura, Mia?
—Se ha ido —me encojo de hombros.
Benjamín
Malcom observa a Mia con expresión furiosa. Está por devolverla a la cárcel.
—Qué hiciste, ¿qué? —masculla. Ella comienza a caminar hacia la camioneta.
—Le di la pintura.
—¿¡Por qué carajo hiciste eso!? —reclama—. ¡No era parte del plan!
Mia se voltea ya frustrada. Ella pierde los estribos fácilmente—. Ve a esta dirección —le tiende un papel—. Entenderás porqué lo hice.
Sin más, se sube a la camioneta y se va. Malcom y yo observamos la calle, boquiabiertos.
—Se llevó mi camioneta —dice anonado.
—Y tus sándwiches.
Llegamos a la dirección que comenta Mia, y me sorprendo al estar frente a la misma bodega de Devon. Sonrío con sorna en ese momento, ella siempre está un paso delante de los demás.
—Por eso nos trajo aquí.
—¿Por qué? —Malcom frunce el ceño.
—Dentro de esa bodega están todas las pinturas que Devon ha robado. Mia hizo que nos trajera a su madriguera con algo para atraparlo.
Malcom sonríe y aplaude—. Gracias Mia —se voltea hacia mí—. ¡Llama a Cecily! Hay un arresto que hacer.
Unos minutos después de hacer la llamada, el FBI llega justo a tiempo. Estamos por entrar cuando escucho a Devon hablar. Me asomo con cuidado y lo veo al teléfono.
—Por supuesto —sonríe—. Tendré la pintura para el poeta a esa hora.
—El poeta —susurro. Malcom inmediatamente hace una seña para que los demás entren.
—¡FBI! —grita—. ¡Baja el arma!
Devon nos mira con expresión confundida. Mia aparece detrás de mí y es en ese entonces cuando su sorpresa crece aún más.
—Me traicionaste —su voz se tiñe de desprecio mientras lo esposan. Mia sonríe y niega con la cabeza.
—Debiste ser más inteligente, Devon —ella se acerca a él y lo toma del mentón—. Ahora, si quieres reducir tu condena tendrás que empezar a hablar. ¿Cuándo y dónde verás al poeta? Porque en definitiva no es la hora que me dijiste.
—No voy a decirte, perra estúpida —Malcom aprieta más sus esposas y él lanza un grito de dolor—. ¡Bien! Voy a hablar.
—Así está mejor.
Luego del arresto de Devon, regresamos al FBI. Malcom decidió llevarse a Mia para interrogar al bastardo de su "colega", mientras tanto, yo me encuentro en la sala de reuniones con Cecily y su curiosa mirada.
—Te gusta trabajar con ella —confiesa luego de un gran silencio.
—¿Qué? —Frunzo el ceño—. Cecily, Mia me odia.
—Te odia porque hiciste algo en su contra, solo que no conoce los motivos.
—Mi único motivo fue el querer salvar mi pellejo —respondo, acariciando mis sienes con los ojos cerrados.
—No lo creo —chasquea la lengua—. Te vi en ese hangar cuando atrapamos a Mia. Tu mirada decía todo menos egoísmo. Tú realmente estabas enamorado de ella y no querías que se fuera con su supuesto novio.
—Cecily, ¿podemos parar esto ya? —los recuerdos de ese día comienzan a torturarme.
—Bien —rueda los ojos—. Pero que sepas que te estás engañando a ti mismo.
Justo cuando estoy por decir algo más, Malcom y Mia entran a la sala. El rostro de Mia refleja picardía mientras que el de Malcom reflejaba negatividad. Oh sí, Malcom, Mia suele sacar de quicio a quien quiera.
—¿Y bien? —pregunto, la curiosidad carcomiéndome.
—Mia quiere ir en el lugar de Devon para la entrega de la pintura.
—¿¡Qué!? —¿está loca?
—Soy la única que conoce todas las trampas del poeta. Si llegan a tiempo nada malo pasará.
—¡Pueden matarte! —digo alterado.
—No pedí tu opinión, Benjamín —la mirada de Mia está llena de odio, y creo que no existe peor sentimiento que el tener conocimiento de que esa mirada es por mi causa.
—Quieras o no, Benjamín tiene razón. No puedes ir y es mi última palabra.
—¿Quieres que el poeta escape en cuanto los vea a ustedes? —replica. La molestia se detecta en su voz—. ¡Conoce a cada uno de los que trabajan para el FBI!
—Menos a ti —murmuro.
—Porque soy la que ha ingresado recientemente. No puedes arruinar esto, Malcom.
Malcom nos observa con expresión de frustración durante unos minutos. Sé que está estudiando sus opciones para no poner a Mia en peligro, y mucho menos para que ella escape. De algún modo él tiene la sospecha de que Mia trae algo entre manos, y siendo un agente del FBI necesita estar sobre ella. No puedo culparlo por no querer dejar ir a Mia, además, corre un gran peligro.
—De acuerdo —bufa—. Tú irás
Mia sonríe y mi corazón late con fuerza. Ella podría morir ahí.
—¿Por qué permitiste que lo haga? —le pregunto una vez que todos se han retirado.
—Ella tiene un punto a favor, Ben. Si dejo que el poeta sepa que estamos detrás de esto se irá la única oportunidad que tengo de atraparlo. Mia es mi as bajo la manga.
—¡Podrían matarla, Malcom!
—¡Pero no lo harán! —exclama—. Estaremos ahí.
En ese instante, Mia abre la puerta. Su mirada se encuentra con la mía, y por primera vez desde que llegó, decido ser yo el que se aparta.
—Será mejor que no suceda nada —amenazo antes de irme.