El Reino Carmesí no estaba acostumbrado a recibir visitantes que no pidieran permiso. Mucho menos visitantes que no parecieran impresionados. El carruaje llegó al amanecer, cuando la piedra roja de las torres aún estaba fría y el cielo apenas clareaba. No llevaba estandartes ostentosos, ni escoltas excesivas. Solo hierro. En las ruedas. En los refuerzos. En la estructura. Un carruaje hecho para durar, no para lucir. Eso ya era una declaración. El hombre que bajó primero El guardia de la puerta principal sintió el peso antes de ver al visitante. No peso físico. Peso estructural. Cuando el hombre bajó del carruaje, el metal de su armadura no brilló. Respondió. Como si la propia materia reconociera a su dueño. Era alto, de hombros anchos, con cabello oscuro recogido en la nuca

