El amanecer no trajo calor.
Solo trajo luz.
Y la luz fue peor.
Porque bajo el sol todo se ve con precisión: las manos temblorosas, los labios morados, el miedo escondido en los ojos. El frío ya no era un rumor, ni un presagio.
El frío era un hecho.
A -25 grados, la Manada Rosa Negra ya no se parecía a un territorio. Se parecía a un mausoleo.
Los árboles estaban cubiertos de cristal blanco. El agua de la fuente era una estatua helada. La baranda del balcón crujía con cada soplo de viento, como si hasta el metal tuviera miedo de quebrarse.
Los guardias que habían pasado la noche en el perímetro respiraban con dificultad; no estaban muertos, pero se movían como si cada articulación estuviera hecha de vidrio. Sus pestañas eran agujas blancas. Sus manos se pegaban a sus lanzas.
Nadie había visto jamás un invierno así… no en esa tierra.
Y nadie se atrevía a decirlo en voz alta, pero todos pensaban lo mismo:
Celeste Rosenthal los tenía en la palma de la mano.
En el interior de la casa principal, el Salón del Consejo se llenó con la urgencia de una manada a punto de colapsar. No entraban como autoridades. Entraban como cuerpos buscando aire.
Calvin, el Alfa, ya estaba de pie en la cabecera.
Su presencia imponía, como siempre. Era grande, duro, una pieza de guerra. Tenía el tipo de rostro que no fue hecho para sonreír: mandíbula marcada, cejas rectas, ojos dorados opacos.
Pero esa mañana, en su quietud, había otra cosa:
impotencia.
La clase de impotencia que no se puede morder ni destruir.
A su lado, Regina era mármol.
La Luna actual de la manada no temblaba con el frío, porque sus años de poder le habían enseñado a soportar tormentas sin delatarse. Su rostro era elegante y severo, su mirada afilada. Llevaba el cabello recogido con perfección ritual, como si el orden externo pudiera evitar el derrumbe interno.
Regina no estaba asustada por Celeste.
Regina estaba asustada por lo inevitable:
cuando una Luna se apaga, todo el sistema se quiebra.
Stefan entró en silencio, con la cara de alguien que no durmió ni un minuto.
En él había una contradicción peligrosa: era heredero, era fuerza, era deseo… pero también era culpa sin salida. Sus ojos buscaban una solución como un animal busca agua cuando ya es tarde.
Y luego entró Violeta.
Violeta caminaba como una reina a la que no le pesa la corona.
Su belleza era perfecta… pero lo que la hacía imposible de ignorar era su aura: el aire alrededor parecía más vivo, como si la primavera entera existiera en su piel. Tenía la cabeza alta, el mentón firme, los labios suaves, el cuello largo como el de una pintura antigua.
Y sus ojos.
Ojos arcoíris.
Los mismos que Celeste.
Los ojos Rosenthal eran la marca maldita y bendita del linaje. No eran un color: eran un fenómeno, un espectro vivo que cambiaba según la luz. Con luna, se volvían aurora. Con sol, se volvían prisma. Con emoción, se volvían profecía.
Pero aun así, para quien sabía mirar… no eran iguales.
Los ojos de Violeta tenían vida, brillo cálido, destellos como pétalos mojados al amanecer. Eran arcoíris de primavera: verdes vivos, dorados intensos, violetas florales, rosas suaves.
Los ojos de Celeste, en cambio… habían sido arcoíris de cielo.
Y ahora eran arcoíris de hielo.
Violeta vestía terciopelo n***o con bordados florales oscuros, como si su propio Don fuera adorno real. Al entrar, una rosa negra brotó discretamente cerca de su pie—casi sin querer, casi por costumbre—como si la tierra aún intentara obedecerla.
La manada la miró.
Unos con admiración.
Otros con hambre.
Y otros con ese juicio silencioso que el pueblo siempre reserva para las mujeres:
si eres bella, te odian.
si eres poderosa, te temen.
si eres ambas, te quieren ver caer.
Regina levantó el pergamino con el sello Carmesí.
—El Reino Carmesí exige respuesta hoy.
El sello era de lacre oscuro, profundo, como sangre detenida.
Ese sello no era un simple símbolo.
Era un mensaje: un Rey te mira.
Calvin golpeó el bastón ceremonial.
—¿Y la dote?
La palabra “dote” cortó el aire como cuchillo.
La dote no era romanticismo.
La dote era política.
Terrenos. Oro. reliquias. armamento ceremonial. joyas. favores sellados con sangre. Acuerdos.
La dote era el precio por una Luna.
Violeta giró la cabeza.
—¿Qué dote?
Regina no la miró. Solo respondió con precisión fría:
—La dote de Celeste.
La temperatura del salón bajó un grado, aunque ya estaban bajo hielo. Porque esa frase significaba algo que nadie quería decir:
Celeste sigue teniendo poder.
Calvin apretó el bastón.
—No se devolverá.
Regina lo miró con hielo en la mirada.
—Sí se devolverá.
Calvin enseñó los dientes, en rabia silenciosa.
—Eso es humillante.
Regina respondió:
—Más humillante es morir congelados por orgullo.
Silencio total.
En ese silencio, Violeta sintió por primera vez que su triunfo tenía grietas.
Violeta se acercó dos pasos.
—¡Eso no tiene sentido! ¡Ella se fue!
Regina alzó el mentón.
—Ella no se fue.
Una pausa.
—Ella cortó el vínculo.
Y esa diferencia era todo.
Porque irse es huir.
Pero cortar es renacer.
Regina continuó:
—Celeste Rosenthal exige lo que le corresponde.
Violeta apretó los puños.
—¿Exige…?
Regina dijo la cifra como una sentencia:
—Seis veces más que la tuya.
Violeta explotó.
—¡NO! ¡ESO ES UNA LOCURA! ¡ESO ME DEJA EN NADA!
Y ahí se reveló la verdad de Violeta:
Violeta no temía perder el amor.
Violeta temía perder la imagen.
Temía ser menos.
Temía verse como lo que siempre fue bajo la belleza:
una usurpadora.
Calvin golpeó el bastón.
—¡Basta!
Pero Regina ya estaba ejecutando el camino.
—Devuélvanla.
Los tesoreros se miraron con terror.
Porque esa dote era gigantesca.
Y esa devolución era pública.
Humillante.
La manada entera estaría viendo: “le robamos el destino a una Luna y pagamos el precio”.
Violeta se puso rígida.
Y su Don, que siempre había sido belleza, respondió con algo más oscuro.
Espinas.
No rosas.
No pétalos.
Espinas negras brotaron bajo el suelo con sonido de ruptura, como uñas creciendo en madera.
Regina giró con dureza.
—¡Violeta!
Pero Violeta ya no escuchaba.
Los ojos arcoíris se le agitaron con destellos calientes, furiosos.
—¡Ese era mi futuro! —escupió— ¡MI FUTURO!
Y las espinas crecieron más, latigazos vivos listos para clavarse en carne.
Stefan dio un paso hacia ella, alarmado.
—¡Violeta, no…!
Demasiado tarde.
❄️ El regreso de Celeste: cuando el invierno entra en una sala
El salón se oscureció.
No porque faltara luz.
Sino porque el aire se volvió más pesado.
Más frío.
Las antorchas titilaron.
Y el silencio cayó como una manta.
Todos lo sintieron.
No por oído.
Por piel.
Por instinto.
Celeste estaba cerca.
Las puertas se abrieron.
No de golpe.
Solas.
Como si la madera supiera que no debía resistirse.
Entró un viento helado que cortó gargantas y apagó dos antorchas de inmediato.
Y Celeste apareció.
❄️
Era hermosa como una cosa prohibida.
No tenía la belleza viva de Violeta, esa que invita.
Tenía la belleza del peligro: la que advierte.
Vestía n***o, una capa oscura sobre los hombros. Su cabello largo caía suelto, y las hebras de plata ritual aún se enredaban en sus ondas como restos de una vida anterior.
Su piel era pálida con subtono frío, como porcelana bajo luz lunar. Su postura era impecable, recta, implacable. El tipo de postura que no se aprende en un día: se aprende siendo criada para ser Luna.
Los ojos arcoíris… eran otra cosa.
No era arcoíris de primavera.
Era arcoíris atrapado bajo hielo.
Un espectro inmóvil.
Una aurora congelada.
Detrás de Celeste estaban sus padres.
No como seguidores.
Como declaración:
si tocan a Celeste, se enfrentan a un linaje completo.
La escarcha avanzó bajo sus botas, dibujando un rastro blanco.
El símbolo del Consejo se cubrió de hielo.
Calvin tragó saliva.
Regina sostuvo la mirada.
Stefan dio un paso automático.
—Celeste…
Celeste lo miró y Stefan se detuvo como si hubiera chocado contra una pared invisible.
Porque en esa mirada había una verdad simple:
ya no existes en mi alma.
Celeste habló:
—La dote.
Dos palabras.
No saludo.
No pleito.
Negocio.
Regina levantó la mano.
Los tesoreros avanzaron con cofres, pergaminos, inventarios.
Celeste no miró el oro como codicia.
Lo miró como justicia.
Porque esa dote era el símbolo material de lo que le habían robado.
Y devolverla era admitirlo.
—Bien —dijo Celeste, cuando confirmó el contenido.
Violeta avanzó, temblando de rabia y vergüenza.
—¡Tú no puedes llevarte todo eso!
Celeste giró apenas.
—Puedo.
Violeta mostró los dientes.
—¡Eso me deja en nada!
Celeste la miró… con calma.
—Te deja como eres.
El salón entero sintió el golpe.
Violeta extendió la mano.
🌸 Las espinas se elevaron como látigos hacia Celeste.
Stefan gritó:
—¡NO!
Regina se movió.
Calvin tensó el cuerpo.
Pero Celeste no se movió.
Solo levantó la mano.
El látigo floral se congeló en el aire.
Se quedó suspendido un segundo, como vidrio.
Y luego…
se quebró.
Cayó como lluvia de cristal.
Violeta retrocedió, horrorizada.
—¿Qué eres…?
Celeste dio un paso hacia ella.
La temperatura bajó aún más, como si el invierno respirara.
—Soy lo que tú finges.
Violeta intentó florecer desesperada.
brotaron flores… y murieron.
🌸 brotaron rosas… y se quebraron.
🌸 brotaron pétalos… y se congelaron.
La tierra la rechazaba.
Como si el mundo entero supiera que su coronación era un error.
Violeta se quebró por dentro.
—¡ÉL ME ELIGIÓ! —gritó.
Celeste respondió:
—Él te usó.
Silencio mortal.
—Y tú aceptaste.
Violeta se lanzó con rabia.
Celeste decidió terminarlo.
No con muerte.
Con dominación.
Un anillo de hielo atrapó los tobillos de Violeta.
Subió por las rodillas.
Por la cintura.
Por el pecho.
Y la dejó como estatua viva, respirando rápido, los ojos arcoíris llenos de pánico.
Celeste la observó.
—Vas a vivir.
Una pausa.
—Para recordar.
El emisario Carmesí: y la distinción entre gemelas
Un golpe en la puerta.
Los guardias entraron pálidos.
—El emisario del Reino Carmesí…
Calvin tragó saliva.
—Que pase.
El vampiro entró.
Y fue como si el aire cambiara de especie.
No era un vampiro común. Era alto rango: piel pálida perfecta, mirada antigua y calmada, abrigo largo que parecía beber luz.
No se arrodilló.
Porque los vampiros no se inclinan ante lobos.
Se inclinó… apenas.
—Traigo palabras de Su Majestad Cassian Dravenhart.
Ese nombre hizo temblar el salón.
Violeta trató de hablar desde el hielo.
—Yo… yo soy…
Nadie la escuchó.
El emisario miró alrededor.
Vio la estatua de Violeta.
Luego miró a Celeste.
Y sonrió.
No por belleza.
Por certeza.
—Vengo a ver a la Luna propuesta.
Regina habló rápidamente:
—Es Violeta Rosenthal.
El emisario ladeó la cabeza, curioso.
Miró a Violeta.
Y luego miró a Celeste otra vez.
Su sonrisa se volvió más clara.
—No.
El salón se congeló en silencio.
Calvin frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
El emisario caminó hacia las gemelas como quien observa dos joyas similares.
Y habló con una calma que humillaba:
—Los ojos arcoíris no bastan.
Ese comentario golpeó como un insulto, porque era cierto: cualquiera puede copiar belleza.
No cualquiera puede sostener un destino.
—Una —dijo, mirando a Violeta— es primavera.
—Pero primavera puede ser teatro.
Una pausa.
—Puede florecer para impresionar.
Luego giró hacia Celeste.
—La otra… es invierno.
—Y el invierno no necesita impresionar.
Otra pausa.
—El invierno existe.
Violeta tembló dentro del hielo.
El emisario siguió:
—El Rey Cassian distingue.
Regina tragó saliva.
—¿Distingue… qué?
El emisario sonrió apenas.
—Lo verdadero… de lo decorativo.
Se volvió hacia Celeste.
—Celeste Rosenthal, el Reino Carmesí solicita tu presencia.
Stefan dio un paso con desesperación.
—¡No! ¡Ella es de esta manada!
Celeste lo miró sin emoción.
—Yo corté ese lazo.
Y Stefan sintió que el mundo se apagaba.
Celeste pidió con voz calma:
—Mi dote completa. Hoy.
Regina asintió.
Celeste añadió, suave:
—Si falta una sola moneda… los congelo en vida.
Calvin gruñó:
—¡Celeste!
Celeste lo miró apenas.
El aire bajó un grado.
—Calvin… ya no tienes autoridad sobre mí.
Silencio absoluto.
El Alfa se quedó quieto como una estatua.
Celeste se volvió hacia el emisario.
—Dile a Cassian Dravenhart…
Una pausa.
—que escucharé su propuesta.
El emisario inclinó la cabeza.
—Se complacerá.
Y en ese momento, la manada entendió la diferencia final entre las Rosenthal:
Violeta podía hacer florecer el mundo…
pero el mundo no la reconocía como corona.
Celeste podía congelarlo…
y el mundo se rendía.