El Reino Carmesí no dormía.
No porque la ciudad tuviera vida humana.
Sino porque los inmortales no necesitaban dormir para seguir observando.
El palacio era un cuerpo vivo: pasillos como venas de piedra, antorchas rojas como pulsaciones, puertas talladas como cicatrices antiguas.
Y Celeste Rosenthal caminaba dentro de ese cuerpo como si siempre hubiese pertenecido ahí.
No como una visitante.
Como una fuerza invitada por el destino.
Aun así, al pasar frente a los vitrales teñidos de rojo, Celeste vio su reflejo y sintió un golpe íntimo, brutalmente humano:
Soy demasiado fría.
Soy demasiado dura.
Soy invierno… y él habría preferido primavera.
Esa idea se le coló en el pecho como aguja.
Porque el Don de Violeta era lo que el mundo amaba: belleza, vida, flores, perfume, expansión. La gente no teme a un jardín. La gente se rinde a él.
A la nieve… se le teme.
Y aunque Cassian la había reconocido sin dudar, aunque el emisario había distinguido lo verdadero de lo decorativo… Celeste aún era una mujer que acababa de ser traicionada.
Una mujer que acababa de descubrir que el amor puede elegir a otra en una cama.
La traición no solo la había congelado por fuera.
Le había dejado un miedo por dentro.
El tipo de miedo que ninguna Luna admite:
¿Y si vuelvo a ser reemplazada?
Preparación para el banquete
Dos doncellas vampiras la vistieron en silencio.
No por falta de respeto.
Sino porque en ese Reino, las palabras eran un lujo que se reservaba para cosas importantes.
La tela del vestido era negra con filamentos plateados que atrapaban la luz como escarcha bajo luna. No era sensual; era autoridad. El tipo de vestido que dice: si me tocas sin permiso, te corto la mano.
Le colocaron una corona.
No dorada.
Una corona de plata oscura, delgada, afilada como una idea peligrosa.
Cuando Celeste tocó el metal, el frío dentro de ella vibró.
Era como si el material entendiera quién era.
Uno de los sirvientes murmuró:
—La corona la acepta.
Celeste no preguntó qué significaba.
Pero su madre, detrás, apretó los labios.
Ella sí lo sabía.
En ciertos reinos, los objetos no eran objetos.
Eran instrumentos de reconocimiento.
Celeste miró su reflejo en el espejo.
Sus ojos arcoíris brillaron.
Pero no como fiesta.
Como aurora detenida en cristal.
Una belleza que no invita: impone.
Celeste levantó la barbilla.
—Vamos.
La Cena Real: donde el poder mastica despacio
El Gran Salón se abrió como una garganta de piedra y luz roja.
Candelabros enormes goteaban fuego carmesí.
La música era un murmullo de cuerdas, elegante, triste, como si cantaran la historia de gente que vive demasiado.
La corte vampírica estaba reunida.
Y el aire era otra clase de amenaza:
perfume caro, sangre oculta, seda, metal, ojos que no parpadeaban.
Cuando Celeste entró, el mundo se calló.
No por respeto.
Por evaluación.
La mirada de una corte no es una mirada humana.
No te miran para admirarte.
Te miran para ver qué te pueden quitar.
Celeste avanzó con calma.
No aceleró el paso.
No bajó la cabeza.
Y cada paso suyo fue un mensaje silencioso:
no vine a suplicar.
vine a existir encima de ustedes.
Cassian Dravenhart estaba de pie en la cabecera, sin corona, porque él era su propio símbolo.
Cuando la vio, no sonrió.
Pero su mirada se fijó en ella con una atención que hizo que el salón entero sintiera una incomodidad antigua:
el rey había encontrado lo que quería.
Cassian extendió la mano.
Celeste tomó su brazo.
No como una novia.
Como una aliada peligrosa.
Hubo un murmullo apenas.
Los nobles no murmuraban por romance.
Murmuraban por poder.
Cassian la guió hasta su lugar.
Celeste se sentó.
Cassian se sentó.
Y entonces el reino respiró otra vez.
Porque mientras él estaba de pie, nadie sabía si iba a ejecutar una condena o iniciar una guerra.
Cassian levantó su copa.
El líquido rojo era tan oscuro que parecía tener memoria.
—Esta noche —dijo— el Reino Carmesí recibe a su Luna.
Los nobles inclinaron la cabeza como ola disciplinada.
Celeste no inclinó la suya.
Era Luna. No vasalla.
Cassian continuó con voz calma:
—Se cometió un error por protocolo.
Su mirada recorrió la mesa.
—Pero el destino no confunde lo verdadero.
Una pausa.
—Y yo… tampoco.
Giró el rostro hacia Celeste y pronunció su nombre como una coronación:
—Celeste Rosenthal.
La forma en que lo dijo no era posesión.
Era reconocimiento.
Cassian alzó la voz para todos:
—Declaro oficialmente mi compromiso con ella.
El mundo se quedó helado.
Luego, como obediencia inevitable, la corte se inclinó.
Un sonido colectivo de rendición.
Cassian se inclinó hacia Celeste, como si compartiera un secreto:
—Ahora ya no pueden tocarte sin declararme guerra.
Celeste lo miró de lado.
—¿Eso te complace?
Cassian sonrió mínimo, peligroso.
—Me entretiene.
Celeste sostuvo su copa.
—A mí también.
Juego de veneno: la corte prueba a la reina
Los nobles comenzaron a hablar con sonrisas afiladas.
Uno se acercó, anciano, con ojos rojos profundos.
—Majestad… ¿una Luna tan joven comprenderá lo que significa sostener un reino?
Celeste lo miró con calma.
—Comprender es fácil —dijo—.
Una pausa.
—Sostener es la parte difícil.
El noble quiso sonreír con burla.
Pero Celeste añadió sin cambiar el tono:
—Por suerte, llevo toda mi vida sosteniendo cosas que otros creen que sostienen.
La mesa se silenció un instante.
Cassian la miró, satisfecho.
—Mi Luna tiene lengua de daga.
Celeste no sonrió.
—Mi Luna no será amable con quienes confundan mi silencio con debilidad —respondió ella.
Un noble más joven se inclinó demasiado.
—Se rumora que su Don es… destructivo. ¿Es cierto?
Celeste dejó la copa en la mesa con suavidad.
—Depende —dijo.
—¿De qué?
Celeste levantó la mirada arcoíris.
—De si me obligan.
Cassian soltó una risa baja, casi imperceptible.
El noble palideció.
El juramento: sangre y política
En medio del banquete, un guardia se acercó a Cassian y le susurró.
Cassian se puso de pie.
La música murió.
Las copas dejaron de moverse.
La corte entera se congeló de atención.
Cassian habló:
—El Reino Carmesí tiene enemigos que sueñan con verme solo.
Se escucharon murmullos tensos.
Cassian continuó:
—Sueñan con una Luna débil.
Cassian extendió la mano hacia Celeste.
—Pero mi trono no acepta debilidad.
Celeste se puso de pie, recta, impecable.
Cassian declaró ante todos:
—Cualquier intento contra mi Luna será considerado acto de guerra.
Tomó una daga ceremonial y se cortó la palma.
La sangre oscura cayó como un pacto antiguo.
Luego tomó la mano de Celeste.
Celeste permitió el corte.
Y unieron palmas.
Sangre sobre sangre.
Destino sellado.
La corte sintió el golpe como una vibración.
Cassian susurró a Celeste, solo para ella:
—Ahora sí eres intocable.
Celeste sostuvo su mirada.
—Yo ya era intocable.
Cassian sonrió con hambre.
—Me encanta.
EN PARALELO: Violeta se ahoga en los deberes de Celeste
Mientras el Reino Carmesí sellaba pactos de sangre…
En la Manada Rosa Negra, Violeta estaba descubriendo el verdadero precio de usurpar un destino.
La habitación que le habían asignado como futura Luna estaba llena de cosas que Violeta nunca miró antes:
carpetas, pergaminos, listas, inventarios, cartas selladas, mapas con anotaciones, registros de suministro, calendarios de rituales, informes de clanes…
El mundo administrativo de una Luna.
El trabajo invisible.
La carga real.
Violeta abrió la primera carpeta con desdén.
Y la cerró con el estómago vacío.
Porque el contenido era abrumador.
No era romance.
No era “ser la pareja del Alfa”.
Era esto:
Regulaciones internas de disciplina
Distribución de alimentos para el mes siguiente
Listas de familias vulnerables
Conflictos entre clanes, con anotaciones de mediación
Cartas de manadas vecinas solicitando reuniones
Presupuestos de reparación de caminos
Registro de medicinas y hierbas
Plan ceremonial del solsticio
Inventario de armas y guardias
Reportes de incidentes nocturnos
Proyección económica por estaciones
Violeta frunció el ceño.
—¿Qué es esto…?
La doncella que cuidaba la habitación respondió con voz baja:
—Los deberes de la Luna.
Violeta sintió una punzada.
Una punzada de odio.
Porque de pronto entendió algo que jamás quiso admitir:
Celeste hacía todo esto.
Celeste organizaba. Celeste prevenía. Celeste resolvía. Celeste calmaba discusiones. Celeste mediaba peleas. Celeste gestionaba recursos.
Celeste sostenía la manada como una mano invisible.
Y ella…
Violeta solo florecía.
Solo brillaba.
Solo parecía.
Violeta tomó otro pergamino y leyó una línea:
“Si no se entrega la medicina a la familia Ferrow, perderemos su lealtad antes del invierno.”
Había una nota al margen, en la letra de Celeste:
“No es caridad. Es estrategia: son 12 guerreros buenos.”
Violeta se quedó helada.
No por frío.
Por humillación.
Celeste no era dulce ingenua.
Celeste era política.
Celeste era visión.
Celeste era columna.
Violeta apretó el papel.
—¿Y yo qué? —susurró.
Abrió otro documento: un registro de dote.
El contraste la asesinó.
La dote de Celeste era casi la de un país.
Lo había visto con sus propios ojos cuando los tesoreros lloraban por dentro devolviéndola.
Terrenos.
Minas.
Rutas.
Joyas.
Reliquias.
Favores.
Dinero líquido.
Todo.
Y la dote de Violeta…
parecía una broma.
Violeta tragó saliva.
—No…
Abrió los cofres.
Contó joyas.
Las vio bonitas.
Pero no suficientes.
Vio los pergaminos.
Pero no extensos.
Y entonces vino el verdadero terror:
Violeta era mala con el dinero.
Derrochaba por impulso.
Compraba por emoción.
Regalaba para que la amaran.
Gastaba para sentirse superior.
Había vivido creyendo que la riqueza era infinita.
Hasta que comparó.
Hasta que la ausencia se le volvió un abismo.
Violeta se sentó frente a la mesa con los papeles.
Y entendió la verdad más cruel:
Ella no solo usurpó el destino de Celeste.
Usurpó su carga.
Y no podía cargarla.
Los números no le obedecían.
La disciplina no le pertenecía.
Los clanes no la respetaban.
El vínculo no encajaba.
Y Stefan…
Stefan ya la miraba como se mira un error.
Violeta sintió arcadas.
Un arrepentimiento le subió como veneno.
—Yo… yo cometí un error…
Su Don respondió.
Una flor nació… y murió.
Otra.
Y otra.
La tierra la rechazaba una y otra vez.
Violeta rompió a llorar con rabia.
—¡NO! ¡NO!
Lanzó la carpeta al piso.
Los pergaminos se esparcieron.
Violeta gritó.
Gritó como una niña y como una reina falsa al mismo tiempo.
Y entonces vio algo más:
un cuaderno de Celeste.
Uno personal.
Con anotaciones privadas.
Violeta lo tomó con manos temblorosas.
Leyó.
Y su corazón se apretó con algo que parecía culpa auténtica:
“Hoy Regina me pidió que calme a Stefan. No lo entiende. Cree que ser heredero es mandar. No entiende que una manada se sostiene con sacrificios invisibles.”
Otra página:
“El Consejo no confía en mí porque soy joven. Pero me necesitan porque soy Rosenthal. Ser necesaria no es amor. Es condena.”
Violeta tragó saliva.
Y luego… la línea que la destruyó:
“Si algún día Stefan me rompe, espero que el invierno me lleve lejos. Porque no podré sobrevivir siendo la Luna de alguien que no me eligió con todo el corazón.”
Violeta se quedó inmóvil.
Porque eso era profecía.
Celeste lo había escrito antes de que sucediera.
Como si su alma ya supiera.
Violeta apretó el cuaderno contra el pecho.
Y por primera vez, el arrepentimiento fue real.
No solo por Cassian.
No solo por el dinero.
Sino porque vio, con claridad:
Celeste era mejor.
Celeste era todo lo que una Luna debía ser.
Y ella…
solo era primavera decorativa.
Violeta miró su dote pequeña.
Sus manos temblaron.
Y una idea horrible nació como raíz negra dentro de su pecho:
Si no puedo sostener esto…
necesito que Celeste vuelva.
Pero no como reina.
No como trono.
Como herramienta.
Como sacrificio.
Y ahí, Violeta sonrió con lágrimas.
—Celeste… —susurró—.
Una pausa.
—Yo también puedo congelar algo.
Y la flor que nació esa vez…
no fue flor.
Fue veneno.