La calle frente a la cafetería se había convertido en un hervidero silencioso de peligros. Vampiros sigilosos, cazadores armados, figuras ocultas en las sombras… un equilibrio frágil a punto de romperse.
Elena sintió que el aire se espesaba. Un frío eléctrico le recorrió la espalda cuando vio cómo aquellos hombres con abrigos largos empezaban a rodear la entrada. Cada uno sostenía armas que brillaban con un resplandor mortal. Plata, estacas, cadenas.
—Dorian… —susurró ella sin poder apartar la vista. Dorian la tomó del brazo suavemente pero con firmeza, como si fuera la última cosa en el mundo que pensaba soltar.
—No mires —le dijo con voz grave. Pero ella no podía evitar mirar. Todo se movía demasiado rápido. Lucien, tras Dorian, sonreía como si fuera un espectáculo preparado especialmente para él.
—Van a atacar —dijo Elena, la voz temblorosa.
—Van a intentarlo —corrigió Dorian. Lucien apoyó una mano en el mostrador como si estuviera aburrido.
—Yo diría que ya atacaron. Y diría que nos superan en número… y que se viene una noche muy entretenida.
Dorian ignoró a Lucien. Se inclinó hacia Elena, acercando su rostro al de ella, y su voz se volvió un susurro urgente:
—Te voy a sacar de aquí. No te sueltes. Pase lo que pase. Elena asintió rápidamente.
La puerta explotó hacia adentro.Vidrios volaron, la madera se astilló, los cazadores irrumpieron con armas levantadas.
Dorian reaccionó antes que todos.
—¡Cerrá los ojos! —ordenó. Elena obedeció justo cuando él la envolvió con su cuerpo y el mundo desapareció en un torbellino de viento gélido. No era un salto normal. Era velocidad vampírica. Un instante estaban en la cafetería… y al siguiente estaban atravesando la noche a una velocidad imposible.
Elena sintió el aire cortarle la respiración. Su cuerpo iba pegado al de él, sostenido por esos brazos fríos y firmes. Cada latido suyo golpeaba contra el pecho inmóvil de Dorian. La ciudad pasaba como líneas borrosas. Sombras, luces, ruido distante.
Cuando él finalmente se detuvo, Elena abrió los ojos lentamente.
Estaban en un callejón estrecho, protegido por edificios antiguos. Todo estaba silencioso, a excepción de su respiración agitada.
Dorian se inclinó hacia ella, examinándola.
—¿Te lastimaste?
—N-no… creo que no… —murmuró ella, aún temblando—. ¿Y Lucien? ¿Y los otros?
—Lucien sabe cuidarse —respondió Dorian de forma seca—. Y los otros… no me importan.—Elena tragó saliva.
—¿Y adónde vamos?—Dorian bajó la mirada, y esa intensidad que le quemaba los ojos se volvió más oscura. Algo en él se tensó.
—No puedo dejarte sola. Ya no.—La tomó suavemente del mentón y la obligó a mirarlo.
—Elena, van a venir por vos. Los cazadores. Otros vampiros. Y no voy a permitir que te toquen.—Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con miedo. Había protección, pero también algo más profundo, algo que él estaba intentando ocultar… sin éxito.
—¿Por qué? —preguntó ella, con suavidad—. ¿Por qué yo?—Dorian apretó la mandíbula.
—Hice lo posible por mantenerme lejos… pero eso ya no es posible.—Sus palabras hicieron que el estómago de ella diera un vuelco. Él la tomó de la mano y la guió hacia la esquina del callejón. Se detuvo frente a una vieja puerta metálica aparentemente abandonada.
—Entramos —ordenó.Él abrió la puerta con una llave antigua. Bajaron una escalera estrecha en completa oscuridad. Elena se aferró a su brazo para no tropezar. Sintió el frío de su piel… y la firmeza de su musculatura bajo la ropa.
Finalmente, una tenue luz azul iluminó un pasillo de piedra que parecía pertenecer a otro siglo.
—¿Dónde estamos? —preguntó ella, asombrada.
—En mi refugio —respondió Dorian—. Donde nadie puede encontrarte. Al final del pasillo se abría una cámara amplia, oculta bajo tierra. Paredes de piedra negra, estanterías llenas de libros, velas encendidas, una chimenea apagada y un enorme ventanal que daba a un túnel subterráneo iluminado por luces azules no era un simple escondite...Era un santuario.
Elena lo miró, maravillada y nerviosa a la vez.
—Vivís… acá…—
—De vez en cuando —respondió él sin dar importancia.
—Parece… antiguo—.
—Lo es.—Él caminó hacia una mesa donde había mapas, símbolos y libros escritos a mano. Elena se acercó lentamente.
—¿Qué es esto?—Dorian la miró de reojo.
—Registros de clanes, historias, líneas de sangre.Elena frunció el ceño.
—¿Líneas de sangre? ¿De vampiros?—Dorian asintió, y ella sintió un escalofrío cuando él se acercó demasiado. No la tocó… pero su presencia era un toque por sí misma.
—No todos somos iguales —explicó—. Hay clanes antiguos, otros jóvenes. Algunos controlan territorios. Otros cazan sin permiso. Otros… protegen.—
—¿Vos a cuál pertenecés? —preguntó ella con cautela.Dorian apartó la mirada, y por primera vez, Elena percibió algo en él que nunca hubiera imaginado: vulnerabilidad.
—A ninguno —respondió en voz baja—. Hace mucho… rompí mis lazos.—
—¿Por qué?—
—Porque odiaba en lo que me estaba convirtiendo.—Elena se quedó en silencio, sin saber qué decir. Dorian cortó la tensión señalando uno de los libros.
—Quiero mostrarte algo.—Ella se acercó. En la página había dibujos de tres símbolos: una luna roja, un círculo quebrado y un ojo con fuego.
—Esto es una profecía —dijo Dorian, Elena parpadeó.
—¿Una... profecía?—Dorian asintió, volviendo a acercarse. Su cercanía era peligrosa… y adictiva.
—Una humana con energía antigua, una humana cuya presencia desestabilizaría a los clanes, una humana capaz de despertar… al vampiro equivocado...—Elena sintió el corazón golpearle fuerte.
—¿Y… qué tiene que ver conmigo?—Dorian la miró, no como antes. con distancia, ni con advertencia, ni con furia. La miró como si ella fuera algo que no debía existir… pero existía.
—Desde que te olí… desde que te vi… desde que escuché tu corazón— susurró— algo en mí… cambió—.Elena tragó saliva.
Sus ojos rojos brillaban de una forma casi dolorosa.
—Dorian…—
—No lo entiendo —continuó él, acercándose aún más—. No lo acepto, ni lo quiero es peligroso para vos, para mí, para todos pero no puedo controlarlo. Elena sintió su pulso acelerarse. Dorian levantó la mano lentamente y le rozó la mejilla con sus dedos fríos. Fue un toque ligero… pero la estremeció de pies a cabeza.
—Me atraés —dijo él con voz ronca, cruda—. De una forma que nunca experimenté...—Elena sintió que el aire se volvía más denso.
—No sé si es la profecía… o si sos vos.—Ella apenas respiró.
—¿Y eso es… malo? —preguntó.. Dorian bajó la cabeza, sus labios acercándose peligrosamente a los de ella. Tantos centímetros… tan poca distancia…
—Para mí… sí. y para vos… podría ser mortal.—La tensión se volvió casi insoportable. Elena inclinó levemente el rostro, sin pensarlo.Dorian la tomó de la cintura, firme, evitando que se acercara más. Sus dedos se clavaron suavemente en su piel. Su respiración se mezcló con la de ella.
—No sabés lo que me provocás —susurró él—. No sabés lo que soy capaz de hacerte sentir… o sufrir.—Y aun así, no se apartó.
Al contrario, apoyó su frente contra la de ella. Sus labios rozaron apenas los de Elena, un toque etéreo, casi un beso… pero no lo fue.
—Dorian… —susurró ella, temblando. Él cerró los ojos.
—Si te beso… no voy a poder detenerme—.Elena sintió un calor nuevo recorrer su pecho.
—¿Y si no quiero que te detengas? —preguntó, apenas audible. Los ojos de Dorian se abrieron de golpe. Fuego puro.
Pero antes de que pudiera responder, un golpe resonó en el túnel. Un grito, un choque metálico.Dorian se tensó.
—No… —murmuró con los dientes apretados—. Los clanes me encontraron.—Elena retrocedió.
—¿Qué hacemos?—Dorian la tomó de la muñeca, firme.
—Huir no es opción —dijo, sus ojos rojos encendiendo la oscuridad—. Van a entrar—.El sonido de pasos apresurados resonó, cada vez más cerca. Lucien apareció corriendo por el túnel, despeinado y con sangre (no humana) en el rostro.
—Dorian… tenemos un problema más grande de lo que pensaba—.
—¿Cuántos son?—Lucien sonrió, excitado.
—Todos.—Y detrás de él… emergieron sombras.Docenas, de vampiros.y de cazadores. Juntos.
Elena jadeó, retrocediendo hacia Dorian, que la sostuvo por la espalda. Dorian murmuró en su oído, con una mezcla de ira… y deseo de protegerla.
—No te preocupes, Elena.—La abrazó por la cintura, acercándola a su pecho.
—Si quieren llevarte… van a tener que matarme primero.—dijo seguro de si mismo.