El recinto de entrenamiento parecía distinto esa noche. No porque hubiera cambiado físicamente, sino porque Elena ya no entraba en él como una extraña. Su cuerpo reconocía el lugar, la piedra bajo sus pies, el aire espeso, el pulso oculto que vibraba bajo los símbolos marcados en el suelo. y sobre todo reconocía a Dorian. Él estaba allí, apoyado contra una de las columnas, observándola en silencio. No con distancia. si no con atención y con esa intensidad que la hacía sentir vista incluso cuando no la tocaba. —Llegaste temprano —dijo él. —No podía dormir —respondió ella—. Cada vez que cierro los ojos… siento esto.—Se llevó la mano al pecho, Dorian se incorporó despacio. —Es normal —dijo—. Tu sangre se está acomodando. Ya no lucha contra lo que sos.—Elena lo miró fijamente. —Yo tampoco.

