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Lecciones de Papi

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Blurb

Katie, de dieciocho años, Incapaz de aceptar su cuerpo en plena transformación, se refugia en la inseguridad y la duda. Sus padres intentan ayudarla, pero nada parece surtir efecto; la autoestima de Katie sigue resquebrajándose.

Decidida a cambiar ésto, Elaine propone una terapia de cambio de look: un armario nuevo, un estilo renovado y, sobre todo, la implicación directa de James, a quien pide que guíe a su hija en lecciones sobre confianza corporal. Lo que comienza como un proyecto para fortalecer la confianza de Katie, pronto desata una corriente de emociones inesperadas. A medida que padre e hija exploran temas de aceptación y seguridad, los límites familiares empiezan a difuminarse, despertando deseos prohibidos que amenazan con sacudir los cimientos del hogar.

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Capítulo 1
⚠️⚠️ Advertencia, en esta historia todos los personajes son mayores de 18 años, la relación es entre padrastro e hijastra, Katie se refiere a su padrastro como papá ya que el se emparejó con su madre antes de que ella naciera, en el texto se relata incesto, juegos de roles, sexo explícito, sexo no consensuado, si estos temas no son de tu interés no leas el texto⚠️⚠️ Es importante que cualquier padre haga todo lo posible para aumentar la confianza en sí misma y el aplomo de su hija con el fin de prepararla para el mundo exterior, incluso si eso significa follarla como una loca una y otra vez, día tras día, enseñándole a recibir la polla de su papá en cada orificio. Es lo mínimo que un padre puede hacer Katie siempre había sido una niña tímida. Desde que nació, fue la niña más reservada que he conocido. Aunque aprendió a hablar rápidamente, de pequeña se negaba a hablar delante de desconocidos. Odiaba ir al supermercado por miedo a que la cajera le hablara. La única amiga que tuvo en la primaria, la secundaria y el bachillerato fue Randi, una niña tan tímida como ella. Elaine y yo agradecíamos que las dos niñas se tuvieran compañía, pero a veces, cuando hablábamos en privado de nuestra hija, nos preocupaba que su intensa timidez reforzara mutuamente su reticencia a expresarse. Hubo una época, cuando Katie estaba en secundaria, en la que pensamos que las cosas estaban cambiando. La inscribimos en una clase de baile. Allí, liberada de la presión de tener que conversar con otros, pareció salir de su caparazón. Empezó con clases de ballet básico, luego pasó a clases regulares de baile (valses, polcas, etc.) y más tarde se aventuró en la danza moderna. Sus presentaciones en recitales de baile fueron la única ocasión que recuerdo en la que estuvo dispuesta a ponerse de pie frente a otras personas sin esconderse tras su cabello rubio ceniza ni retorcerse por la incomodidad de ser vista en público. Por desgracia, no duró. Katie tardó en interesarse por los chicos; tenía quince años cuando llegó a esa etapa de las chicas, cuando empezó a empapelar las paredes de su habitación con galanes adolescentes, afeitados y vagamente andróginos. Y en cuanto a salir con chicos del instituto, mejor ni hablar. En cambio, ella y su amiga Randi, igual de tímida, se mantenían al margen de los pasillos del instituto, evitando fiestas, grupos de todo tipo y, en general, haciendo todo lo posible por no llamar la atención de nadie. Randi y ella vestían con la ropa más desaliñada imaginable, prácticamente garantizando que ningún chico se fijara en ellas. Como padre, me sentía perdido. Nada de lo que Elaine ni yo hacíamos conseguía que la pequeña Katie saliera de su caparazón. A veces, Elaine lloraba hasta quedarse dormida en mis brazos, preocupada por la dolorosa timidez de nuestra hija. Elaine se reprendía sin cesar por cualquier cosa sin nombre que hubiera hecho o dejado de hacer que la hubiera convertido en una violeta tímida. —Es guapa. Es inteligente. Es una alegría estar con ella—, me dijo Elaine en más de una ocasión. —¿Por qué no se ve a sí misma como la vemos nosotros? Alrededor de su decimoséptimo cumpleaños, la timidez de Katie se extendió incluso a sus clases de baile, la única salida que parecía inmune a sus miedos sociales. Continuó con las clases, pero ahora se negaba a participar en clases de baile con chicos y a cualquier papel, por pequeño que fuera, en los recitales. Incluso nos prohibió a su madre y a mí asistir a sus clases. La profesora de baile nos dijo que Katie era una de sus mejores alumnas, pero solo cuando bailaba en la relativa seguridad de sus clases. Poco después de cumplir dieciocho años, Katie fue invitada —¡un milagro en sí mismo!— a una excursión grupal a la playa. Era un evento de fin de semana organizado por uno de los padres de su escuela, que habría incluido a niños y niñas. Los padres de una de las niñas tenían un condominio de tiempo compartido en la costa y aceptaron que un grupo de niños viniera a pasar un fin de semana de tres días que prometía ser pura diversión. Todo el fin de semana estaría acompañado por los padres propietarios del tiempo compartido. Sabía que no debía discutir con Katie, pero no pude resistirme a señalarle un par de cosas: habría un grupo de chicos y chicas presentes, le dije, así que no habría ninguna presión sobre Katie para ser el alma de la fiesta ni nada por el estilo. ¿No podría intentarlo una vez y ver si no era tan doloroso como temía? Elaine fue más contundente. Por una vez, se negó a aceptar un no por respuesta e insistió en que, al menos ESTA VEZ, Katie socializaría con sus compañeros. —Son buenos chicos, estoy segura—, dijo Elaine. —Créeme. Lo pasarás bien. Katie estaba al borde de las lágrimas cuando su madre entró en su habitación y empezó a sacar vestidos ligeros de verano y vaqueros para que Katie se los pusiera en el viaje. —¡Ay, por favor, mamá!—, gritó Katie, al borde de las lágrimas. —¡Por favor! ¡No me obligues! Simplemente no quiero. Escondido en el fondo del cajón inferior de su cómoda, Elaine encontró un traje de baño de una pieza que le habíamos comprado a Katie para su cumpleaños un par de años antes, un traje de baño que nunca le había visto usar a mi hija. —Es perfecto—, dijo Elaine. —Puedes usarlo en la playa. Ahora Katie lloraba de verdad. —Ni siquiera me queda, mamá—, dijo. —Por favor, no me lo hagas usar. —Tonterías —dijo Elaine—. Pruébatelo y veremos si te queda bien. Si no te queda bien, te compraré uno nuevo para el viaje. Katie le quitó el traje de baño a su madre a regañadientes y fue al baño a cambiarse. Unos minutos después, salió roja de tanto llorar como de vergüenza. Al mirar a mi hija con el traje de una pieza, vi inmediatamente que tenía razón, y también vi al menos una parte de por qué la vergüenza social de Katie había aumentado tan drásticamente durante el último año aproximadamente. ¡Sus pechos eran enormes! Constreñidos por el ajustado traje de baño de una pieza, los pechos de Katie sobresalían en todas direcciones, estirando la tela hasta el punto de que esta se volvía notablemente más transparente donde se estiraba entre dos pechos enormes. En la parte superior, sus pechos casi desbordaban, creando el escote más increíble que jamás había visto fuera de una revista masculina. En algún momento, la adolescencia golpeó a mi hija con fuerza. Inmediatamente recordé el último año y medio, cuando la ropa desaliñada de Katie se volvió mucho más desaliñada y sin forma. En aquel entonces, pensé que se debía simplemente a su timidez natural, pero ahora entendía que se debía a una intensa vergüenza por su incipiente feminidad, lo que la impulsaba a volverse aún más cohibida, aún más retraída. Las enormes tetas de Katie eran solo una parte del conjunto. Siempre había sido delgada, perfecta para una bailarina, y ahora sus enormes pechos parecían abrumar lo que, de otro modo, sería un cuerpo pequeño y firme con cintura estrecha y caderas pronunciadas. El resultado era una figura de reloj de arena tan apetitosa que no podía apartar la vista de su cuerpo. Mirando sus pechos desbordando por todos lados del ajustado traje de baño, no pude evitar pensar en lo fantástico que sería tocar sus enormes y suaves pechos, levantar su pequeño cuerpo sobre mi regazo, de frente, para poder lamer sus enormes pechos mientras la follaba. Katie se retorció bajo mi mirada, interpretando, creo, mi mirada boquiabierta como una crítica. Empezó a llorar aún más. —¿Ves por qué no puedo usar esto?—, dijo, volviéndose hacia su madre. —Me hace parecer un bicho raro. ¡Odio mi cuerpo! ¡Soy un bicho raro! ¡Si voy de viaje, todos me mirarán fijamente!—. Sus deliciosos pechos, casi reventándose de un traje de baño que habría parecido recatado en cualquier otra persona, se sacudían tanto con sus sollozos que no podía apartar la vista de ellos. Con cada jadeo, los pechos de Katie se movían salvajemente. ¿Cuándo se había convertido mi hija en una bomba s****l?

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