En cuanto salí de la habitación de Katie, empecé a desabrocharme el cinturón y los pantalones, así que al entrar en nuestra habitación, mi pene erecto estaba expuesto y apuntando hacia afuera. Elaine estaba en la cama, sentada con un libro, pero lo guardó enseguida al ver mi pene apuntándola. —Hola, papá. ¿Te lo pasaste bien con tu hija?—, preguntó. —Estás loco de remate—, dije. —Claro que sí—, dijo. —¿Quieres meterme la polla en la cara? Quizás así me quite toda esa locura del estómago. Estaba indeciso. Bueno, digamos, dos medias tintas. Como dice el dicho, estuve a punto de gritarle y preguntarle por qué quería algo tan malo, tan peligroso, con nuestra hija. ¿Acaso no sabía que podíamos joderle la cabeza de por vida? ¿Acaso no sentía celos mientras la boca de nuestra hija babeaba sob

