De alguna manera, como un jugador de baloncesto que controla su regate con la vista periférica mientras observa el resto de la cancha, Krissy pudo acariciar mis muslos sin tocar las manos de su madre, que estaba a solo unos centímetros, y sin romper el contacto visual con ella y conmigo. Sus manos me acariciaron los muslos de arriba abajo, clavándose las yemas de los dedos en mi carne a través de la fina manta. La mano de Marie se centró en la cabeza de mi pene, sus dedos cosquilleando la sensible punta. La mano de Krissy estaba a solo dos centímetros de la de su madre. —¡Por favor, di que sí, Danny! —suplicó Krissy. Moví la mano de Marie más rápido, subiendo y bajando por mi polla. Ya no me importaba si Krissy veía algo, pues de todas formas fingía no darse cuenta. Reubiqué la mano de M

