Katie cerró los ojos, avergonzada. Su cuerpo se puso tan rígido que parecía un milagro que sus rodillas y pelvis aún estuvieran lo suficientemente dobladas como para sentarse en mi regazo. Aun así, me alegré de que tuviera los ojos cerrados; me dio la libertad de sonreírle a Elaine, levantar sus enormes pechos y menearlos para que Elaine los viera. Elaine se tapó la boca con la mano para reprimir una risita. Katie se mordió el labio inferior para contener la vergüenza. —Oh, cariño—, le dije,—no te preocupes. Mamá y yo te estamos cuidando. —Nos preocupan tus estrías—, intervino Elaine. —Pobrecita. Te crecieron las tetas tan rápido que estiraste la piel de tus pechos. Tus pobres tetas necesitan el cariño de papá—. Katie reprimió un sollozo de resignación ante nuestras manipulaciones mientr

