Pasé los siguientes diez minutos yendo de una a otra, mi hija rubia y tetona a un lado, y su esbelta, ligera de ropa y casi desnuda novia asiática al otro, besándolas cada vez más profundamente. Enseguida llegué al punto de que, mientras besaba a una chica, la otra jadeaba ansiosa y se acercaba aún más a mí, ansiosa por que llegara su turno. Cuando una me besaba, la otra solía tomar un sorbo de vino o rodearme, abrazándome por detrás y besándome el cuello. A veces animaba a las dos chicas, cada vez más achispadas y excitadas, a que se acercaran a mí y se besaran mientras yo observaba; para practicar más, claro. Mientras se besaban, les acariciaba el pelo y el cuello, susurrándoles palabras de aliento. «Denlo todo», les animé. «¡Más! ¡Más!». Me incliné y abracé a ambas mientras se besaban,

