1~ El punto de vista de Lucian
El rostro de Isabella se iluminó un poco y me dedicó una pequeña sonrisa. “Eso estaría bien”, admitió en voz baja. “Siempre quise leer, pero nunca tuve la oportunidad de ver la pared del aula”.
Al oír esto, sentí una oleada de determinación. Quería ser esa persona para ella, quien le demostrara que era capaz de mucho más de lo que jamás le habían dicho.
—Entonces empezaremos cuando estés lista —prometí—. Podemos convertirlo en parte de tu tiempo aquí, algo solo para ti. Quiero que te sientas como en casa, Isabella, y eso significa hacer todo lo posible para ayudarte a crecer.
Ella asintió, y su sonrisa se ensanchó ligeramente. «Gracias, Lucian», dijo con voz llena de gratitud. «Ya has hecho tanto por mí, y no sé cómo podré pagártelo».
Negué con la cabeza y me acerqué a ella. «No tienes que pagarme nada. Solo verte sonreír, saber que te sientes segura aquí, es más que suficiente para mí».
Apartó la mirada, con un ligero rubor extendiéndose por sus mejillas. Era evidente que no estaba acostumbrada a la amabilidad, y me partía un poco el corazón pensar en la vida que debió haber llevado antes de llegar hasta aquí. Pero estaba decidido a cambiar eso, a darle una razón para creer en sí misma y en la bondad de los demás.
—¿Qué te parece? —pregunté, intentando animar el ambiente—. ¿Acordamos una hora para empezar tus clases o prefieres esperar a que tengas más tiempo para adaptarte?
Pareció considerarlo un momento y luego me miró. «Empecemos mañana», dijo con firmeza. «No quiero perder más tiempo. Si voy a estar aquí, quiero aprovecharlo al máximo».
Sonreí, sintiéndome orgullosa por su decisión. «Mañana será entonces», acepté. «Encontraré algunos libros que creo que serían perfectos para que empieces. Y recuerda, no hay prisa. Iremos a tu ritmo».
—Gracias, Alfa Lucian —repitió, con voz suave pero llena de una fuerza que no había tenido antes—. Lo digo en serio. Gracias por todo.
Sonreí con dulzura. «No te preocupes. Empezaremos poco a poco. Un libro a la vez, y antes de que te des cuenta, estarás explorando toda esta biblioteca por tu cuenta».
Ella asintió, luciendo un poco más tranquila, y seguimos adelante.
Mientras caminábamos, le enseñé los jardines. Salimos a un sendero de piedra que serpenteaba a través de un exuberante paisaje de flores, árboles y fuentes. El aire era fresco y fragante, e Isabella lo respiró profundamente, con el rostro iluminado de alegría.
“Esto es hermoso”, dijo con voz llena de asombro. “Nunca había visto nada igual”.
“Es uno de mis lugares favoritos”, admití. “Siempre que necesito despejar la mente, vengo aquí. Es tranquilo y siempre me ayuda a pensar”.
Me sonrió y, por un momento, nos quedamos allí, disfrutando de la tranquilidad del jardín. La luz del sol se filtraba entre los árboles, proyectando sombras moteadas en el suelo, y el sonido del agua goteando de las fuentes contribuía a la atmósfera serena.
“Este lugar parece un santuario”, dijo Isabella en voz baja, mientras sus ojos recorrían las flores y los árboles.
“Como un lugar donde nada malo puede pasar”.
Asentí, comprendiendo perfectamente lo que quería decir. «Eso es lo que quiero para ti, Isabella. Un lugar seguro. Un lugar donde puedas sanar y crecer».
Me miró con los ojos llenos de gratitud. «Gracias, Alfa Lucian. No sé qué hice para merecer todo esto, pero... te lo agradezco».
—No necesitas hacer nada para merecerlo —le dije con firmeza—. Mereces felicidad, seguridad y un lugar donde puedas ser tú misma. Eso es todo lo que quiero para ti.
Isabella bajó la mirada, ligeramente sonrojada, y continuamos nuestro paseo en un cómodo silencio. Después de un rato, la acompañé de vuelta al palacio, mostrándole el campo de entrenamiento donde los miembros de la manada practicaban sus habilidades. Observó fascinada cómo algunos lobos entrenaban a lo lejos, con movimientos fluidos y poderosos.
“¿Alguna vez entrenas aquí?“, preguntó, mirándome.
—Sí —respondí—. Es importante mantenerse alerta, sobre todo como Alfa. Tengo que estar listo para proteger a mi manada en todo momento.
Ella asintió pensativamente y pude ver los engranajes girando en su mente.
Finalmente, llegamos a la última parada del recorrido: mi oficina. Era una habitación grande con un enorme escritorio de madera, estanterías llenas de libros y documentos, y un gran ventanal con vistas al jardín. Le abrí la puerta y entró, mirando a su alrededor con curiosidad.
—Aquí es donde me ocupo de la mayoría de los asuntos de la manada —expliqué—. No es tan emocionante como el resto del palacio, pero es donde se toman muchas decisiones importantes.
Isabella se acercó al escritorio, pasando los dedos por la superficie lisa. “Es... intimidante”, admitió con una risita. “No me imagino tener que tomar todas esas decisiones”.
—Puede ser —dije, sonriéndole—. Pero por eso tengo gente en quien confío para que me ayude.
Ella asintió con la cabeza y luego se rió, un sonido que llenó la habitación de calidez.
“Creo que me vendría bien un descanso”, admitió.
Cuando la acompañé de vuelta a su habitación, pude ver la emoción aún brillando en sus ojos. Me conmovió saber que empezaba a sentirse más cómoda allí. Al llegar a su puerta, me volví hacia ella con una sonrisa amable.
—Has tenido una mañana agitada —dije en voz baja—. Creo que es hora de que descanses un poco. No dudes en preguntarles a las criadas si necesitas algo.
Ella asintió, sin dejar de sonreír, aunque noté que empezaba a sentir el peso de todo lo sucedido ese día. Quería asegurarme de que estuviera bien cuidada, así que antes de irme, tomé una decisión rápida.
“También te asignaré algunas criadas”, añadí. “Te ayudarán con todo lo que necesites, ya sea para moverte por el palacio o para que te adaptes a tu nuevo rol”.
“Gracias, Alfa Lucian”, dijo con voz llena de gratitud. “Aprecio todo lo que haces por mí“.
—Claro, Isabella. Te lo mereces —respondí, sintiendo cada palabra—. Ahora, descansa un poco.