TIAM Sus súplicas no me doblegaron. Hubo un silencio en la mansión que apenas fue como un suspiro antes de la tormenta. Una calma que segundos después se deshizo en gritos, pasos apresurados y puertas abriéndose y cerrándose de golpe cuando di la orden. —¡Guardias! Que se reúnan todos en el salón principal. Que Edric y Sue sean llevados ahí inmediatamente. Que nadie, absolutamente nadie, interceda. Las paredes, testigos mudos de todos los sucios secretos, temblaban con el eco de mi decisión. Y yo no temblaba, no esta vez. Esta traición me había convertido en piedra. Aunque por dentro, la herida seguía sangrando, pero me negaba a dejar que el dolor me hiciera débil otra vez. Los escoltas arrastraron a Edric hasta el centro del salón, seguido por Sue. No gritaban, no se defendían, pero

