—¡Te extrañe mucho, señor de ojos color mar!... —Exclamé, corriendo hacia él, abrazándolo con fuerza, escuché una pequeña risa proveniente del hombre, aún no sabía su nombre y mi madre se negaba a decírmelo.
—Pequeña Luznell, lamento si no he venido antes, tú madre no me deja verte— Dijo, colocando sus manos sobre mis hombros, levante la mirada dándome cuenta de la sonrisa que me dedicaba, me transmitía la sensación paternal que nunca había en mi vida.
—¿Por qué mi madre no quiere que yo te vea? —le preguntó, caminando por la habitación para sentarme sobre el escritorio, escuchando por parte de él un pequeño suspiro.
Lo observé mover la silla que estaba al otro extremo de la biblioteca para ponerla frente a mí, se sentó colocando sus manos a en cada rodillas, en el rostro se miraba que estaba teniendo como una guerra interna.
—Hace mucho tiempo los mundos divinos estaban divididos, dioses y Ángeles no se llevaban bien, una ángel se enamoró perdidamente de un dios y esta para poder acercarse a él ocultaba sus alas, el amor fue creciendo por meses hasta que nueve meses después, nació una querubín única y especial, el dios al darse cuenta de la condición que tenía su hija, se fue dolido, había roto una de las reglas mayores, pero él no sabía pues siempre fue engañado....—Me relató en tono calmado, aunque se podía distinguir un toque de dolor en su voz.
Ladee la cabeza tratando de comprender lo que él me acaba de contar, sin entender claramente, sonaba como más aún cuento para niños que una respuesta como tal, le iba a preguntar si estaba bromeando conmigo pero al ver su semblante me contuve.
—Entonces... A la chica la desterraron como ha ¿Patch Cipriano? —Pregunté, colocando mi codo sobre la rodilla para a fincar mi barbilla sobre la palma de mi mano.
—No sé quién es ese pero, sí la desterraron... Además ella creo un pequeño rencor hacía los dioses, el padre de la niña siempre había intentado conocerla pero la madre se niega y la mantiene alejada de la realidad que pertenece haciéndola vivir como si fuera una mortal más—Agregó el hombre, mirándome fijamente.
Sentí un leve escalofrío esas palabras resonaron por mi cabeza, por un segundo me sentí tan identificada, mi madre me había prohibido tantas cosas además que no quiere que yo muestre mis habilidades a nadie. Me sentía completamente confundida no sabía que decir o pensar, a lo mejor solo era un simple mito; El hombre se puso de pie de golpe, me sobresalte en mi lugar, colocando mi mano sobre el pecho sintiendo mi corazón acelerarse.
—Te mostraré que no estoy loco, porque de seguro eso es lo que te pasa en este momento—Habló, poniendo en el centro de la habitación.
Yo le dedicaba una cara de "como lo sabia" pero seré real eso que me acaba de contar, mi curiosidad crecía a cada segundo, mis ojos se estamparon en cada movimientos que él hace, es como si fuera de un momento a otro de la "realeza" o algo por el estilo.
De un momento a otro su cuerpo empezó a brillar de un tono azul, mis ojos se abrieron como si fueran unos platos, más aún cuando el hombre llevaba puesta una armadura estilo griega, llevaba unas sandalias de ese mismo estilo y en su mano hizo aparecer lo que era un claro una arma grande. Recordé las palabras de mi madre repitiéndome "aléjate de las cosas griegas", por instinto me puse de pie, empecé a temblar ligeramente dándome cuenta que mi realidad se viene bajo.
—¿Quién eres?... —Pregunté, tapándome la boca del asombro, él era idéntico vestido de esa manera al señor que aparece siempre en mis sueños.
—Yo soy ...
—Yo soy...Bueno... Un dios... — La voz del hombre, me hizo bajar lentamente la mano de la boca.
No sabía exactamente que decir en ese momento, puesto que la curiosidad creció cada segundo más en mí ser, observé con lujo de detalle cada una de las palabras del hombre.
—¿Dios?... —señalé con mi dedo tembloroso a él.
—Sí, soy Poseidón, Dios del mar, las tormentas y los terremotos—Afirmó, comando más con firmeza el arma que llevaba en su mano.... ¡Claro!, Era un tridente.
Mi cabeza se puso a recapitular, toda la información que acababa de ser depositada en mi cerebro, ahora cuadraba el por qué mi madre no quería que él se acercará a nosotras, puesto era un griego, la voz de mi madre sonó en mi cabeza como si me hubieran echado un baldado de agua fría me cayera encima.
—¿Eres el dios de la historia? —Formule la pregunta que empezaba a rondar en mi cabeza.
Obtuve como respuesta un asentimiento de su parte, cosa que me dio a entender algo en específico... ¿Mi madre es la de la historia?, eso quiere decir que yo...
—Sí...—Respondió, como si hubiera leído mi mente
Llevé mis manos a mi cabellera rubia, dejando salir un suspiro pesado, toda mi vida la he pasado engañada, mi madre me ha ocultado cosas que eran demasiado importante para mí, puesto que en este momento no sabía que hacer o que decir.
—Tú... Eres mi ...—no pude terminar de decir aquella palabras, puesto que la presencia de mi madre se hizo presente en la habitación.
—¡Te dije que nos dejarás!, ¡te dije que ya no nos buscarás! —Grito, haciendo aparecer una espada.
Corrí para poner en el medio de ambos no quería otra pelea más por esta situación, era momento de enfrentar a mi madre de una vez, ya no quería más engaños.
—¡Basta!...¡Tú también me mentiste!, yo siempre quise saber quién era mi padre y tú solo me mandabas a rezar, ahora que lo sé, quiero conocerlo a él y a su mundo — Hablé, sacando todo lo que tenía guardado desde hace mucho tiempo, mirando como el rostro de mi madre se puso pálido como un papel, sus ojos se cristalizaron, cayendo de rodillas al suelo.
Por impulso la abracé muy fuerte por los hombros colocando mis manos sobre la espalda de mi madre, sintiendo sobre la tela unas enormes cicatrices en sus omóplatos, mi boca se abrió ligeramente ahora entendía porque de muchas cosas, a ella le amputaron las alas cuando la desterraron acá.
—Madre en el sanar está el perdonar—le susurré, para ponerme de pie, ahora entendía muchas acciones además de los secretos que guardaba dentro de sí misma, pero debía darme una oportunidad de conocer a mi padre.
Me acerque al dios para tomar su mano, este se sorprendió solo por unos instantes, pues me dedico una sonrisa muy emocionado. Mi madre se puso de pie para salir de la habitación, me entristeció enormemente pero tenía que hacer esto.