CAPÍTULO 3 (continuación)

2631 Words
...los ojos abiertos y fijos en su reflejo, la mano derecha extendida como si intentara tocarlo. Lucía retrocedió hasta chocar con la puerta, soltando un grito ahogado que se perdió en el silencio de la casa. El espejo intacto reflejaba no solo el cuerpo de doña Elena, sino también una figura detrás de ella – una mujer vestida de n***o, con el rostro cubierto por un velo, que parecía estar acariciando el hombro de la difunta. Lucía cerró los ojos y se obligó a respirar hondo. Cuando los abrió de nuevo, la figura del espejo había desaparecido; solo quedaba el cuerpo de su bisabuela y su propio reflejo, pálido y aterrorizado. Se acercó con mucho cuidado hasta la silla, evitando mirar al espejo. Junto a Elena había un sobre sellado, con su nombre escrito en letras claras y firmes: "Para Lucía Villarreal – Solo abrir cuando la luna esté llena". No necesitaba mirar el calendario para saber que la luna estaría llena esa misma noche. Decidió no quedarse en la habitación más tiempo del necesario. Cogió el sobre y salió corriendo a la planta baja, donde se refugió en la cocina, alejándose de todos los espejos rotos que parecían seguirla con sus fragmentos brillantes. Encendió la estufa de leña con algunos trozos de madera que encontró en el cobertizo, y el fuego le dio algo de calidez y seguridad en medio de aquel lugar tenebroso. Mientras la oscuridad caía sobre la casa, Lucía sacó del maletero las provisiones que le había dejado el abogado: pan, queso, agua y unas latas de atún. Comió con prisa, mirando constantemente hacia la puerta y las ventanas, esperando ver algo moverse en la oscuridad del jardín. Cuando terminó, se sentó frente al fuego con el sobre en las manos, pensando en su bisabuela y en la figura del espejo. A las diez de la noche, la luna llena apareció entre las nubes, iluminando la casa con una luz plateada que hacía brillar los fragmentos de cristal esparcidos por el suelo. Lucía sintió cómo un calor extraño recorría su cuerpo, como si algo estuviera llamándola desde la habitación de arriba. Sabía que era hora de abrir el sobre. Dentro encontró una carta escrita en papel amarillento y una llave de metal antiguo, con grabados que parecían símbolos misteriosos. La carta decía: Mi querida Lucía: Si estás leyendo esto, significa que el destino te ha traído hasta aquí, como me trajo a mí, y a mi madre antes que yo. Nuestra familia lleva generaciones cuidando esta casa y lo que hay en su interior. Los espejos no son solo objetos de decoración – son portales, puertas hacia otros mundos, hacia vidas que hemos vivido y que viviremos de nuevo. Hace cincuenta años, en este pueblo, murieron tres niños en un incendio que consumió su casa. Su madre, doña Rosa, culpó a mi familia de su muerte, diciendo que mi madre había negado a prestarle dinero para reparar el tejado que estaba a punto de caerse. En su dolor, ella hizo un pacto con fuerzas oscuras, jurando que su venganza alcanzaría a todas las mujeres de nuestra línea. Los espejos comenzaron a romperse esa misma noche. Desde entonces, los niños aparecen en el bosque cuando la luna está llena, buscando a la mujer que debe pagar por su muerte. Mi madre intentó detenerlos, pero fue consumida por la furia de doña Rosa. Yo he logrado mantenerlos a raya durante años, usando los secretos que están en el libro que encontraste en la sala. Pero mi tiempo se ha acabado. Ahora toca a ti. La llave que encontrarás en este sobre abre un compartimento oculto detrás del espejo intacto de mi habitación. Allí encontrarás el amuleto que te protegerá, y las instrucciones para cerrar los portales antes de que sea demasiado tarde. Si no lo haces antes del tercer día de luna llena, los niños entrarán en la casa y no habrá nadie que los detenga. Recuerda: los espejos reflejan lo que somos, pero también lo que tememos. No temas a tu reflejo – teme a lo que está detrás de él. Con esperanza y miedo, Tu bisabuela Elena Lucía dejó caer la carta y miró la llave en sus manos. El metal estaba cálido al tacto, como si llevara guardando calor durante años. La luna brillaba con fuerza ahora, y desde el jardín llegó un susurro suave, casi inaudible – la voz de niños que cantaban una canción triste y monótona. Se levantó con firmeza, cogió la linterna y subió las escaleras de nuevo. La habitación de su bisabuela estaba iluminada por la luz lunar que entraba por la ventana, y el espejo intacto brillaba como si estuviera encendido desde dentro. Lucía se acercó hasta él, con la llave lista en su mano. Encontró el agujero de la cerradura en el lateral del marco, y al introducir la llave, oyó un clic seco. El panel de madera detrás del espejo se abrió hacia un lado, revelando un pequeño compartimento oscuro. Dentro había un collar con un amuleto de plata en forma de ojo, y otro libro, más pequeño que el primero, con tapas de cuero n***o. Lucía cogió el collar y se lo puso alrededor del cuello; en cuanto el metal tocó su piel, sintió cómo un escalofrío recorría su cuerpo, pero al mismo tiempo una sensación de calma y fuerza. Abrió el libro pequeño y leyó la primera página: "Para cerrar los portales, debes reunir los fragmentos de todos los espejos rotos y colocarlos en el centro de la sala, formando un círculo. Luego, bajo la luz de la luna llena, debes repetir las palabras que encontrarás en la página 17. Pero ten cuidado: mientras lo hagas, los espíritus intentarán detenerte, usando tus miedos y tus recuerdos contra ti." Lucía volvió a la sala y comenzó a recoger los fragmentos de cristal, poniéndolos en una pila en el centro de la habitación. Mientras trabajaba, los susurros se hacían más fuertes, y las sombras en las paredes comenzaron a tomar forma – niños pequeños con ropas quemadas, sus rostros desfigurados por el fuego, que se acercaban a ella con manos extendidas. "Tú eres de la familia que nos mató" – susurraron en coro – "Debes pagar por lo que hicieron tus antepasados" Lucía cerró los ojos y se concentró en las palabras del libro. Había llegado el momento de enfrentarse al pasado de su familia, de pagar la deuda que habían dejado pendiente. Colocó los fragmentos de cristal en un círculo perfecto en el suelo, luego se paró en el centro y miró hacia la luna que brillaba a través de la ventana. Abrió el libro hasta la página 17 y comenzó a leer en voz alta, con una voz que temblaba pero que no se quebró: "Espíritus del pasado, escuchad mi voz. Yo no fui la causa de vuestra muerte, pero acepto la responsabilidad de mi familia. Dejad este lugar en paz, volved a donde os corresponde, y dejad que el ciclo se cierre para siempre." En cuanto terminó de hablar, los fragmentos de cristal comenzaron a brillar con una luz intensa, y el círculo se llenó de humo blanco. Los niños aparecieron en el centro del círculo, pero esta vez no tenían rostros de odio – solo tristeza y resignación. Una figura femenina se unió a ellos: doña Rosa, vestida de n***o, con el rostro ahora tranquilo. "Nos hemos dejado llevar por la venganza durante demasiado tiempo" – dijo con voz suave – "Tu bisabuela intentó ayudarnos, pero no estábamos dispuestos a escuchar. Ahora que alguien acepta la verdad, podemos descansar." La luz se hizo más intensa, y Lucía tuvo que cerrar los ojos. Cuando los abrió de nuevo, la sala estaba vacía. Los fragmentos de cristal habían desaparecido, y en su lugar había un solo espejo intacto, pequeño y redondo, que reflejaba la luna llena en su centro. Se sintió exhausta, como si hubiera estado trabajando durante días. Caminó hasta la habitación de su bisabuela y encontró que el cuerpo de Elena había desaparecido – solo quedaba la silla vacía frente al espejo, que ahora reflejaba una mujer joven con cabello n***o y ojos oscuros, sonriendo tranquilamente. Lucía se acercó y vio que era su propia cara, pero con una serenidad que no había sentido nunca antes. PARTE II: LOS DIAS SIGUIENTES CAPÍTULO 4: EL PUEBLO Al día siguiente, Lucía se despertó temprano, con el sol entrando por la ventana de la habitación. El olor nauseabundo había desaparecido, y en su lugar flotaba el aroma a madera quemada y hierba fresca. Se vistió rápidamente y bajó a la cocina, donde encontró que el fuego de la estufa seguía encendido, como si alguien lo hubiera cuidado durante la noche. Decidió ir al pueblo a comprar provisiones y a conocer a los lugareños, pensando que ahora que el mal de la casa había sido sanado, tal vez ellos la recibirían con más calidez. Caminó por el camino de tierra hasta San Jerónimo, y esta vez los árboles no parecían amenazantes – al contrario, el bosque estaba lleno de pájaros cantando y flores silvestres que brillaban bajo el sol. Al llegar a la plaza central, se encontró con un grupo de mujeres que estaban sentadas en la puerta de la iglesia, cosiendo y hablando entre ellas. Cuando la vieron acercarse, se callaron y la miraron con curiosidad. – Buenos días – dijo Lucía con una sonrisa –. Soy Lucía Villarreal, la bisnieta de doña Elena. He venido a vivir a la casa del bosque. Una de las mujeres, mayor, con cabello blanco y arrugas en el rostro que hablaban de muchos años de trabajo, se levantó y se acercó hasta ella. – Soy doña Mercedes – dijo con voz rasposa –. Conocí a doña Elena cuando era niña. Ella era una buena mujer, a pesar de todo lo que pasó. Los lugareños no la entendían, creían que era una bruja, que hablaba con espíritus. Pero ella solo intentaba protegernos a todos. – ¿Protegernos? – preguntó Lucía –. ¿De qué? – De los niños – respondió doña Mercedes, mirando hacia el bosque –. Después del incendio, nadie podía dormir por las noches. Los niños caminaban por las calles, susurrando, buscando venganza. Muchas familias tuvieron que abandonar el pueblo. Doña Elena se quedó y encontró la manera de mantenerlos a raya, aunque costó mucho esfuerzo y dolor para ella. Otra mujer se unió a ellas, más joven, con ojos llenos de tristeza. – Mis abuelos fueron vecinos de doña Rosa – dijo –. Ella no era una mala persona, solo estaba destrozada por la pérdida de sus hijos. El incendio fue un accidente – añadió en voz baja –. El tejado se cayó porque estaba viejo, no porque nadie se negara a ayudar. Pero en su dolor, ella no pudo ver la verdad. Lucía les contó lo que había pasado la noche anterior, sobre los espíritus y el espejo que se había cerrado. Las mujeres escucharon en silencio, y cuando terminó, doña Mercedes le cogió la mano con ternura. – El ciclo se ha cerrado – dijo –. Ahora la casa ya no está maldita. Doña Elena puede descansar en paz, y los niños también. Tal vez ahora el pueblo pueda volver a ser como antes. Las mujeres la invitaron a tomar café en su casa, y Lucía pasó la mañana escuchando historias sobre su bisabuela y el pueblo. Aprendió que Elena había sido una mujer generosa, que ayudaba a los necesitados y que había fundado la única escuela que el pueblo había tenido durante muchos años. También supo que el "Grupo Villarreal", una de las empresas más grandes del país en el sector de la construcción, había sido fundada por su tatarabuelo, quien había hecho fortuna pero había olvidado sus raíces en San Jerónimo. Al regresar a la casa, encontró que algo había cambiado. Las paredes blancas brillaban con más intensidad, las ventanas reflejaban el cielo azul como si fueran nuevas, y en el huerto abandonado, algunas plantas habían comenzado a brotar de nuevo. Entró en la sala y se quedó mirando el espejo pequeño y redondo que había aparecido la noche anterior. En él se reflejaba la casa y el jardín, pero también se veían figuras caminando por el huerto – Elena, doña Rosa y los tres niños, todos ellos sonriendo, como si estuvieran cuidando el lugar juntos. Lucía decidió que sería su deber mantener viva la memoria de su bisabuela y de todos aquellos que habían sufrido por la venganza y el miedo. Sacó el libro grande de los espejos y comenzó a leerlo detenidamente, descubriendo que no solo hablaba de portales y espíritus, sino también de curación y esperanza, de cómo las historias de nuestro pasado pueden ayudarnos a construir un futuro mejor. CAPÍTULO 5: EL REGRESO DE PEDRO Una semana después, mientras Lucía estaba trabajando en el huerto, plantando nuevas semillas que había comprado en el pueblo, oyó el sonido de un coche acercándose por el camino de tierra. Se levantó y miró hacia la entrada, esperando ver al abogado Mendizábal o a alguna persona del pueblo. Pero el coche que se detuvo frente al portón era desconocido – un camioneta roja, con el logo de "Grupo Villarreal" en las puertas. Un hombre de unos treinta años bajó del vehículo, alto y delgado, con cabello castaño y ojos azules que le recordaban mucho a su padre. Lucía se quedó helada – era su hermano Pedro, a quien no veía desde hacía cinco años, cuando se habían enfrentado por la decisión de su padre de no dejarles nada de su fortuna. – Lucía – dijo él, acercándose hasta ella con una expresión seria –. He estado buscándote. Papá está muerto. Murió hace tres días de un ataque al corazón. Lucía sintió cómo un nudo se le formó en la garganta. Había tenido una relación complicada con su padre – él nunca la había comprendido, nunca había aceptado su amor por los libros y la naturaleza, prefiriendo centrarse en Pedro y en la empresa familiar. Pero aun así, la noticia del fallecimiento la afectó profundamente. – ¿Por qué vienes aquí? – preguntó con voz baja –. No creí que supieras dónde estaba. – El abogado Mendizábal me lo dijo – respondió Pedro –. Papá dejó una carta para ti. Dice que quería que supieras la verdad sobre nuestra familia, sobre por qué nunca habló de doña Elena. Sacó un sobre de su bolsillo y se lo entregó. Lucía lo abrió con manos temblorosas y leyó las palabras escritas por su padre: Mi querida Lucía: Si estás leyendo esto, significa que has encontrado la casa de tu bisabuela Elena. Debo pedirte perdón por no haberte contado la verdad antes, pero creía que estaba protegiéndote. Cuando yo era niño, mi madre me llevó a la casa una vez. Vi a los niños en el bosque, y escuché sus susurros. Tuve tanto miedo que le rogué a mi madre que nunca más volviéramos allí. Ella accedió, pero nunca pudo olvidar lo que había visto, y terminó enferma y triste durante el resto de su vida. Cuando tuve a ti y a Pedro, decidí alejar a la familia de todo lo relacionado con San Jerónimo. Quería que vivieran vidas normales, sin miedos ni secretos. Pero ahora me doy cuenta de que estaba equivocado. Los secretos no desaparecen – solo se acumulan y se vuelven más fuertes. He dejado toda mi parte de la empresa en tu nombre. No quiero que la fortuna de nuestra familia siga siendo una carga para nadie más. Quiero que la uses para ayudar al pueblo de San Jerónimo, para reconstruirlo y dar oportunidades a quienes lo necesitan. Elena lo haría así, estoy seguro.
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