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LA CASA DE LOS ESPEJOS ROTOS

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DESCRIPCIÓN CORTA DE LA HISTORIA La Casa de los Espejos Rotos es una historia de suspenso y terror con un corazón de esperanza, ambientada en un pueblo aislado de Puebla, México. Lucía Villarreal, de 28 años, hereda la finca de su bisabuela Elena – un lugar temido por los lugareños debido a una maldición que se remonta a cincuenta años atrás, cuando tres niños murieron en un incendio y su madre juró venganza. Al descubrir que los espejos de la casa son portales entre mundos y que los espíritus de los niños vagaban sin descanso, Lucía debe enfrentar sus miedos y la verdad sobre su familia para cerrar los portales y sanar el pasado. Junto a su hermano Pedro, convierte el lugar de horror en un centro de reconciliación, usando la fortuna heredada para reconstruir el pueblo y mantener vivo el legado de amor y perdón de sus antepasadas.

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LA CASA DE LOS ESPEJOS ROTOS Una historia de suspenso y terror
PARTE I: EL INICIO CAPÍTULO 1: EL ANUNCIO El papel del periódico crujió bajo los dedos de Lucía Villarreal mientras deslizaba la página hasta encontrar la sección de bienes raíces. Había llovido durante tres días seguidos en la ciudad de Puebla, y el aire húmedo se colaba por las rendijas de la ventana de su pequeño apartamento, dejando en las paredes manchas de moho que parecían dibujos extraños, casi humanos. La noticia saltó a sus ojos como un grito en la quietud: CASA HEREDADA EN VENTA – OPCIÓN DE TRANSFERENCIA GRATUITA Propiedad ubicada en el pueblo de San Jerónimo Xayacatlán, a 45 kilómetros de la ciudad. La finca "El Mirador de los Espejos" incluye casa principal de dos plantas, cobertizo, huerto y bosque adyacente. La heredera, doña Elena Villarreal de la Cruz, falleció hace seis meses sin descendencia directa. Se busca pariente cercano para recibir la propiedad; en caso de no encontrarse, pasará a manos del ayuntamiento el próximo 31 de octubre. Lucía sintió cómo el corazón le latía con fuerza. Elena Villarreal – su bisabuela paterna, de quien apenas había oído hablar. Su padre siempre había evitado mencionar a esa rama de la familia, diciendo que estaban "muy distantes" y que "mejor no meterse con asuntos del pasado". Pero ahora, con el trabajo en la librería donde trabajaba a punto de desaparecer y el dueño del apartamento pidiéndola que se fuera para reformar el lugar, una casa gratuita parecía el milagro que necesitaba. Tomó el teléfono y marcó el número que aparecía en el anuncio. Una voz seca y formal respondió al otro lado: – Bufete Legal Mendizábal y Asociados. ¿En qué podemos ayudarla? – Soy Lucía Villarreal – dijo, tratando de que su voz no temblara –. He visto el anuncio de la casa de doña Elena Villarreal. Soy su bisnieta. Hubo un silencio en la línea, tan largo que Lucía pensó que se había cortado la llamada. Luego, el hombre habló de nuevo, con un tono que parecía mezclar sorpresa y algo más – un temor casi imperceptible. – Muy bien, señorita Villarreal. Necesitaremos verificar sus documentos de parentesco, pero según nuestros registros, usted es la única heredera viva. Podemos concertar una cita para mañana mismo en nuestras oficinas, o... si lo prefiere, podemos enviarle a alguien para que la acompañe hasta la propiedad esta misma tarde. El tiempo es corto, y el ayuntamiento está presionando para cerrar el trámite. Lucía miró alrededor de su apartamento: cajas apiladas en cada esquina, sus pocas pertenencias amontonadas como si ya estuviera lista para marcharse. Había llegado la hora de dejar atrás la vida que llevaba, de enfrentarse al pasado que su padre tanto había ocultado. – Envíen a alguien esta tarde – dijo con decisión –. Quiero ver la casa antes de decidirme, pero creo que ya sé cuál será mi respuesta. El hombre suspiró, y Lucía pudo escuchar cómo movía papeles en el otro lado. – Entendido. El señor Raúl Mendizábal mismo la acompañará. Llegará por usted a las cuatro en punto. Tenga en cuenta que el pueblo es aislado, y la carretera no está en las mejores condiciones. Además... hay algunas cosas que debe saber sobre la propiedad antes de irse. – ¿Qué cosas? – preguntó Lucía, sentiendo cómo un escalofrío recorría su espalda a pesar del calor húmedo del apartamento. – La casa tiene... historia – respondió el abogado –. Mucha historia. Y no todos los que han estado allí han salido igual de como entraron. Pero eso es algo que el señor Mendizábal le contará en el camino. Por ahora, prepárese. Llegaremos pronto. Lucía colgó el teléfono y se quedó mirando la mancha de moho en la pared frente a ella. Ahora parecía más que nunca un rostro, con ojos hundidos que la miraban fijamente, como si la estuviera advirtiendo. Se secó las manos sudorosas en su falda y comenzó a cerrar las cajas que aún estaban abiertas, sin saber que ese día estaba entrando en una trampa desde la que quizás nunca podría salir. CAPÍTULO 2: EL CAMINO HACIA SAN JERÓNIMO El coche n***o de lujo del abogado Mendizábal se detuvo frente al edificio de apartamentos a las cuatro en punto exactas. Lucía bajó las escaleras con su maleta grande y una mochila en la espalda, encontrándose a un hombre de unos cincuenta años, de cabello canoso bien peinado, traje oscuro y gafas de marco grueso que le daban un aire severo. – Señorita Villarreal – dijo él, extendiendo la mano –. Raúl Mendizábal. Mucho gusto. He estado esperando mucho tiempo a que apareciera alguien de su familia. Lucía estrechó su mano; la piel del abogado estaba fría, como si no sintiera el calor del día. – Mi padre nunca me habló de mi bisabuela – dijo mientras colocaba sus pertenencias en el maletero –. ¿Por qué? El abogado se quedó callado por un momento, mirando hacia la carretera que llevaba al pueblo. Luego abrió la puerta del pasajero para ella y se sentó al volante. – Su padre tuvo una experiencia en esa casa cuando era niño – explicó mientras ponía en marcha el motor –. Una experiencia que le dejó secuelas. Su abuelo, el hijo de doña Elena, decidió alejar a su familia de San Jerónimo para protegerlos. Pero el destino tiene sus formas de unir lo que está separado. El camino era tan malo como el abogado había advertido. Los baches llenos de agua hacían que el coche temblara con cada paso, y los árboles que bordeaban la carretera eran tan altos y densos que parecían formar un túnel oscuro, impidiendo que la luz del sol llegara al asfalto. Lucía miró por la ventana y vio que entre los árboles había figuras que se movían – o al menos parecían moverse – como si alguien los estuviera siguiendo. – ¿Hay gente por aquí? – preguntó, señalando hacia la maleza. El abogado miró por el retrovisor y negó con la cabeza. – Solo son árboles – dijo, pero su voz no sonó segura –. El bosque puede jugar malas pasadas con la vista, especialmente cuando está húmedo como hoy. San Jerónimo es un pueblo antiguo, con muchas leyendas. Los lugareños dicen que el bosque está habitado por las almas de quienes murieron sin recibir sepultura cristiana. Lucía sintió cómo se le ponía la piel de gallina. Había crecido en la ciudad, donde las únicas leyendas eran las de crímenes y desastres, nada que ver con espíritus y bosques encantados. Pero en ese momento, en medio de aquel camino oscuro y solitario, empezó a preguntarse si tal vez su padre tenía razón al querer olvidar a su bisabuela. Después de casi una hora de viaje, apareció el pueblo. Las casas eran de adobe y tejas rojas, con flores en los balcones y calles de piedra que llevaban hasta una plaza central donde se alzaba una iglesia de estilo barroco, con la fachada desgastada por el tiempo. Apenas había gente en las calles; aquellos que la veían pasaban mirándola con expresiones serias, casi amenazantes. – Los lugareños no son muy dados a recibir extraños – dijo el abogado, notando la mirada de Lucía –. Especialmente cuando se trata de la casa de doña Elena. Ellos la llaman "La Casa de los Espejos Rotos", y nadie se acerca a ella después del anochecer. – ¿Por qué ese nombre? – preguntó Lucía. – Verá usted mismo – respondió Mendizábal, girando el coche hacia una carretera de tierra que se adentraba en el bosque –. Doña Elena era una mujer muy rica en su tiempo. Coleccionaba espejos de todas partes del mundo, especialmente aquellos con diseños antiguos y misteriosos. Pero hace muchos años, algo pasó en esa casa que hizo que todos los espejos se rompieran de golpe, como si hubieran sido golpeados desde dentro. Nadie sabe exactamente qué sucedió, pero desde entonces, la casa ha estado vacía, y los lugareños evitan pasar cerca. El coche se detuvo frente a un portón de hierro forjado, oxidado por el tiempo y decorado con figuras de pájaros que parecían estar a punto de despegar el vuelo. Detrás del portón, un camino de grava llevaba hasta una casa grande de dos plantas, de piedra blanca y tejado de tejas negras, con ventanas altas que parecían ojos vacíos. Alrededor de la casa había un huerto abandonado, con plantas secas y enredaderas que se habían subido hasta las paredes, y en el fondo se adivinaba el bosque denso y oscuro. – Aquí estamos – dijo el abogado, apagando el motor –. Tenga en cuenta que la propiedad no tiene electricidad ni agua corriente funcionando. Doña Elena vivía con energía solar y un pozo, pero hace tiempo que todo está desactivado. Yo puedo quedarme con usted si lo prefiere, pero tengo que regresar a la ciudad antes del anochecer. El camino se hace peligroso después de las seis. Lucía bajó del coche y miró la casa. Había algo en ella que la atraía y la repelía al mismo tiempo. Las paredes blancas parecían brillar a pesar de la luz gris del día, y las ventanas reflejaban el cielo nublado como si fueran espejos. Se acercó al portón y lo empujó con fuerza; dio un crujido estridente pero se abrió fácilmente. – Voy a entrar – dijo, sin mirar al abogado –. Puede irse si necesita hacerlo. Yo me las arreglaré. Mendizábal se acercó hasta ella y le entregó un sobre de papel marrón. – Aquí están los documentos necesarios – dijo –. Si decide quedarse, debe firmarlos y enviármelos antes del 31 de octubre. Si no... bueno, ya sabe lo que pasará. También he dejado una linterna, agua y algunas provisiones en el maletero. La casa tiene un cobertizo donde doña Elena guardaba herramientas y combustible para la estufa. Tenga cuidado con el bosque – añadió, con voz seria –. No se adentre demasiado. Hay cosas allí que no deberían ser vistas por humanos. Lucía tomó el sobre y asintió. El abogado la miró por última vez, con una expresión de lástima en su rostro, luego subió al coche y se fue, dejándola sola en medio de la quietud sepulcral del lugar. Se quedó mirando cómo el coche se alejaba hasta desaparecer alrededor de la curva, luego giró hacia la casa y comenzó a caminar por el camino de grava, con el corazón latiéndole fuerte en el pecho. Cada paso que daba parecía resonar en el silencio, y la sensación de estar siendo observada era tan intensa que al final se detuvo y giró rápidamente, mirando hacia el bosque. No había nadie allí, pero entre los árboles brillaban puntos de luz amarillos, como ojos que la seguían desde la oscuridad. CAPÍTULO 3: LA CASA DE LOS ESPEJOS La puerta principal de la casa estaba cerrada con una cerradura de hierro antiguo, pero Lucía encontró la llave en un agujero detrás de una maceta seca junto a la entrada. Al girar la llave, la cerradura dio un crujido y la puerta se abrió con un gemido que parecía el de una persona sufriendo. El olor que salió al exterior fue insoportable: mezcla de humedad, podredumbre y algo más, un olor dulce y nauseabundo que recordaba a la carne en descomposición. Lucía se tapó la nariz con la manga y entró con cautela, encendiendo la linterna que el abogado le había dado. La sala principal era grande y alta, con techos de madera oscura y paredes cubiertas de molduras antiguas. En cada esquina de la sala había un pedestal de mármol, y en cada pedestal un espejo grande con marco de madera tallada, pero todos estaban rotos – los cristales estaban en mil pedazos, y los marcos parecían haber sido golpeados con fuerza, con astillas saliendo en todas direcciones. En el centro de la sala había una mesa de comedor grande, cubierta de telas polvorientas y objetos pequeños que no se distinguían bien en la luz débil de la linterna. Lucía avanzó con cuidado, evitando los cristales rotos que estaban esparcidos por el suelo de madera. Al acercarse a la mesa, vio que los objetos eran fotografías enmarcadas, todas ellas de la misma mujer: una mujer alta y delgada, con cabello n***o largo y ojos oscuros que parecían seguirla con la mirada. Debajo de las fotografías había un libro de tapa dura, con el título escrito en letras doradas desgastadas: "El Libro de los Espejos – Historias y Encantamientos". Lucía lo cogió con cuidado; el papel estaba amarillento y se deshacía en sus manos. Abrió la primera página y leyó la dedicatoria: A mi querida Elena, que heredará no solo mi casa, sino también mi deber. Que nunca olvide que los espejos no solo reflejan lo que somos, sino también lo que podríamos ser – o lo que fuimos en otra vida. Su madre, María de la Cruz Encima del libro había un diario, con las páginas cubiertas de escritura pequeña y difícil de leer. Lucía lo abrió y comenzó a leer la entrada más reciente, fechada seis meses antes: 30 de abril. Hoy he visto de nuevo a los niños en el bosque. Llevan los mismos vestidos rotos que cuando murieron, hace cincuenta años. Me acerqué hasta ellos, pero se esfumaron como humo cuando intenté tocarles la mano. Dicen que estoy próxima a cumplir mi ciclo, que es hora de pasar el testigo. Pero ¿quién podrá llevar la carga después de mí? Mi hijo ya no quiere saber nada de esta casa, de este lugar maldito. Quizás el destino encontrará a alguien más, alguien que no tenga miedo a lo que vive en los espejos. Lucía cerró el diario con fuerza, sintiendo cómo el miedo la invadía. ¿Niños muertos en el bosque? ¿Un deber que se heredaba de madre a hija? Su padre nunca le había contado nada de esto, y ahora entendía por qué. Decidió explorar el resto de la planta baja. Había una cocina grande, con una estufa de leña y armarios de madera que aún conservaban algunos utensilios de cocina oxidados. Al lado de la cocina había un cuarto pequeño que parecía ser un despacho, con un escritorio de madera y más libros sobre espejos y ocultismo. En una esquina del despacho había otro espejo, más pequeño que los de la sala, pero también roto. Lucía se acercó hasta él y vio que en el cristal roto se reflejaba su cara, pero con una diferencia: la mujer del reflejo tenía los ojos negros como pozos, y una sonrisa cruel en los labios. Se dio un paso atrás, asustada. La linterna temblaba en sus manos, y la luz bailaba sobre las paredes, creando sombras que parecían moverse por sí mismas. Decidió subir a la planta alta, pensando que quizás allí encontraría respuestas, o al menos un lugar donde poder dormir. Las escaleras de madera crujían bajo sus pies, y con cada peldaño que subía, el olor dulce y nauseabundo se hacía más fuerte. En la planta alta había tres habitaciones y un baño. La primera habitación era un dormitorio pequeño, con una cama sencilla y ropas viejas amontonadas en el suelo. La segunda era más grande, con una cama de matrimonio tallada en madera, y en las paredes más espejos rotos, todos ellos alineados como si formaran un círculo. En la tercera habitación, la más grande de todas, Lucía encontró lo que buscaba: su bisabuela Elena estaba allí, sentada en una silla de madera frente a un espejo gigante que aún estaba intacto. Pero no estaba viva. El cuerpo de doña Elena estaba completamente seco, como una momia, pero conservaba la posición en la que había muerto: la cabeza girada hacia el espejo, los...

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