La Visita.

1842 Words
Capítulo 3: La Visita Máximo Rivas. El sol se oculta lentamente en el horizonte mientras me acerco a la imponente residencia de mi padre. La fachada de la casa brilla bajo la luz del atardecer, proyectando una sombra ominosa sobre el paisaje circundante. A medida que me acerco a la puerta principal, mi corazón late con fuerza en mi pecho, anticipando el encuentro que está por venir. Con una mezcla de ansiedad y determinación, toco el timbre y espero pacientemente a que alguien responda. El sonido retumba en el silencio de la tarde, anunciando mi llegada a aquellos dentro de la casa. Por un momento, todo está tranquilo, y mi mente se llena de dudas y preguntas sobre lo que me espera al otro lado de esa puerta. Finalmente, el sonido de pasos se acerca, y la puerta se abre lentamente para revelar a Boris, el leal mayordomo de mi padre. Su rostro es serio y estoico, pero puedo ver la sorpresa en sus ojos al encontrarse conmigo en la entrada. — Señor Máximo, ¿Qué lo trae por aquí? — pregunta, su voz resonando en el aire tranquilo de la tarde. — Quiero ver a mi padre. ¿Dónde está? — respondo, mi tono firme y decidido a pesar de la incertidumbre que siento en mi interior. Boris asiente solemnemente y me guía hacia el interior de la casa, conduciéndome por los intrincados pasillos y escaleras hasta llegar a la habitación de mi padre. El ambiente es tenso y cargado de emoción mientras avanzamos, y puedo sentir la presión de lo que está por venir pesando sobre mis hombros. Finalmente, llegamos a la puerta de la habitación de mi padre, y Boris se detiene, mirándome con seriedad antes de abrir la puerta y dejarme entrar. El interior está oscuro y silencioso, con mi padre acostado en la cama, su rostro pálido y demacrado bajo la débil luz que se filtra por la ventana. Mi corazón se encoge al verlo en ese estado, y una oleada de emociones me abruma mientras me acerco a su lado. Su mirada se encuentra con la mía, llena de sorpresa y confusión al verme allí, y por un momento, todo parece detenerse mientras nos miramos el uno al otro en silencio. — ¿Máximo? ¿Qué haces aquí? — pregunta, su voz débil y quebrada por la enfermedad. — Vine a verte, padre. — respondo, luchando por mantener mi compostura mientras me siento a su lado. — He estado preocupado por ti. — Miento. Una mirada de gratitud cruza su rostro mientras asiente débilmente, y por un momento, todo parece volver a ser como antes. Pero sé que las cosas nunca volverán a ser iguales entre nosotros, que este encuentro no marcará el comienzo de un nuevo capítulo en nuestras vidas, uno lleno de desafíos y dificultades que deberemos enfrentar juntos, como padre e hijo. No se puede devolver el tiempo, ni mucho menos corregir los miles de errores que se han cometido. Mi padre, a pesar de su frágil estado de salud, se aferra con fuerza a su imagen de hombre fuerte y decidido. Sus palabras son escasas pero cargadas de determinación, y puedo ver el brillo de la obstinación en sus ojos mientras hablamos sobre su enfermedad. Con cada palabra que pronuncia, una pieza del rompecabezas comienza a encajar en mi mente, revelando una verdad que nunca antes había sido revelada. Mi padre sufre de una enfermedad grave y debilitante, una que ha mantenido oculta durante años, incluso de su propio hijo. La revelación me golpea con fuerza, dejándome aturdido y confundido mientras trato de procesar la magnitud de lo que acabo de escuchar. ¿Por qué mi padre mantuvo su enfermedad en secreto? ¿Qué otras verdades ha estado ocultando de mí y de los demás? A medida que continuamos nuestra conversación, las piezas del rompecabezas comienzan a encajar lentamente, revelando una imagen más clara de la vida de mi padre y las luchas que ha enfrentado en silencio. A pesar de su apariencia impecable y su actitud serena, mi padre es un hombre marcado por el dolor y la adversidad, y su enfermedad es solo una parte de la compleja historia que ha moldeado su vida o tal vez una consecuencia del daño que ha causado, de los excesos o de la falta de empatia para con los demás. A medida que la conversación avanza, siento una mezcla de emociones que me abruman: sorpresa, preocupación, pero también un profundo sentido de conexión con mi padre, no puedo evitarlo, llevo su sangre en mis venas. Aunque nuestras vidas han estado separadas por años de distanciamiento y desconfianza, este momento nos une de una manera que nunca antes habíamos experimentado. En medio de la oscuridad y la incertidumbre, encuentro un rayo de esperanza, una chispa de reconciliación que arde dentro de mí. Por primera vez en mucho tiempo, me siento cerca de mi padre, unido por la adversidad y la necesidad mutua de apoyo y comprensión. A medida que la noche avanza y la conversación llega a su fin, me despido de mi padre con un abrazo cálido y una promesa de estar allí para él en los días que vendrán. Me llama la atención que en ningún momento habla sobre su esposa, pero no digo nada. Es muy probable que este sea otro matrimonio superficial y que laa mujer solo quiera dinero y lujos. Me pongo de pie con cuidado, procurando no perturbar el sueño de mi padre mientras se sumerge en un estado de reposo. Mi mirada se posa en Boris, quien ha estado a nuestro lado en silencio durante toda la conversación, observando cada palabra y gesto con una expresión impasible. —Boris, ¿Cómo está realmente mi padre? —pregunto en un susurro, consciente de la importancia de mantener la tranquilidad en la habitación. Boris me mira con seriedad, sus ojos oscuros reflejando la gravedad de la situación. —Su estado de salud es delicado, señor —responde con voz grave—. La enfermedad ha progresado más rápido de lo que esperábamos, y su cuerpo está luchando para mantenerse fuerte. Asiento con solemnidad, absorbiendo las palabras de Boris con una mezcla de preocupación y determinación. — Quiero la verdad, Boris. No me ocultes nada —le digo, enfatizando cada palabra con firmeza. Boris asiente, comprendiendo la gravedad de la situación. — Entiendo, señor. Haré todo lo que esté en mi poder para mantenerlo informado sobre el estado de su padre. Pero debo advertirle, la situación es grave y debemos estar preparados para cualquier eventualidad. Siento un nudo en la garganta al escuchar las palabras de Boris, consciente de que el tiempo que nos queda con mi padre podría ser limitado, no el suficiente para encararlo y hacerlo pagar, quizas me quede con dudas y nunca alcance a conocer su version de los echos. Pero también siento una determinación renovada, una resolución para estar allí para él en los momentos difíciles que vendrán. — ¿Quién está a cargo de la empresa? — Marina, Sr. — Asiento entendiendo que su secretaria es una mujer capaz y su antigüedad en la empresa le da el aval para manejar la situación. Con un gesto de agradecimiento hacia Boris, me despido silenciosamente de la habitación, dejando a mi padre descansando en paz mientras me preparo para enfrentar los desafíos que están por venir. Me detengo en el umbral de mi antigua habitación, dejando que la nostalgia invada mis sentidos mientras mis ojos recorren los rincones familiares de este espacio. Cada objeto, cada mueble, evoca recuerdos de una época pasada, de momentos compartidos en familia que ahora parecen estar a años luz de distancia. Con un suspiro, me doy la vuelta y me dispongo a abandonar la habitación, dejando atrás los fantasmas del pasado para enfrentar el presente incierto que se extiende ante mí. Pero antes de que pueda dar un paso más, una presencia en el pasillo llama mi atención y despierta una curiosidad que no puedo ignorar. Una figura se recorta en la penumbra, su silueta delineada por la luz que se filtra desde las ventanas. Una sensación inexplicable me embarga al contemplarla, una atracción magnética que me hace dar un paso hacia adelante, como si estuviera siendo arrastrado por una fuerza invisible. La figura se vuelve lentamente, revelando unos rasgos familiares pero al mismo tiempo desconocidos. Su cabello cae en cascadas de seda sobre sus hombros, enmarcando un rostro que irradia una belleza cautivadora. Sus ojos encuentran los míos, y en ese momento siento como si el mundo entero se detuviera a nuestro alrededor. No puedo apartar la mirada de ella, hipnotizado por su presencia, por la intensidad de su mirada que parece penetrar hasta lo más profundo de mi ser. En ese instante, me doy cuenta de que algo ha cambiado irrevocablemente en mí, que esta mujer ha despertado algo dentro de mí que creía dormido para siempre. — ¿Quién eres? — ¿Quién quieres que sea? — No juegues... — No lo hago. — No debería estar paseándose por los pasillos en esas fachas. — Es mi ropa de dormir... — Pues, es muy... — La tensión entre nosotros es palpable, cargada de una electricidad que parece arder en el aire entre nosotros. Sus palabras me provocan, despiertan una chispa de deseo que arde dentro de mí, consumiéndome con una intensidad que apenas puedo contener. Me acerco a ella lentamente, sin apartar la mirada de sus ojos grises que parecen contener un universo de secretos y promesas. Cada paso que doy aumenta la tensión en el aire, creando una atmósfera cargada de anticipación y deseo. Cuando estoy a centímetros de ella, siento el calor de su cuerpo irradiando hacia mí, atrayéndome como un imán irresistible. Mis ojos recorren su figura con avidez, absorbiendo cada curva, cada detalle que la hace única y deseable. Nuestros ojos se encuentran en un duelo silencioso, una batalla de voluntades que amenaza con consumirnos a ambos. Pero en ese momento, ninguna palabra es necesaria, pues nuestros cuerpos hablan un lenguaje propio, un idioma de deseo y pasión que trasciende las palabras. Con un gesto imperceptible, me acerco aún más a ella, sintiendo su aliento rozar mi piel mientras nuestros labios están a punto de tocarse. El mundo entero parece desvanecerse a nuestro alrededor, dejándonos solos en este momento fugaz de conexión y atracción irresistible. Y en medio de la oscuridad y el silencio, nos perdemos el uno en el otro, entregándonos a la pasión que arde entre nosotros con una intensidad que amenaza con consumirnos por completo. Porque en este momento, en este instante eterno de deseo y anhelo, somos simplemente dos almas perdidas en el abrazo del destino, destinadas a encontrarnos una y otra vez en el laberinto del amor. — Entra y no vuelvas a salir en fachas. Juro que te vuelvo a ver vestida de esa manera y no voy a contenerme hasta me aburra de follarte. — ¿Quieres follarme ahora? — ¡Quiero que entres a tu cuarto!
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