Carla Esteban
— Adelante.
— Sra, el desayuno está listo. Todos la esperan...
— Pueden empezar sin mí, tráeme solo un café por favor. — Los toques en la puerta me sacaron de mis recuerdos. Suspiré fuerte y sonreí al pensar en todo eso que me ha hecho fuerte. He pasado por incontables tropiezos y aun así sigo luchando por lo que creo. No sé a dónde me llevará mi terquedad, o quizás sea determinación, torpeza o estupidez, pero seguiré intentando. El hijo de mi jefe fue el segundo hombre con el que me encontré en el camino y quien me hizo vivir tres meses de sufrimiento y agonía. Meses que, siento, me sirvieron para cambiar mi mentalidad y aprender a lidiar mejor con los hombres. Cuando me deshice de él, en un día en el que sentí que no podía más, cobré mi sueldo y fui al departamento a recoger todas mis cosas para luego irme a la estación de autobuses más cercana. Subí al autobús pasadas las 11 p.m., con destino a un lugar lejano.
La ciudad me ha dado tantos tropiezos, tantas angustias, tantos llantos, tantos sufrimientos. Sentí que ya no podía más con la vida frenética y los constantes golpes. Necesitaba cambiar mi vida, detenerme un momento a pensar qué hacer. Decidí que salir de la ciudad era lo mejor.
Tomé un tren desde Grand Central Terminal, rumbo al valle del Hudson. El viaje fue tranquilo, el paisaje cambiaba lentamente de edificios grises a colinas verdes y campos abiertos. A medida que nos alejábamos de la ciudad, sentía una ligera paz que no había experimentado en mucho tiempo.
Llegué a una pequeña estación rodeada de naturaleza. La gente aquí parecía más relajada, con sonrisas genuinas en sus rostros. Caminé un poco y llegué a un viñedo que había visto en un anuncio. Necesitaban ayuda para la temporada de cosecha y pensé que sería una buena oportunidad para desconectar y replantear mi vida.
El dueño del viñedo, un hombre mayor llamado Don Luis, me recibió con amabilidad. Me explicó las tareas y me presentó a los demás trabajadores. Me asignaron un pequeño cuarto en una casita cerca de los viñedos, y aunque era sencillo, se sentía acogedor.
Los primeros días fueron duros. Mis manos no estaban acostumbradas al trabajo físico, pero poco a poco fui adaptándome. La rutina del viñedo era simple pero gratificante. Levantarse temprano, trabajar bajo el sol, compartir almuerzos con los compañeros y terminar el día con la satisfacción de un trabajo bien hecho.Hice conocidos rápidamente. Había una joven llamada Marissa, que trabajaba en la bodega, y se convirtió en una amiga cercana. Sus historias y risas eran un alivio para mis días. También estaba Jonas, un hombre que había vivido toda su vida en el valle y conocía cada rincón del viñedo. Me enseñó mucho sobre las vides y el proceso del vino.
Cada noche, después del trabajo, me sentaba afuera de la casita y miraba las estrellas. Era un lujo que nunca me permitía en la ciudad. Pensaba en todo lo que había vivido y en lo que quería para mi futuro. Empecé a sentir que, por primera vez, tenía el control de mi vida.
Trabajar en el viñedo me dio una nueva perspectiva. Aprendí a valorar la simplicidad y la conexión con la naturaleza. Los problemas de la ciudad parecían tan lejanos y pequeños desde aquí. Después de unos meses, me sentí más fuerte, tanto física como emocionalmente. La vida en el viñedo me había dado el espacio y la claridad que necesitaba. Decidí que, aunque no sabía exactamente qué vendría después, estaba lista para enfrentar lo que fuera, con la misma determinación que había encontrado aquí, entre las vides y la gente que me acogió.
Salir de la ciudad fue lo mejor que pude haber hecho. Ahora, tenía esperanza y un camino nuevo por delante.
Mi segundo matrimonio llegó cuando me lo propuse. Después de lo que había vivido antes, decidí que, aunque mi vida en el campo era tranquila, necesitaba y quería más. Terminé la escuela y, mientras lo hacía, pensaba en qué estudiar en la universidad. No quería que mis sueños quedaran frustrados ni estancados por mis adversidades.
Marissa me enseñó un par de trucos para conquistar hombres, trucos de seducción. También me habló de sus experiencias. Varias veces fuimos a un bar cercano. Nunca en mi vida había probado un trago, pero lo hice. Fue bastante fuerte, y también fue la primera vez que me emborraché. Sentí que me relajé y me olvidé de todo. Al día siguiente, con la resaca de mi vida, me sentí más tranquila. Me sentí mejor.
Decidí que quería volver a la ciudad. Quería estudiar y, para eso, necesitaba trabajar. Trabajar en los viñedos no iba a ser suficiente. Necesitaba más. Quería más. Y para lograrlo, necesitaba un hombre. Uno a quien yo pudiera manejar. La verdad, no me importaba si era de mi edad, un poco mayor, o si era un vejestorio. Solo quería... O más bien, solo pensaba en que el fin justificaría todos los medios que usara.
Regresé a la ciudad con otra idea de la vida. Me acerqué a mi familia, solo un poco. Quería ver si quizá me habían buscado, si les hacía falta. Fue una idea loca que pasó por mi mente. Tomé un taxi y, al pasar frente a mi casa y ver que el auto se estacionaba, me arrepentí. Me arrepentí porque los recuerdos me invadieron y no me detuve. Seguí mi camino. No importaba nada, solo importaba yo. Quería llamar a mis hermanas y apoyarlas, pero aún no estaba lista para hacerlo.Conseguí un pequeño departamento. Me compré algunas piezas de ropa, vestidos bonitos, y empecé a estudiar. En la oscuridad de la noche, había hombres por doquier, pero ninguno era el indicado. Era más madura y había ganado seguridad. Aprendí que si quería ganar respeto, debía dejar de verme como una chica frágil e inocente. Era fuerte, me sentía fuerte y debía transmitir eso.
Empecé a visitar lugares de alta clase: discotecas, restaurantes, todo tipo de sitios donde pudiera relacionarme con gente, donde pudiera "pescar" un hombre. Debía salir de pobre, y lo haría a toda costa. Me había vuelto ambiciosa, quizás, pero yo diría que determinada. Sufrir demasiado me había llevado al borde de la locura. Pero tenía claro lo que quería y lo que debía hacer. Y lo lograría a toda costa.
Pasó bastante tiempo antes de que encontrara un prototipo, uno por el cual me esforcé y me esmeré mucho.
Miento si digo que mi segundo matrimonio fue por amor. Por supuesto que no. El primero fue por necesidad. Y el segundo fue porque quería. Fue porque quise. No digo que lo necesitaba, porque bien pude haberme quedado en el viñedo trabajando, siendo una mujer humilde. No, esta vez lo hice porque quería. Porque lo elegí. Porque necesitaba un medio para llegar al fin.
Gerardo era un hombre, mucho mayor que yo. Pero era vital, era apuesto. Me dio trabajo en su empresa y me dio la oportunidad de hacer muchas cosas. Me brindó su cartera para que la usara como si fuera mía. Me ofreció estabilidad y recursos, y yo tomé esa oportunidad con ambas manos.
Me fui a vivir con él y empecé mi carrera como cognótona. Me encantaba, me apasionaba estudiar eso, me entretenía. Mientras Gerardo trabajaba en hacer crecer sus empresas, yo estudiaba. Al principio, no pidió nada de mí, y mi corazón empezó a ablandarse porque sentí que sería diferente, que él sería diferente. Incluso muchas veces le ofrecí mi cuerpo pensando que todos los hombres quieren esto, pero él no, o por lo menos no todavía.
Me enteré de que tenía una esposa y que esa era la razón por la cual no avanzaba conmigo. El hombre hizo todo correctamente. Terminó su problema legal y finiquitó el matrimonio. Y luego me pidió ser su esposa. ¿Acepté? Feliz...