Carla Esteban
Me sumergí tanto en el trabajo, en las reuniones. Hice varias videoconferencias. Me contacté con mi sucursal en París. Y el día se me fue casi volando.
Para cenar, mi asistente María y yo nos fuimos a un restaurante, algo cerca de donde teníamos la oficina. En el lugar, nos atendió un mesero bastante educado, bien vestido, apenas acorde al nivel del restaurante que estábamos visitando. Sentía que tenía muchísima hambre, como si no hubiera comido en todo el día. En serio, la jornada laboral estuvo pesadísima y quedé exhausta.
El mesero recibió nuestro pedido y nosotras, ya en la mesa, sacamos ambas nuestras tabletas y nos pusimos otra vez a hablar de trabajo y a terminar de cuadrar unas cosas pendientes.
Olvidé por completo el mensaje de Máximo, el sujeto número 9, y María me lo había recordado al principio del día. No lo quise llamar enseguida porque no quería sonar desesperada. Ni siquiera fue necesario saber cuál fue el mensaje que mandó. Un descuido de mi parte quizás, uno que estaba a punto de pagar.
Por otro lado, en serio creo que debo irme tan rápido como pueda de Nueva York. No quiero estar más tiempo del necesario. Aunque Máximo evidentemente me atraiga tanto y me guste, no he tenido buenas experiencias con los hombres de este pais y aún así parece que, de alguna manera, son esos mismos hombres los que me atan a esta ciudad.
Nuestro pedido llegó junto con una botella de vino blanco. El filete estaba delicioso, y dos copas de vino fueron suficientes para mí. No estoy acostumbrada a tomar tanto. De hecho, en las reuniones sociales a las que asisto, una copa de champán es suficiente. Dos, es una exageración, como hoy. Pero me quiero sentir relajada. Quiero llegar a casa y que al poner mi cabeza sobre la almohada, Morfeo me abrace. No quiero pensar en nada, ni en hombres, ni en mi matrimonio fallido, ni en el trabajo, ni mucho menos en la malcriada de mi hija. Si bien veo máximo como una distracción, como una diversión, también sé que no debo involucrarme tanto con hombres. No me hace bien.
Así que terminaré mi trabajo en esta ciudad y me marcharé. Algún día debo aprender la lección, ¿cierto? Me disculpo con María y me levanto de la mesa.
En el camino a buscar el baño me encuentro con una amable empleada quien me guía y me deja justo en frente de la puerta, le agradezco y entro. Me miró al espejo y me veo increíble, sonrío satisfecha y entró a uno de los casilleros.
Dos toques en la puerta del casillero me alarman, me apresuro mientras pienso en la falta de respeto, ahí demasiados y si este está ocupado no deberían tocar.
Abro la puerta entre molesta y desconcertada, y al abrir lo veo a él, tan imponente e impecable como siempre.
No me deja reaccionar y me planta un enorme beso, me empuja hacia adentro y vuelve a cerrar la puerta.
El espacio es pequeño, tanto que nuestros cuerpos se juntan inevitablemente, su fuerte brazo me sujeta de la cintura y mi pecho se aplasta al hacer presión en el de él.
— Espera... — Digo apenas en un susurro mientras intento separarme de él, lo cual es imposible.
— Shuuu. — Deja mi boca y se me pega como sanguijuela dejando un recorrido de besos por mi cuello. — Hoy te vez más hermosa. Me haz ignorado todo el día, moría por verte y estar contigo. No pude evitar venir a buscarte. Te vi estacionando tu auto y bajando de el tan hermosa, tan llena de gracia, sexy y elegante. No me resistí y vine personalmente a darte un merecido castigo. — Cada palabra dicha es un placer escucharla. Su tono de voz es un susurro entrecortado que me hipnotiza.
— Lo olvidé, lo siento.
— Me aseguraré de que no lo vuelvas a olvidar. — Con esas palabras se separa de mí y me mira determinado mientras muerde su labio inferior, me da vuelta y me besa desde atrás poniendo sus manos en todos lados como un pulpo. ME GUSTA. OH POR DIOS! tendré sexo en un casillero de baño. No se como no las arreglamos para acomodar, encajar, meter, lubricar, romper y follar hasta el final de ambos.
Con ambas manos puestas en la pared, dejo descansar mi cabeza en el aire mirando hacia abajo. Sintiendo que hace mucho calor, que mi entrepierna está húmeda y mi intimidad palpita.
— Auch. — Me quejo al sentir una fuerte nalgada. Me jiro para mirarlo, esta arreglando su ropa. Se me ocurre algo muy atrevido y lo hago. Llevo la mano a mi intimidad mojando mis dedos con nuestros fluidos, pongo una mano en su hombro para llamar su atención, saco la mano, observo el fluido en mis dedos, juego un poco y luego lo llevo a mi boca, se sonríe y también le doy a probar. Lame mis dedos gustoso y luego me besa. Un beso de despedida...
— Nos vemos mañana. — Una advertencia, una amenaza, una orden, no lo se, pero asiento.
— Si, ¿A que hora?
— Yo te busco. — Deja un casto beso y se marcha. Suspiré y pensé en las veces que me había prometido no involucrarme más con hombres de ese tipo. Pero la vida, y especialmente Nueva York, tenía una manera de poner a prueba mis decisiones.
Máximo salió del casillero y, luego de eso, escuché las risas de unas chicas. Sentí tanta vergüenza. Por Dios, había tenido un encuentro delicioso, pero sentía vergüenza. Además, soy una señora y ellas son apenas unas chicas. ¿Qué van a pensar? Suspiré una y otra vez, queriendo armarme de valor para salir. Cuando por fin lo hice, gracias al cielo, no había nadie. Arreglé mi maquillaje, terminé de organizar mi ropa y salí del baño. Pasé por la mesa donde estábamos y María ya no estaba. En cambio, un mesero me llamó la atención para indicarme que ella ya estaba afuera y había pagado la cuenta. Así que agradecí y salí del restaurante.
Ella se encontraba afuera y, al verme, me preguntó:
—¿Viste a ese hombre? Dios mío, acaba de salir. Huele delicioso y es súper guapo. Nueva York tiene hombres increíbles. — No dije nada, pero imaginé que era Máximo. Me sentí orgullosa al saber que él era mío. O por lo menos así lo sentía. Así me hizo sentir al saber que me buscó esta noche.
— Deja de pensar en hombres y vamos a casa. Hoy fue un gran día. — Sonreí.
— Y Tú, ¿Porqué tardaste tanto? — Negué al pensar que a María nada se le escapa. Llegamos al auto y nos despedimos, cada una tomó su rumbo ya mañana nos veríamos nuevamente en la oficina...