El peso del mundo le cayo encima de sus hombros cuando piso los primeros escalones de la mansión. Para alguien como Elizabeth, la visita a lugares inmensos y costosos era rutinario, sin embargo, era diferente cuando sabias que estabas aquí porque un hombre te compro.
Es decir, ¿Qué clase de hombre desesperado hacia eso?
« No. Recuerda » se dijo Elizabeth « A este hombre no le interesas tu. Solo te necesita para asegurarse de que tu padre le pague sus dichosos millones. »
No era justo. Su vida enclaustrada en semejantes paredes solo para cubrir unos míseros dólares. Su vida reducida a nada. Encargada de pagar una deuda que ni siquiera era suya. Esto no podía ser legal. Hubiera bastado una llamada a la policía para evitarlo. Sin embargo… ¿Cómo? ¿Cómo podria haberle hecho eso a su padre y a su madre? Las personas que la criaron, que le dieron de comer, que la vistieron, que le dieron su amor. ¿Cómo podria haberlos dejado sin nada? Porque si ella no aceptaba… su familia y su legado estarían arruinados. Ya de por si la compañía estaba muy mal. Si ella rechazaba aquel trato y exponía la situación de su padre al mundo nunca más conseguirían a un inversionista, o socio importante. Hubiera estado arrojando a la basura la única oportunidad que tenían sus padres para salir a flote. Y ella no dejaría que se ahogaran.
Respiro profundamente y toco el timbre. Claramente unos guardias aparecieron informándole que al parecer la estaban esperando.
Ella esperaba ver pronto la cara del hombre que le habia arruinado la vida. Pero en todo el dia, aun cuando le indicaron cual era la habitación que ocuparía, ni siquiera a la hora de la comida apareció.
Casi como si no existiera, como si a este lugar le perteneciera a un fantasma.
Ella ya habia visto el rostro de James Campbell en las revistas, fotografías de internet, sin embargo jamás habia tenido la oportunidad de verlo cara a cara.
Elizabeth, sentada al pie de su recién adquirida cama, se aburría muchísimo. Con los pies colgando repaso el discurso que tenia en la mente para aquel hombre en cuanto lo viera a la hora de la cena. Sin embargo sus pensamientos se vieron interrumpidos al sonar de su celular.
Se llevo la mano al bolsillo de su vestido y lo retrajo. Con solo ver el nombre supo quien era, asi que abrió la llamada —¿Ya estas abajo?
—Dijiste que me ayudarías a entregárselo a Sara.
—Lo sé, pero… no es el momento. Ni siquiera conozco mi horario o como será mi vida desde ahora. ¿En que momento se supone que la vea?
—Por favor…— se oyó un ruego del otro lado del teléfono —la amo.
Si. El amor. La carta maestra de Alexander en todo momento.
Ella suspiro — de acuerdo, de acuerdo. Aunque algún dia tendrán que dejar de depender de mi, y ambos tendrán que enfrentarse a sus familias si desean ser felices juntos
—Claro. Una vez amanse una gran fortuna como la de Sara lo haremos—dijo con optimismo, como si fuera una meta muy creíble. Elizabeth lo dudaba bastante.
« Nadie se hace rico de la noche a la mañana » pensó
Cerro el celular y bajo de la cama. Descendió los escalones con poca elegancia debido a la rapidez con la que iba. Como los guardias no dejaron pasar al muchacho, fue ella la que tuvo que salir hasta las enormes puertas de la mansión.
—Asi que ahí estas— murmuro al verlo.
El muchacho sonrió —sabes, para ser una prisionera —murmuro mirando a su alrededor —te dan bastante libertad. Y el hospedaje no esta nada mal.—dijo mirando alrededor
—Supongo que será como hospedarse aquí hasta que el tipo tenga su dinero de vuelta.
—¿Ya sabes que días podrás salir de la mansión?
Ella se encogió de hombros —Aun no. Debe ser un hombre muy ocupado. Pues ni siquiera se ha presentado aún. No hay ni rastros de su presencia.
—Seguro es un hombre rico y gordo.
Ella inclino la cabeza confundida —¿Por qué lo dices?
—Bueno, si tienes dinero, compras mucha comida
Elizabeth le sonríe —¿es lo que tu harías?
—Es lo que todos haríamos —le susurra divertido con la complicidad que trae ser mejores amigos.
Ella vuelve a reír —pues para tu sorpresa, y la mía, —añadió — no lo es. No es gordo.
—Que decepción —dijo —Como sea— entonces el muchacho extendió los brazos dándole la caja de chocolates y las flores —¿me aseguras que llegara a sus manos?
—Se las daré a tu amada y le diré que se los envía su Romeo.
El hizo una mueca de desagrado—No quiero que Sara sea Julieta, la chica no tenía carácter, ni personalidad.
—Estaba atrapada entre lo que creía correcto y su familia —se excusó Elizabeth —No tenia elección...
—Ni personalidad —volvió a añadir Alexander
—Fue un acto valiente —protesto aun tratando de demostrar su punto.
Alexander la miro. Y su corazón se ablando un poco en un gesto de empática. Claro que ella creía eso. Después de todo, estaba sacrificándose a sí misma por amor.
No quería discutir con ella sobre esto. No más de lo que ya lo habían hecho ayer. Asi que mejor decidió preguntar —¿podrás entregárselo?
Ella miro hacia su reloj — la cena es dentro de poco, sí. Me han asegurado que veré al señor Campbell al caer el sol. Le pediré un dia libre y veré a Sara
—Eres la mejor.
—No me alagues falsamente. Solo lo dices porque necesitas este favor.
—Eso es cierto. Pero sigues siendo la mejor —el chico sale corriendo por la acera hasta llegar a la calle del frente, lugar donde se mete en la vieja camioneta y arranca.
Lo ultimo que ve Elizabeth es a la carcacha que llama auto, con la pobre laca que tiene como pintura girar por la esquina.
Ella gira sobre sus talones para internarse de nuevo en la mansión.
Entra por la puerta principal atravesando el vestíbulo y pasando encima de la alfombra. Asi que cuando una voz la detiene llamándola a sus espaldas no espera que sea nadie importante.
—Elizabeth.
Cuando sus ojos mieles giran ven al hombre de traje inmaculado, y rostro indescifrable. Un porte digno de los modelos de revista. Sin embargo, siente el odio que se acumula por dentro. ¿Este era el hombre que estaba chantajeando a su padre?
Se paro. Esperando que el sujeto se acercara.
El sonrió. Si. El tipo tenia hasta el descaro de sonreírle. —Veo que mis empleados te han mostrado tu habitación. He subido a verla, pero me han dicho que has salido brevemente. —mira hacia sus manos dándose cuenta de lo que sostiene, y la sonrisa se le esfuma. ¿Quién le habia dado ese regalo? —asi que, un invitado muy especial aquel.
Elizabeth arruga sus ojos sin entender que insinuaba.
—¿Perdón?
El hombre se acomoda un pequeño botón de su traje cerca de la muñeca —Esta claro que no le han enseñado aun las reglas de la mansión. Supongo que es igual de descuidada, y olvidadiza que su padre.
Ella niega. Pero antes de que el pudiera hablar ella alza su mano en señal de que guarde silencio —No. —dice
Ahora era el turno de James Campbell de estar confundido
—No.—repite ella —Usted y yo sabemos que clase de persona es usted. Oiré sus reglas, claro. Pero no pretenda que me conoce. No le permito que hable sobre mí, o mi padre. O que suponga cosas erróneas. Usted, es un monstruo. —lo miro y sus ojos reflejaron algo que nunca James habia recibido; odio. —No engaña a nadie con ese traje bien vestido, y relojes caros.
James dio un paso hacia atrás. Pero esta vez sacudió la cabeza recomponiéndose —¿y se puede saber porque usted tiene todos esos pensamientos sobre mi? Tampoco me conoce — dice con severidad —¿o es que acaso, la misma persona que le dio ese regalo, se ha ocupado de ensuciar mi nombre?
—No necesito que alguien más me diga lo que yo ya se.
—Señorita Harris, la situación aquí es muy sencilla. Su padre me debe un dinero. Su padre tendrá que pagarlo.
—Mi padre es un buen hombre. El hace lo mejor que puede y...
—No lo es.— su respuesta fue fría y cortante
—El ama a mi madre. Y me ama a mí. Eso es suficiente.
—¿Acaso su lealtad le nubla el buen juicio?
—Nos ama. —repitió ella como si eso significara algo. Como si eso lo significara todo.
James soltó un bufido —¿Amar? No me diga, ¿por eso es que su padre se acostaba con todas esas otras mujeres del club, porque amaba a su madre? ¿Por qué es tan ciega señorita Elizabeth?— inquirió —a mi concepto, la he salvado de vivir en un hogar roto y descuidado. Su padre solo la arrastrara al desastre.
Ella apretó las manos en puños dejando caer casi sin darse cuenta los regalos —¡no sabe lo que dice!
Él se acercó hasta ella, su rostro inclinándose al suyo —Si el la amara tanto como profesa usted. Nunca la hubiera dejado aquí.
—…
—…
Sus ojos mirando los suyos, conectados en ese momento, con un montón de sentimientos encontrados, preguntándose cual de todas esas emociones ganaba más.
Porque, ¿Quién podria cargar todo el peso del mundo sobre sus hombros? Sin duda, ella no