Capítulo 5

1501 Words
Ivette. Maldito sea este internado. Parezco una muñeca que toman y arrastran a su antojo. El profesor Patrick no a dejado de apretar mis brazos. Me lleva a quien sabe donde consiguiendo las miradas tanto de alumnos como profesores. —A partir de hoy voy a domesticarte, purare tu alma hasta que estés limpia. Llegamos a la oficina del director siendo bien recibidos.  Por desgracia, no somos los únicos. La profesora de arte se encuentra sentada en un sofá en frente del director. —Ella será mi esclava— me pone cara a cara con el director. —Haga fila, hay muchas demandas por esta jovencita. —¿A qué se refiere? ¿quién más la reclamó? —Yo lo hice— la profesora se pone de pie sin titubear. Lo que me faltaba, la fetichista de sangre. —Tú tienes muchos esclavos, ella debe ser mía. Debaten por mí sin tomar en consideración lo que pienso. Es como si estuvieran pujando en una subasta por un objeto. La mujer intenta acercarse y por instinto me escondo detrás de Patrick. Ambos me aterran pero si soy sincera, ella me atemoriza peor. Si la sangre le excita es peligrosa. —Muy bien profesores, cuando tome la decisión les comunicare — el director se sienta y los escrutiña con la mirada—. Ahora salgan, debo recibir a mi preciosa Barbie. Procuro mantenerme pegada a Patrick, al menos hasta alejarme de esa loca fanática de vampiros. —Ella será mía— dictamina elevando su voz. Patrick niega, es serio al momento de contestarle. —Eso ya lo veremos— el aire vuelve a mis pulmones cuando la mujer se aleja. Espero que Patrick también lo haga, necesito escapar antes que me den a conocer mi primer y nuevo amo. —No creas que te salvaste. Cometiste un pecado— fija sus orbes celestes en mí—, meterte en la recamara de un hombre como el profesor Kael...— cierra los ojos inhalando el aroma de mi cabello enredado entre su mano, los abre de golpe y tironea acercándome peligrosamente a él. —Mía hasta la muerte y mía luego de la muerte. Estas destinada a mí, pecadora. Besa las hebras oscuras las cuales se deslizan por sus dedos hasta ser liberadas. Su sonrisa incrementa el miedo que le tengo. —Preparate para mí esta noche, bella pecadora. Te garantizo dulces gritos salidos de esos labios tan apetecibles— con su pulgar acaricia mis labios, ese simple acto me eriza la piel. Entro a mi recamara ideando un método y así poder escapar de este infierno. Una monja entra avisando la hora de las duchas. Por fortuna llegué a tiempo. Cada día permiten que nos bañemos durante dos minutos nada más. La hora estipulada es a las seis de la tarde. Me apresuro en entrar echándoles un vistazo a mis dos  compañeras de cuarto. Me meto a la ducha apresurada, en cualquier momento sonará un timbre advirtiendo la finalización de la ducha. Al no sonar sigo recorriendo mi piel con el jabón rosado. Mis compañeras salen y soy la última en quedar disfrutando. Dejo que el agua caiga por mi cuerpo aliviando el estrés de vivir en este internado. —¿Hay alguien ahí?— el sonido de unos pasos me ponen alerta. Estoy segura que Cosette y Zafiro salieron. No recibo respuesta y darme tiempo de salir soy atacada por detrás estrellándome contra la pared. —La perra es dócil— sueltan varias carcajadas, las reconozco de inmediato. Son los perros lame culos de Barbara. —¡Desgraciados! —¡Cierra la maldita boca!— mi atacante emplea más fuerza casi sin dejarme respirar. Baja la cremallera de su pantalón, prosigue con su bóxer hasta dejar su m*****o libre. Frota la v***a en mi trasero con el agua empapandonos. Se deleita junto a sus amigos notando mi desesperación. Tiene el doble de fuerza, de nada sirve moverme y forcejear. Los demás van sacando sus miembros preparados para turnarse apenas acabe el malnacido de ahora. —Voy a follarte como lo mereces, perra. —¡Me la van a pagar hijos de puta! Aprieta mis caderas con la intención de enterrarme su v***a. Me niego a esto, no merezco ser atacada así. Son unos cobardes. —Bravo— aplauden desde el marco de la puerta.  Sonrío por inercia. Dios está de mi lado. El profesor Patrick observa sin inmutarse, los alumnos no saben como reaccionar, si quedarse o irse y es que en este lugar todos tememos incluso a nuestras propias sombras. —Señor...— caigo sentada cuando me sueltan. Es tanta la conmoción que termino llevando mis manos al pecho. —Larguense si no quieren aparecer muertos uno por uno. Escapan en nanosegundos. Por mi parte me quedo sentada por mas desnuda que esté frente al peligroso hombre.  La idea de estar a punto de ser... Ni siquiera puedo completar la palabra. Me sorprendo cuando me carga desnuda entre sus brazos. El cosquilleo no tarda en presentarse por todo mi cuerpo, arrugo la nariz cuando su colonia varonil llega hasta mis fosas nasales. Se inclina depositando mi cuerpo en la cama. Da la media vuelta en busca de una toalla, lo consigue y la trae para secarme. —¿Por qué me ayudaste?— se supone que es un sádico de mierda, una escoria igual o peor que esos niñatos y aún así me salvó. —Nadie mas aparte de mí puede disfrutar de tus dulces gritos— talla mis brazos con la toalla hasta llegar al centro de mi pecho donde lo trata con delicadeza. Pasea por mis senos de forma suave y circular. Contengo un jadeo al repetir la acción. Se dedica a cada parte de mi cuerpo sin dejar de detallar las zonas recorridas. Desciende a mis muslos dándole mayor atención. Centra sus ojos en mi sexo sin pudor alguno. Abro mis piernas reaccionando a su mirada. Deseo mostrarle aquello que quiere ver. Tampoco niego el deseo de tener un poco de atención. Una electricidad corroe mi cuerpo disfrutando esas miradas dirigidas a la zona que palpita cuando pasa los nudillos. Semejante hombre provoca deseos impuros tanto en mente y cuerpo. —Mira nada mas...— hace la toalla a un lado pasando sus pulgares por en mis pliegues. Vuelvo a sentir el cosquilleo anterior y me contraigo. Sonríe sabiendo el efecto de su toque. —Sé lo que deseas pecadora— palmea mi intimidad antes de acariciar mi clítoris, lo hace de tal manera logrando que jadee. Reconozco su poder. De solo imaginar ser embestida por el demonio disfrazado de un profesor amable, me excita. Detiene las caricias y se incorpora. —¿No vas a castigarme?— cuestiono ocultando el enojo.  ¿Cómo va a dejarme con tales ganas? Si se atreve lo voy a... —El mejor castigo es dejarte con las ganas, pecadora. Proceso sus palabras estando a solas. Se fue sonriendo de oreja en oreja, mientras no trago lo maldito hijo de puta que es. ¿Esta es una nueva forma de torturarme? ¿Dónde quedó su sadismo? ¿Qué estoy pensando? Esto es mucho mejor que estar entre sus garras. Debería estar agradecida ¿no? Fue un día duro. Me atacaron en las duchas, los profesores pelean por ser mis amos y la cereza que faltaba, el maldito sádico se atrevió a dejarme con las ganas de... ¡Basta! Quiero alejarme y enrollarme con él no es la manera. Despejo la mente en el comedor. Agradezco la comida depositada en mi bandeja y tomo asiento junto a Ania. —¿Dónde has estado? Te busqué por todo el internado. —Seguramente follaba en las duchas— Barbara se sienta quedando frente mío. Dibuja una sonrisa en sus labios reparando mi expresión. La noticia no le ha llegado, su plan falló. Qué haré con esta perra... Muevo mis manos debajo de la mesa conteniendo las ganas de dejarla calva. —Se los dije, si se queda callada es porque tengo razón. Pierdo la paciencia y tiro toda la comida sosteniendo la bandeja de plata. La uso para golpear la cara de la muy perra. —¡Pelea, pelea, pelea!— exclaman formando un círculo a nuestro alrededor. Barbara se soba la sangre emergida de su diminuta nariz. —Te atreviste a golpearme. —Pues si— contesto jalando de su cabello—. Alguien debía bajarte los humos. Intenta estirar mi cabello dos veces, falla en todo momento. Soy buena esquivando y golpeando. Termino arrojándola al suelo, me le subo arriba y le propino uno que otro golpe. Sus fuerzas se van debilitando y aún así no me detengo. Empiezo a ensuciar mis nudillos con su sangre. Esto no es suficiente, ella se pasó de la raya. —¡Ivette, basta! Nada puede detenerme, estoy cegada por el odio y la ira. Logran detenerme cuando me alzan por el aire ayudando a la perra tirada. Volteo a ver de quien se trata y es...
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