Capítulo 4

1378 Words
Ivette.   —¿Por cuánto tiempo le obligará a estar en esa posición? —Hasta aburrirse. —Eres el novio, ¿no te pone celoso?— Rader deja el pincel y me mira. —Mas que ponerme celoso me entristece. Lo amo, no es fácil para mí ver como lo poseen otros y para él tampoco a de ser agradable. Guardamos silencio al momento que la profesora pasa por nuestro lado estirando consigo la correa que ata a Tomas como un perro. Es inaudito estos tratos. Son unas escorias. —Tú debes ser la nueva— respira a mi lado acomodándose los lentes. —Así es— estuvo concentrada en su esclavo que no se percato de mi presencia, hasta ahora. —¿Puedes levantarte un momento?— estira la correa obligando al rubio acercarse. Empujo mi asiento obedeciendo su orden. Ella toca mis hombros, endereza mi espalda y me olfatea. —Hueles delicioso— esto ya empieza a perturbarme. ¿No me vendrán ahora con que son vampiros o si? —Mi señora, he sido un buen chico— Tomas frota su cabeza en la pierna de ésta, consiguiendo apartarla de mí. Apenas lo conozco, pero ya lo amo. Pasada una hora, la clase finaliza. Van despejando el salón, intento hacer lo mismo, pero la profesora cierra la puerta dejándonos a mi y Tomas con ella. —Tomas, la sagre de la nueva debe ser tan... Excitante.   ¡Que dice esta loca!   —Si mi señora— permite que tironee su cabello como si estuviera en medio de un orgasmo al imaginarse la sangre. —Tomas, ven— desliza la falda de tubo sobre sus piernas, hace lo mismo con su braga exponiendo su intimidad. Él se mueve como un perro quedando entre sus muslos, besa con delicadeza, la trata como una dama aunque no lo merezca. La profesora no me quita la mirada, la sostiene perdida en sus pensamientos. Mueve su mano buscando entre sus cajones, halla una daga la cual usa para crear una herida en el brazo de Tomas. —Tan bella sangre— dice, él no se queja, se baja su pantalón y la penetra cuan animal salvaje. Esta mujer esta desquiciada, lo demuestra al lamer el líquido carmín, lo esparce entre su espalda y todo sin dejar de contemplar mis muecas. Incluso degusta la sangre lamiéndolo a su antojo. El olor a sexo se instala por el reducido salón mientras mi compañero la embiste por última vez. Al fin, no veía la hora de salir corriendo. —Pedire educarte— me habla subiéndose la falda una vez terminan. —Paso— declino su oferta—. Vuelva a ofrecerme en otra vida. El rechazo no le sienta para nada bien. Demuestra su descontento golpeando al sumiso como le place. —¡Tú no eliges, ni tampoco él!— entierra sus uñas en el hombro volviendo a disfrutar la sangre que emana—, pecadores, ustedes solo deben aceptar todo para ser salvados. Mancha sus dedos y se los lleva a la boca chupandolos sin dejar rastro del líquido. —Retirense, pecadores. Entrelazo mi brazo con el suyo y escapamos de la lunática. —Esa vieja es una loca. De verdad me sorprenden cada día más. —Ve haciéndote la idea de que aquí todos tienen fetiches extraños— avisa—. El de ella es Hematofilia. —¿Hemato qué? Suelta un suspiro corto sonriendo de lado. —Hematofilia es cuando una persona se excita con la sangre a tal punto de usarla o incluso beberla a la hora de tener relaciones sexuales— explica mientras voy abriendo mi boca—. Es real, no conozco a muchos con ese fetiche, pero en lo personal a mi no me gusta. —No sé que decir...— mi mente queda en blanco procesando lo que aprendí. Si ella tiene ese extraño fetiche, no quiero ni imaginarme el de los demás. —¿Cuánto tiempo llevas soportando esto?— indago antes de volver con el grupo. Me he quejado de aguantar a tres psicópatas durante estos días sin saber lo duro que fue para mis compañeros. Las respuestas tendrán que ser pospuestas. Rader se tira a los brazos de su novio para fundirse un lento beso. Debe ser una tortura para ambos. —Debemos escapar, yo digo que...— vislumbro al profesor Patrick con una sonrisa de oreja en oreja. Pienso en sus palabras, en lo perturbada que quedó Amanda haciendo que se suicide. Ese hombre, no, me retracto, ese demonio es peligroso. Si quiero continuar viva lo mejor es evitarlo a toda costa. —Los veo luego— me despido buscando un lugar donde esconderme. Recorro los pasillos, volteo de vez en cuando rogando no ser seguida, pero si lo soy. Él me acecha y lo peor es que no lo disimula. Planea algo, lo sé. Entro a la puerta que atraviesa mi campo de visión y la cierro con seguro. Por debajo veo la sombra que se cierne afuera. Se va y vuelve, lo hace durante unos segundos eternos. Respiro entrecortada observando mi entorno, deduzco que es una recamara. Me adentro llevándome una sorpresa volcando mi corazón. El cuerpo de un hombre desnudo y de espaldas regala a mi vista la mejor escena. Siento un cosquilleo debajo de mi falda, mi pecho retumba y un calor se me sube cuando aquel hombre seca su cabello mojado. Tiene un trasero espectacular, diría que es el trasero del pueblo. Como se le marca, presenciar sus músculos tensarse con cada movimiento y... —¿Seguiras espiando?— suena una voz gruesa. Proviene del hombre. No respondo y es entonces cuando gira todo el cuerpo sin dejar de secarse. —Profesor...— reconozco al hombre que me deja botando saliva por el piso. Es quien enseña psicología, el maldito infeliz que nos castigo es del trasero espectacular. —¿Vas a explicarme la razón de tu invasión? Las palabras no me salen, quisiera verlo a los ojos pero estoy mas concentrada en la erección en su entre pierna. Fue entonces cuando sentí el olor a jabón a un centímetro de distancia. Se había acercado y no le aparte los ojos de su m*****o. —Te han golpeado fuerte, si no, no encuentro una explicación a tu atrevimiento— me arrincona, mi espalda se pega a la pared y en nada quedo como una hormiga diminuta bajo el diabólico y tentador hombre. Pone sus brazos a cada lado de mi cabeza. La cercanía me pone mas nerviosa de lo que estaba. Temo bajar la mirada de nuevo y ver el falo creciente que me hace babear. Sé que si bajo la mirada caeré ante sus encantos. Quien sabe si ya no lo hice. —Estas invadiendo mi espacio personal— sonrío coqueta colocando mi mano en su pecho. —Un poco irónico viniendo de la pervertida que se escabulle en mi habitación a fisgonear— devuelve la sonrisa—. Dime, ¿ibas por mi ropa interior? Eso hacen las pervertidas, ¿no?   —Bien sûr, j'allais me masturber avec eux.   «Por supuesto, iba a masturbarme con ellas»ellas»   Se aleja de mí hundiendo su cama al sentarse. Que siga desnudo sin taparse provoca un fuerte deseo de...   —Fais-le, je veux voir comment tu te touches en pensant à moi— lanza su bóxer a mis pies cruzándose de brazos.   «Hazlo, quiero ver como te tocas pensando en mí»   —Estas jugando...   —Nunca juego, pecadora. Además acepté tu propuesta. Hazlo delante de mí, quiero verte— se relame sus labios. —¡Estas loco como todos en este lugar de mierda!— sostengo el bóxer dispuesta a lanzárselo hasta que... —Pecadora, te encontré— canturrean a mis espaldas. Patrick no hizo ni el mas mínimo ruido al entrar. Escondo el bóxer dentro de mi vestido antes que se me acerque. —Pecadora, ¿cómo pudiste meterte en la habitación de un hombre?— aprieta mis brazos oscureciendo su mirada. —Son un dolor de huevos. Hagan mierdas en otro lugar, de preferencia lejos de aquí. —Gracias colega— va empujándome hacia afuera—, ten por seguro que será castigada la pecadora. Si quieres puedo grabar el momento de sus dulces gritos, te encantarán.
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