Ivette.
Tengo las ideas revueltas que me sirven para plasmarlas con el pincel, uso los colores rojo y n***o, hago líneas y los mezclo pasándolo. Ni siquiera se lo que hago, solo dejo fluir las ideas creyéndome Picasso.
—Me gusta, me recuerdas a los niños que dibujan cosas paranormales en las películas de terror— Tomas se sentó a mi lado, sorprende que la profesora no lo tenga atado como un perro.
Los colores que escogió fueron azul y rosa, y en el papel los usa haciendo un paisaje maravilloso, tiene el talento para ser un pintor, lo hace muy bien.
—A tu novio no le gustara saber que me estas hablando— lo molesto soltando una risa, él niega centrándose en su pintura.
—Ya hablamos, no tiene nada en tu contra, solo…— toma tiempo pensando que decir—. Solo tiene miedo. Es el hijo del director y…
—¿¡Hijo del director!?— me sobresalto con torpeza, todo cae al mismo tiempo que me incorporo y vuelvo a sentar.
—Haz silencio, no seas dramática— sus ojos buscan a su novio, aparentemente, Rader no me oyó cuando me sorprendí—, él no es como su padre, eso le molesta.
—Un padre trae a su propio hijo a este lugar, no tiene corazón— me desconcierta las decisiones de las personas que habitan este recóndito pueblo de Los Ángeles.
—A mi no me sorprende, su hijo es gay y pensó que si lo metía en un lugar donde podría tener a la mujer que deseara cambiaría de gustos, pero falló. Desde que Rader entro al internado, se ha acostado con innumerables chicos y profesores, reafirmando lo que le gusta.
—Pero si su padre no lo acepta a ti tampoco— asiente ante mi incertidumbre— ¿Y entonces porqué no ha hecho nada para separarlos?
—Bárbara— dice, su hermana es la que impide que lo dañen. Al menos en eso si es buena.
Dejamos a mitad de conversación cuando la profesora avanza varios puestos hasta nosotros analizando nuestras pinturas. Abre con sorpresa viendo la tonalidad del mío, tengo entendido que es fanática de la sangre, el rojo seguramente es su color favorito.
Va por el de Tomas, ella medio inclina la cabeza y besa a mi amigo, él corresponde y escucho los sonidos exagerados que salen de sus bocas. Ella me mira mientras lo besa, es una descarada.
Noto como el amigo de Tomas crece apretando su pantalón. No le desagrada del todo la mujer.
—Delicioso— susurra la mujer de lentes cuando se separan. Sigue perdida, muerde el labio inferior hasta que brota una pequeña gota de sangre, lame despavorida y vuelve a entrelazar sus labios.
Suena la campana siendo mi salvavidas de nuevo antes de que la lunática vuelva a su papel.
Las clases siguientes son igual de aburridas, cada una peor que la anterior, las horas transcurren lentamente en este frío lugar.
Ansío un poco de acción, salir de fiesta o algo parecido. Necesito distraerme y en el internado no se puede, menos si no tienes un aparato electrónico que te conecte al exterior. Sigo esperando el celular que Patrick me compraría.
Contemplo como el sol se esconde desde el jardín, el atardecer es bellísimo, el cielo parece pincelado de un color anaranjado, uno podría tener una cita con esta vista, pero aquí son pocos los que cuentan con la suerte de tener a alguien en sus vidas y en su corazón.
Doy la vuelta para irme a la recamara y me encuentro con Kael asomándose. Me parece que es mejor conversar en el jardín y no en la recamara.
La forma en como camina sin poder disimular el bulto me sonroja. Semejante hombre es mi amo.
Todavía no cuento con la suerte de probarlo, de tener su cuerpo pegado al mío, penetrándome duro, sin piedad. Ay virgen santa, te pido perdón por tales pensamientos impuros.
—Hola— saluda y me deja sin responder al besarme con vehemencia. Sus labios presionaron los míos con tal ímpetu, dominaba el beso y se lo permitía por el simple hecho de darle vida al hormigueo que se cala por todo mi cuerpo, en cada esquina.
Tengo sus manos puestas en mi trasero, acaricia suavemente y los aprieta como si fuera un juguete de plástico. Me encanta la presión que hace, en como su aliento roza mi cuello provocando escalofríos emocionantes.
—Tengo algo para ti— rompe la conexión de nuestro beso, rebusca algo dentro de su camisa oscura y me revela una caja más grande que la palma de mi mano.
—¿Es lo que creo que es?— me emociono de solo pensarlo, no me importa si fue intuición o estuvo espiando, quiero comer a este hombre si se trata de eso.
—Averígualo— cruza sus brazos y su sonrisa arrogante lo delata.
¡Es un celular enorme!
Todo está resultando ser demasiado perfecto, me asusta, pero borro esa negativa, no todo lo malo va a ocurrirme. Esto me está pasando a mí.
—¡Gracias, gracias, gracias!— salto a sus brazos rozando mi rodilla en su entrepierna, jadea con mi movimiento.
—Nada de gracias— me acorrala contra el árbol al que suelo sentarme con mis amigos y respira por mi nuca— Dame una buena follada si quieres mantenerlo.
Sube mi falda buscando mi tanga roja, toca la superficie con suavidad y de mis labios se escapa un suspiro cargado de placer.
Tener sus pulgares apreciando mi sexo sobre la tela me vuelve loca.
—Ya estas húmeda y apenas te he tocado…— no llega a quitarme nada, mete sus dedos dentro de mi tanga llegando al botón caótico que me hace jadear. Desliza sus dedos apreciando mis ojos en todo momento. Los cierro y abro perdida en los movimientos audaces que van complaciéndome.
Me aferro a sus hombros y me remuevo para que me empale con aquellos pulgares que disfrutan mi humedad.
Estamos en el jardín, contra el árbol donde varios estudiantes vienen a descansar y nosotros lo usamos para complacernos.
—Más…— ruego queriendo que se meta con profundidad, no me basta que sepa atender mi estrecho espacio, necesito su v***a dentro mío antes de que me vuelva loca.
Con su mano libre me abre la boca y me besa, humedece mis labios con su lengua invadiendo mi cavidad bucal. Los pulgares se siguen moviendo en mi interior al igual él sigue besándome. Desliza su mano hacia mi cuello y lo aprieta suavemente echando mi cabeza atrás.
—Voy a follarte en este lugar te guste o no— advierte chupeteando mi cuello. Saca su mano debajo de mi falda y se lleva los dedos a su boca probando los jugos liberados por mi parte.
—Si, quiero…— articulo, verlo probarme hace que mueva mis manos buscando el cierre de su pantalón hasta bajarlo y liberar su v***a, necesito que me folle a como de lugar.
Logro bajar el cierre y queda la tela fina de su ropa interior, esa misma no logra esconder lo excitado que se puso. Su v***a me hace relamer mis labios secos de pronto. No llego a quitarle porque él decide sacarme la braga y dejarla a un lado.
Esperaba probar el sabor del falo que sobresale, pero su impaciencia se nota al momento de subirme nuevamente la falda y apuntar su v***a en el centro de mi sexo.
La respiración me falla, no lo tengo dentro pero estoy en cortocircuito.
Me lo mete lentamente y me veo aferrada a su espalda conteniendo un chillido por el grosor de este.
—¡Oh Dios!— exclamo con la saliva escurriéndose de mi boca, esto es… maravilloso.
—Sale pécheur— dice en francés.
«sucia pecadora»
Sincroniza la velocidad de sus estocadas y a diferencia de Patrick, no espera a que me adapte. Me lo mete salvajemente, cada vez peor cuando la saca y vuelve a introducir. Empala todo mi interior chocando nuestras pelvis, sus movimientos son calientes y vividos. Nuestros cuerpos hacen ruido y mi cuerpo es empujando al árbol cada vez más fuerte con sus penetraciones. Usa toda su fuerza que hasta caen algunas hojas al moverse las ramas.
—¡Si, así, así!— pido como toda una adicta al sexo—, joder…
—Je vais te baiser jusqu’à ce que tu tombes— usa el francés, muerde mi labio y sigue—, Je t’empale jusqu’à ce que tu supplies d’aarrêter
Esas últimas palabras perforan mis oídos como una suave melodía, el venir del orgasmo se aproxima, sus músculos se tensan, se transforma en el demonio que es y con una última estocada, liberamos nuestros jugos calientes.
No hay un beso tierno o una actitud romántica. Se acomoda la v***a y la mete dentro de su pantalón. Acomoda su cabello y se frota la frente.
—¿Tomas anticonceptivos?— pregunta de la nada.
—No, pero mañana voy a la enfermería, también puedes ser un caballero e ir conmigo, si quieres— me pongo la tanga roja nuevamente y arreglo la falda de mi vestido.
—Ni soy caballero ni tampoco quiero ir contigo. Solo procura tomar anticonceptivos, no quiero un bebé.
—Tranquilo que nadie quiere eso. Si tengo un hijo no será en este lugar— reviso el obsequio que me ha dado descubriendo un número no registrado en los contactos.
—Puedes a gendarme como quieras, cuando te escriba me respondes, ¿entendido?
Asiento.
—Bien, me iré primero.
Lo veo alejarse con el traje bien arreglado, parece un CEO.
No voy a la recamara por el momento, me apresuro a textear un mensaje al número que memoricé.
Le doy a enviar y no se tarda en responder. Leo el mensaje y lo eliminó por si acaso.
—Al final si viniste— Patrick aparece con los ojos iluminados, en sus manos sostiene una bolsa y supongo que tiene lo que pedí. Pero es tarde.
—Estoy cansada, ¿podemos hablar luego?
—Ten, para que no digas que tu amo no cumple su trabajo— me entrega la bolsa y no me queda otra que esconder el que me ha regalado Kael.
Percibo una mirada curiosa a lo lejos, de la rubia que conocí hace poco. Cada vez que me la encuentro me siento extraña…