Capítulo 8

1713 Words
Ivette.   —Si, así— muerdo mis labios por miedo a gemir y despertar a mis compañeras. El profesor es experto a la hora de complacer a una mujer, creí que sería un psicópata con fetiches extraños, pero es todo lo contrario. Si, tuvimos sexo salvaje, se comportó como un animal, pero nada fuera de lo normal, algo que me haga gritar del horror. —Vamos, vente para mí, pecadora— renueva la velocidad y sin soportarlo aprieto su mano como si pudiera empalarme con sus dedos todo mi interior. Me remuevo guiando las penetraciones y él lo pasa por alto. Estoy desesperada, ansío recibir más de lo que pueda darme. Llego al clímax, empapo sus dedos con mis jugos y vuelve a disfrutarlos como si se tratase de un manjar. Tengo ganas de voltear, pero la presión de su falo sobre mis glúteos me hace dudar. ¡Soy una pecadora de alto nivel! Quiero hacer cosas que no debería, mucho menos con este hombre. —Aún no recibes un castigo apropiado, pecadora. —Voy a esperarlo con ansias entonces— echo mi culo para atrás refregando contra su erección, lo escucho tragar saliva y eso me motiva para seguir moviéndome. Aprieta mis glúteos con tal de que no me mueva, termina arriba mío posicionando ambos brazos a un costado de mi cabeza. Baja mi short junto a la tanga blanca que lo hace pasar la lengua humectando sus labios de forma sensual, respiro hondo calmando los nervios. Mis compañeras están a pocos metros, este hombre no es suave, por ende, me es imposible ser silenciosa teniendo semejante animal sobre mí. —Tendremos una palabra clave por si no aguantas— reluce un rosario de su bolsillo, me lo pone en el cuello y reconozco tal accesorio. Era de Amanda. —Me voy a sacar esta mierda, de hecho, también deberías irte a la mierda, ¡maldito asesino! Posa su dedo índice en mis labios. —Si te soy sincero, no ocurrió nada. Esa pecadora me aburrió apenas la saque de la habitación y todo gracias a ti. —¿Me vas a decir que no estas relacionado con el homicidio?— cuestiono presionando su glande contra mi pelvis, mis piernas reaccionaron por si solas al momento de apresarlo. —Exacto, si quieres creerme o no, me da igual— me levanta con rudeza volteando mi cuerpo, quedo en cuatro con su falo pegado a mi culo. No me gusta la postura, nunca experimente el sexo anal, tampoco me parece el momento adecuado, pero sigo estática, no reacciono. El morbo es tanto que la electricidad resurge en mi cuerpo reafirmando lo mucho que quiero ser poseída por el profesor. Antes lo detestaba, decía que no sería como los demás y aquí estoy, restregando mi culo, mermando las ganas que no se van. —Si no te gusta o te desagrada, me dices la palabra clave— acomoda el glande por la entrada trasera, quedo en cuatro disfrutando como una de sus manos pellizca mis aureolas antes de iniciar. —¿Cuál es la palabra clave?— la voz me sale entrecortada. —Blanco. Me importa un bledo si nos ven o escuchan, estoy perdida, hipnotizada con cada toque. Su otra mano aprieta el rosario de mi cuello y sin precio aviso, me lo mete todo de una. —Espera…— los ojos me pican por el dolor trasero, su polla se queda quieta esperando que me acostumbre. Debo aguantar las ganas de lloriquear, soy fuerte y puedo con esto. Solo es cuestión de adaptarme. —Hazlo. Le cuesta embestirme lento, su polla me empala todo el interior, se mueve suavemente recorriendo el espacio invadido. Saca y lo vuelve a meter acelerando las embestidas. No duele como antes, en unos minutos pase de sentir dolor a querer que sea más rudo. Aprieta el rosario en mi cuello mientras me somete, el aire me falta, pero la adrenalina no me deja analizar la situación. Me pierdo en sus penetraciones, en como jala del rosario dificultando el paso del aire. A pesar de aquello, gimo como loca. —¡Más!— recibo su salvajismo, aprieta cada vez más fuerte el rosario y nuestros cuerpos chocando resuena en la alcoba. Siento como se le hincha el falo en cada embestida. —Estas tan estrecha, maldición— parecemos dos actores porno. Muerde mi cuello y lo lame, su mano se enreda con el rosario y me asfixia. Debería acabar con esto, si continúa puedo perder la consciencia en pleno acto, pero no puedo irrumpir esta delicia. Muerde el rosario, mi cuello y hace una maniobra para guiar su mano libre a mi vientre, sigue el recorrido hasta llegar a mi clítoris y lo acaricia. —¡Mierda, si! Definitivamente perdí la compostura. Esto es tan morboso que siento vergüenza de mí misma. Disfrutar su penetración anal, su asfixia con el extraño rosario, su follada en mi v****a, sin mencionar los gemidos acompañados de gritos rogando más, me convierte en una verdadera pecadora. Parpadeo exigiendo a mi subconsciente que se aguante hasta el orgasmo, lo siento tan cerca que… Volteo la cabeza cuando oigo un jadeo suave tres camas adelante. Zafiro y su hermana se están masturbando con nuestro morbo. —¡Blanco!— digo agitada, pero no se detiene, sigue y sigue. Me tenso, el orgasmo se vuelve lejano y el aire me falta con la presión del rosario—, ¡Blanco! El profesor saca apresurado su polla y repara mi rostro. Estoy aturdida, me cuesta respirar y eso no borra el gusto amargo de no haber llegado al orgasmo como quería. Mis compañeras se tapan fingiendo estar dormidas. Patrick toca mi frente, revisa mi pulso tenso. Su frente está cubierta con una capa de sudor. Me distraigo fijándome en la erección que aún no se ha ido. —¿Cuántos dedos ves?— enseña tres dedos. —Ocho— su rostro se desfigura, estuvo a punto de correr si no fuera por mi sonrisa burlona—. Solo bromeaba, no estoy ciega, eran tres. —¿Te crees chistosa?— esconde su m*****o y se aleja en dirección a la puerta. Quedamos prendidos, con ganas de más, pero sabemos que no se puede. Aprovecho el resto de la noche para reflexionar acerca de mi comportamiento. ¿Pude haber muerto asfixiada si no llegaba al orgasmo? Preguntas pospuestas para el día siguiente. Mi cuerpo pasa facturas, no soy de plástico.   Al día siguiente...   Despierto una vez la monja se hace presente haciendo sonar un silbato. Me cuesta abrir mis párpados y acostumbrarme a la luz solar que se filtra desde los ventanales. Mis compañeras de cuarto desvían la mirada evadiendo enfrentarme. Seguramente están avergonzadas. Yo no. —¿Puedo bañarme?— le pregunto a la monja, ella me repara frunciendo sus labios. —Las duchas están disponibles a las seis de la tarde para las alumnas 0. —Entiendo, pero si usted comprendiera… Callo cuando su mano impacta en mi mejilla dejando un ardor en dicha zona. —¡No seas maleducada!— acomoda sus gafas y extiende su mano para que la bese—, ¿qué esperas? Muerdo mi lengua antes de insultarle y beso los nudillos arrugados. —Ahora ponte el uniforme, no tenemos todo el día— sonríe victoriosa esperando que lo haga. Desvisto mi cuerpo y me pongo por encima de mis brazos el uniforme. Reviso como me queda frente al espejo y admiro mi propia belleza. El cabello azabache brilla con intensidad, si lo tocas uno nota lo sedoso que es. El vestido n***o combina perfectamente, aunque sea tonos sombríos y aburridos. Salimos de la alcoba, nos deja fuera del salón y se va. Tomo una bocanada de aire descubriendo nuestra primera clase del día, Literatura. Primero entran mis compañeras, luego sigo yo. Camino a pasos perezosos, el cuerpo me duele, me encuentro débil, pero eso no evita que resurja el calor inexplicable al ver a Patrick de pie escribiendo algo en la pizarra. Sus ojos me buscan y de inmediato observo como sufre una erección al verme. Es delicioso ser testigo de como se le para sin tener contacto piel a piel. Si hay algo que me vuelve loca de los hombres, es ver como sus pollas presionan el pantalón hasta el punto de lastimarlos. —¿Qué espera para entrar?— se sienta en su escritorio ocultando la delicia entre sus piernas. Me apresuro tomando asiento al lado de Joep, quien no se molesta en mirarme. La clase transcurre lento, de vez en cuando cruzo miradas con el profesor y cuando eso sucede, siento un hormigueo bajo mi falda. El timbre me hace volver a la realidad, no presté atención a la clase, estaba demasiado ocupada recordando el sexo que tuve con el profesor y lanzando miradas cómplices. —Ivette, que gusto verte— Ania se acerca a besar al castaño y me dedica una sonrisa cálida. —Igual— le devuelvo el gesto. Abandonamos el salón y cierto hombre sigue cada uno de mis movimientos antes de hacerlo. Nos encontramos en el jardín con Tomas y su novio Rader quienes nos saludan con abrazos y besos. Reposamos bajo el árbol hablando trivialidades. —¿Y tú que opinas Ivette?— Tomas agita su mano en mi cara—. Holaa, tierra llamando a Ivette. —Si. —¿Si qué?— se ríe por mi ridícula e incoherente respuesta— Ya di me que te ocurre, preocupas. —¿Si te cuento algo prometes guardar el secreto?. Asiente emocionado. Todos nos emocionamos al momento de oír un secreto, y el que tengo es un tesoro para cualquiera. Le cuento mi experiencia con el profesor, termino y se frota el mentón pensativo. —Escuché rumores sobre su fetiche— revela—. Se llama Hierofilia. Si quieres mi opinión, es un tanto excitante y obviamente morboso. —Ahora explícate. —Es cuando se excitan con asuntos religiosos, suelen usar elementos como rosarios, cruces o incluso biblias en el acto s****l. También fantasean practicando el sexo en lugares como capillas, ya sabes. —¿Y de dónde escuchaste esos rumores?— me acerco para evitar que otros nos escuchen, no necesito rumores sobre mí y el profesor.    
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