**ALONDRA** Desperté con la sensación de haber estado flotando en una nube hecha de terciopelo y estrellas, como si el sueño hubiera sido un refugio sagrado, una pausa perfecta en el caos constante de la vida. El calor de su cuerpo aún estaba grabado en mi piel como una marca invisible, y el aroma de la noche — esa mezcla embriagante de deseo cumplido, risas compartidas y susurros que solo nosotros entendíamos— seguía impregnado en las sábanas como un perfume que no quería abandonar. Pero la realidad no espera a nadie, ni siquiera a los enamorados que construyen castillos en el aire. Mientras el auto avanzaba por la carretera con ese ronroneo suave del motor mezclándose con alguna canción que sonaba bajito en la radio, con el sol ya alto pintando todo de dorado, sentí cómo el hechizo

