Capítulo 8 — La grieta que se abre

2027 Words
Bruna No supe cuánto tiempo estuve allí, con la frente apoyada en el tronco del árbol, las manos heladas y las lágrimas mezclándose con el aire frío hasta quemarme la piel. El patio estaba silencioso, salvo por el crujir de la nieve bajo mis botas cuando cambiaba de peso de un pie al otro, tratando de mantenerme en pie como si eso sirviera de algo. En un momento, sentí algo que no era viento. Una presencia detrás de mí. Un cambio en el aire, una carga distinta. Mi primer pensamiento fue irracional, casi infantil. Quise que fuera Cole. Por un segundo, me permití imaginarlo acercándose, su abrigo rozándome la espalda, su mano grande y cálida apoyándose en mi hombro, la misma que había descansado en mi rodilla bajo la mesa como un ancla. Imaginé su voz grave diciéndome algo que no arreglaría nada, pero haría que doliera menos. No sabía qué esperaba exactamente, pero sí sabía que, si era él, me iba a quebrar por completo. Respiré hondo, tratando de recomponerme antes de girar. Y cuando lo hice, no era Cole. Era Aaron. Se acercó sin decir nada. Me miró con esa expresión de hermano mayor que siempre mezcla preocupación con culpa, como si cualquier cosa que me pasara fuera, en parte, responsabilidad suya. Y, antes de que pudiera reaccionar, me rodeó con los brazos. Me abrazó con fuerza, como cuando éramos niños y yo llegaba llorando a su cama después de una pesadilla. El problema fue que, casi en el mismo segundo en que sentí sus brazos alrededor de mí… dejé de llorar. No porque me consolara. Sino porque algo se cerró por dentro. La tristeza se recogió en algún rincón más hondo y dejó espacio a otra cosa: una mezcla incómoda de enojo y hartazgo. Era como si ese abrazo, que en otro momento habría sido refugio, ahora fuera un recordatorio de todo lo que estaba roto entre nosotros. —Está bien, Bru —murmuró contra mi cabello—. Estoy aquí. No llores. Me separé un poco, lo suficiente para poder mirarlo a los ojos. —No me digas que no llore —respondí, con la voz áspera—. Y no me abraces como si… como si esto arreglara algo. Sus cejas se juntaron. No se dio por aludido al principio. —Solo quiero ayudarte —dijo—. Estás mal, es obvio. No vas a poder con todo tú sola. La palabra “ayudarte” me cayó pesada. Y “no vas a poder sola” fue el empujón final. —No necesito tu condescendencia, Aaron —solté, apartándome de su alcance—. Ni tus diagnósticos sobre lo que puedo o no puedo. Él parpadeó, sorprendido, como si no esperara esa respuesta de mí. —¿Condescendencia? —repitió, dolido—. ¿Tú crees que esto es condescendencia? Soy tu hermano, Bruna. ¿Qué quieres que haga? ¿Que me quede sentado mientras estás destrozada? Sentí que algo se encendía en mi pecho. Una chispa que llevaba demasiado tiempo esperando oxígeno. —Lo que quiero —dije despacio— es que dejes de tratarme como si fuera un problema que se te tiró encima. Como si cada vez que aparezco fuera un inconveniente que tienes que gestionar. He vivido sin ustedes los últimos siete años de mi vida… Aaron negó con la cabeza, molesto. —Eso no es justo. —¿No? —repliqué—. ¿Entonces qué soy, Aaron? Porque para mamá soy una decepción ambulante, y para tu novia soy un proyecto de fracaso al que la familia rescata cuando se le acaba el dinero. Se quedó helado. —¿Qué te dijo Chelsea? Reí sin humor. —No te preocupes, nada que no hayas dicho tú antes, al parecer. Que soy la que “va y viene”, la que “reaparece cuando las cosas se complican”. Que cuando necesito dinero me acuerdo de que tengo familia. Vi cómo la culpa le cruzaba el rostro, rápida, brutal, antes de que pudiera controlarla. Entonces supe que no me lo estaba inventando. Lo había dicho. A alguien. A ella. —Bru, yo… —se pasó una mano por la cara, frustrado—. No fue así. —¿No? —pregunté—. ¿No fuiste tú quien dijo que yo siempre vuelvo cuando necesito algo? ¿Que desaparezco cuando se arreglan las cosas? ¿Que vivo como… —aparté la mirada hacia la nieve— …una desamparada que vaga por ahí? —Nunca te dije desamparada —replicó, herido—. Y tú lo sabes. —No hace falta la palabra exacta para entender la idea —contesté—. Y sabes qué es lo peor, Aaron? Que ni siquiera tienes los datos correctos para juzgarme. Él me sostuvo la mirada, respirando con dificultad. —¿Y qué datos son esos, Bruna? Porque desde que papá murió, yo me quedé aquí. Me encargué de la casa, de mamá, de los papeles, de la tienda, de todo. Y tú… tú te fuiste. Literalmente hiciste las maletas y tomaste el primer avión que encontraste. No estuviste en nada. Te desapareciste justo cuando más te necesitaba. Sus palabras me atravesaron con la precisión de un bisturí. —No me digas que no te necesitaba —continuó, y su voz se quebró apenas—. Perdí a papá igual que tú. Pero alguien tenía que quedarse. Sentí un nudo en la garganta. No porque tuviera razón, sino porque había demasiada verdad mezclada con demasiada injusticia. —Nunca dije que tu dolor fuera menor que el mío —respondí, esforzándome por hablar sin gritar—. Nunca dije que no hicieras más cosas que yo. Por supuesto que te quedaste al mando. Siempre fuiste el responsable, el que organizaba todo, el que resolvía. Yo nunca encajé en ese papel y lo sabes. Pero irme no fue un capricho, Aaron. Él bufó. —Ah, ¿no? Porque desde aquí se vio así. Te fuiste a “buscarte la vida”, mientras yo levantaba lo que quedaba de la nuestra. Inspiré hondo, sintiendo cómo la rabia subía a la superficie. —¿Quieres hablar de “la vida”? Hablemos. De lo que ha pasado en mi vida en esos siete años. Yo no me fui a vivir debajo de un puente con una mochila y un sueño. Observé el leve gesto de su ceja y la forma en que su mirada se quedaba en mí, fija, expectante. Supe que era el momento de hablar. —Tengo un trabajo estable, Aaron. En la revista más importante del Estado. Tengo un cargo fijo, un muy buen sueldo, un departamento pagando alquiler sin retrasos. No soy una adolescente impulsiva que decidió irse por un berrinche. Él frunció el ceño, confundido. —Yo… no sabía que era tan serio. —Claro que no lo sabías —contesté—. Porque nunca preguntaste. Asumiste. Te quedaste con la versión cómoda: “mi hermana se fue y me dejó solo con todo”. Y cada vez que te dije que no quería el dinero de papá, que podías usarlo para tu tienda, hiciste lo contrario y ahora te sientes héroe por “juntarme” lo que supuestamente me corresponde. Su rostro cambió por completo. —Eso no es justo. Ese dinero es tu herencia, Bru. Papá lo dejó para los dos. —Y tú lo usaste para abrir tu negocio —dije, sin suavizar—. Lo cual me parece perfecto, por cierto. Nunca te reclamé eso. Te dije mil veces que no me interesaba ese dinero. Que lo invirtieras. Que hicieras algo por ti. Pero en vez de aceptar eso, decidiste sentarte todos los meses a juntar una parte para dármela como si estuvieras rescatando a la pobre hermana bohemia que no sabe manejar su vida. Aaron me miró como si estuviera hablando en otro idioma. —Solo quería ser justo —dijo en voz baja—. Que tuvieras lo que papá quería que tuvieras. —Y en el proceso, me convertiste en un caso de beneficencia del que hablar con tu novia —rematé—. “Bruna vuelve cuando necesita dinero”. Dime, ¿eso también es parte de la justicia, cuando no he tocado un peso y no me habías visto en los últimos siete años? El silencio que siguió fue pesado, incómodo. La nieve seguía cayendo, los copos se posaban en su cabello, en mi abrigo, en nuestras palabras no dichas. —No sabía que tenías un puesto tan importante —admitió por fin, con honestidad dolorosa—. Siempre hablabas de artículos, de proyectos, de números de revista, pero pensé que era algo… eventual. No creí que… —Claro que no creíste —lo interrumpí con suavidad cansada—. Porque en tu cabeza sigo siendo la misma chica que lloraba por los exámenes de matemáticas y pintaba paredes. No te diste el trabajo de conocer quién soy ahora. Y está bien, supongo. Pero no vengas a decir que me rescatas cuando ni siquiera sabes de qué. Aaron bajó la mirada hacia sus manos. —Te extrañé —murmuró, tan bajo que casi no lo escuché—. No solo como hermana. Como… como apoyo. Y cuando te fuiste, pensé que te elegías a ti por encima de todos nosotros. No supe cómo perdonarlo. Eso me pinchó en un lugar que creía clausurado. —Yo no me elegí —respondí—. Me fui porque no podía respirar aquí. Mamá no me miraba sin que se le endureciera la cara. Tú estabas con la mirada fija en papeles, en deudas, en la tienda. Cada rincón de esta casa olía a papá y a lo que ya no teníamos. Mi opción era irme o quebrarme del todo. Lo miré a los ojos. —Y ahora vuelvo… sí, en Navidad, qué cliché —añadí, con amargura—. Pero no para pedirte dinero, Aaron. Volví porque mi relación se fue a la mierda y no tenía dónde caer sin hacer ruido. Porque pensé que, al menos, aquí no iba a sentirme tan desechable. —¿Tenías un novio...? Aaron abrió la boca para agregar algo más, pero la cerró. Sus hombros se hundieron. —No te veo como desechable —dijo al fin—. Te veo como… —buscó la palabra— …complicada. Difícil de seguir. Pero nunca como algo que se tira. El problema era que, aunque quisiera creerle, las acciones pesaban más que las palabras. Sentí el agotamiento caer sobre mí como una manta húmeda. —No quiero seguir discutiendo —dije, dando un paso hacia la puerta trasera—. No esta noche... de verdad ya no puedo. Él asintió, derrotado. —Está bien. —Y no necesito que me abraces cuando lloro —añadí, sin mirarlo—. Lo que necesito es que escuches antes de decidir quién soy y que dejes de dar versiones de mí. No esperé respuesta. Entré en la casa, crucé la cocina sin mirar a Marianne ni a Chelsea, si es que seguían allí, y bajé las escaleras hacia el sótano como quien desciende a un refugio improvisado. Mi “nueva” habitación me recibió con el mismo olor a polvo y madera. Cerré la puerta con más cuidado del que tenía ganas, me dejé caer en el catre que chilló, ofendido, y miré el techo sin verlo. El taller de papá estaba a unos pasos, intacto en su caos organizado. Podía imaginarlo limpiándose las manos en un trapo viejo, sonriendo con esa paciencia infinita que nadie más tenía en esta casa. Podía escucharlo decir “ya va a pasar, Bru” como cuando yo creía que los problemas del mundo se solucionaban con un chocolate caliente. Solo que ahora no iba a pasar solo. No así. No con grietas tan profundas abriéndose en medio de nosotros. Me tapé la cara con las manos y, por primera vez desde que regresé, no supe si estaba más rota por lo que había dejado atrás… o por lo que me esperaba en este lugar que alguna vez llamé hogar…
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD