Cole
Si me hubieran dicho que terminaría esa noche sentado en el sillón de Aaron, con la nariz entumecida por el golpe de la puerta y una mezcla de rabia e impotencia circulando por mi cuerpo, habría pensado que exageraban.
Pero allí estaba, con una bolsa de hielo en la mano y el árbol de Navidad medio armado frente a mí, escuchando los ruidos de la cocina, sintiendo en el aire la tensión que Bruna había dejado tras su salida.
Aaron hablaba, divagando sobre algún partido, intentando llenar el silencio de una manera que yo conocía bien. Cuando él no sabía cómo enfrentar un problema, hablaba de cualquier cosa. Yo asentía cuando era apropiado, pero no escuchaba. No podía escuchar.
La cena había sido un tormento silencioso al que yo mismo me había encadenado. Me tocó sentarme al lado de Bruna, tan cerca que podía sentir el calor de su brazo, el temblor casi imperceptible de su respiración cada vez que Marianne abría la boca con un comentario afilado. Y Chelsea… Chelsea tenía esa habilidad irritante de envolver la crueldad en celofán rosado. Sonreía mientras hundía el puñal.
Al principio solo observé.
Bruna no hablaba a menos que alguien le dirigiera la palabra, y aun así respondía con frases cortas, medidas, como si temiera que cualquier expansión emocional le costara una herida más. Sus hombros se tensaban cada vez que Marianne la corregía con sutilezas hirientes, cada vez que Chelsea hacía una comparación velada entre su estabilidad profesional y la “vida nómada” de Bruna.
En un momento, cuando escuché a Marianne decir: “Al menos Chelsea tiene claro lo que quiere”, pude sentir cómo el cuerpo de Bruna se estremecía a mi lado. No fue un movimiento evidente. Fue algo más interno, una especie de contracción en su pecho, un hundimiento de los dedos alrededor del tenedor.
Y ahí fue cuando lo hice.
Deslicé mi mano bajo la mesa hasta su rodilla y la toqué con firmeza, no para invadirla, sino para sostenerla. Sentí el salto involuntario de su pierna, el sobresalto de quien no está acostumbrada a que alguien la respalde. Mi pulgar trazó un pequeño movimiento circular, apenas perceptible desde afuera, pero lo suficiente para transmitirle algo que no podía decir en voz alta:
No estás sola. No pienso dejar que te destruyan.
Ella no me miró, pero su respiración cambió. Se hizo un poco más profunda, un poco menos quebrada. Yo mantuve la mano allí tanto para calmarla como para contenerme a mí mismo. Cada comentario venenoso me despertaba unas ganas feroces de maldecir a esas dos mujeres, de levantarlas de la mesa y sacarlas de su vida de una vez.
Pero Bruna necesitaba paz, no otra batalla. Y yo… yo necesitaba no hacer una estupidez delante de Aaron.
Recién cuando terminamos de cenar retiré la mano. Todavía sentía la tensión de su cuerpo en la palma, como un rastro físico de que estaba colapsando por dentro sin que nadie más lo notara.
Y ahora, mi atención estaba clavada en la ventana.
A través del vidrio, entre la cortina corrida a medias, vi a Bruna en el patio. De espaldas a nosotros, abrazándose a sí misma contra el frío, con los hombros temblando. Al principio pensé que era por la temperatura. Pero después lo vi con claridad.
Estaba llorando.
Un llanto silencioso, contenido, de esos que duelen más que cualquier grito. Sus manos apretadas contra su rostro, su cuerpo encorvado, como si sostenerse en pie requiriera un esfuerzo descomunal.
Sentí algo en el pecho, una punzada que me empujó a levantarme antes de pensarlo.
Tenía que ir con ella.
Tenía que sacarla de allí, de esa casa que la trataba como si fuera un error recurrente.
Tenía que... tenerla cerca.
Di un paso hacia la puerta, pero la voz de Aaron me frenó en seco.
—No vayas.
Me giré hacia él, aún con la mano en el respaldo del sillón. Su expresión no era dura, pero sí firme, con esa mezcla de autoridad y miedo que solo usaba cuando hablaba de Bruna.
—Está llorando —dije, intentando mantener la voz neutral, aunque la rabia me quemaba la garganta.
—Lo sé —respondió, bajando el tono—. Pero no quiero que te acerques a mi hermana.
Me quedé quieto un segundo, intentando digerir la frase sin romper algo.
—¿Perdón?
Aaron se pasó la mano por el pelo, frustrado.
—Ya lo hablamos mil veces. Bruna está prohibida para ti.
La palabra me cayó como un golpe en la mandíbula.
Prohibida.
La misma palabra que llevaba años escuchando y que él había usado para encasillar lo que yo sentía sin querer ver lo evidente.
Bruna no era un territorio.
No era un objeto para prohibir.
Era una mujer hecha pedazos en un patio helado mientras su familia hablaba de cualquier cosa mientras fuera para lastimarla.
—¿Te das cuenta de que ella está mal, verdad? —pregunté, con el hielo empezando a derretirse entre mis dedos—. ¿O necesitas que alguien más te lo dibuje o te lo explique con manzanas?
Aaron bajó la mirada, incómodo. Ese era su punto ciego.
—Cole… —empezó, suspirando—. Sé que está pasando por algo. Pero tú y yo sabemos que si te metes ahora, solo la vas a confundir. Tú no…
—¿No qué? —lo interrumpí, sintiendo que el calor subía por mi cuello—. ¿No soy suficiente? ¿No soy lo que tú querías para ella? ¿No cumplo con tus estándares de hermano mayor perfecto?
Aaron entrecerró los ojos.
—Sabes que no es eso.
—Sí lo es —repliqué—. Siempre lo fue. Cuando éramos chicos, cuando éramos adolescentes… siempre me viste como una amenaza, como si yo fuera a hacerle daño.
Aaron apretó los labios.
—Cole, por favor. No quiero pelear contigo. Solo quiero proteger a mi hermana.
—Entonces hazlo —respondí, señalando la ventana—. Ella necesita a alguien ahora. Ve y abraza a tu hermana. ¿Qué esperas?
Sus ojos siguieron mi dedo hasta la figura pequeña y temblorosa en el patio. Y finalmente lo vi entender. No todo. Pero algo.
Yo dejé la bolsa de hielo sobre la mesa y di un paso hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó él.
—A no interponerme —dije, con una calma falsa—. Porque si yo salgo ahí… y la abrazo… no la voy a soltar, y lo sabes.
Aaron tragó saliva, sorprendido.
Yo me puse el abrigo.
Abrí la puerta.
Y me fui a casa antes de que dijera algo más. La idea de dejarla sola me revolvía el estómago, pero quedarme allí, mirando por la ventana, fingiendo que no pasaba nada, me parecía peor.
La noche estaba tan fría que el aire parecía vidrio quebrándose en mis pulmones. Caminé sin rumbo, pasando por las casas decoradas, las luces titilantes, los adornos de renos, todo ese decorado festivo que siempre se sintió ridículo pero que ahora me provocaba una rabia irracional.
Solo quería volver a la escena que no podía sacarme de la cabeza.
El baño del bar. Ella en mis brazos. Su respiración entrecortada, sus manos aferradas a mi abrigo, la manera en que me buscó sin titubeo alguno.
La forma en que se arquearon sus caderas bajo mis manos.
La tensión en su cuello cuando se dejó llevar. Su boca, su piel, su cuerpo entero reaccionando al mío.
No era solo deseo. Era memoria corporal, una obsesión en expansión.
Quería repetirlo. Claro que sí. Pero no de esa manera. No con prisa, no en un baño mugroso, no con la sensación de que en cualquier momento alguien tocaría la puerta. Quería hacerlo con calma… lento, con tiempo. Explorar cada centímetro de su piel. Saborearla despacio, conocerla de verdad, aprender cómo respiraba cuando estaba a punto de…
Me apoyé en un árbol, cerré los ojos y reprimí un gemido frustrado.
Estaba perdido.
Absolutamente perdido.
Y entonces recordé la pantalla de su celular. Ese nombre. Derek.
La imagen de su rostro, decepcionado en el bar, se mezcló con la imagen de ese nombre brillando en su teléfono. Una chispa de celos me atravesó el estómago, rápida y dolorosa.
¿Quién era él? ¿Un amigo? ¿Un ex? ¿Alguien que todavía creía tener derecho a llamarla de noche?
Mi mandíbula se tensó.
«Si no respondió, es que no le importa» pensé para tranquilizarme. Pero la mentira no me alcanzó.
Porque la verdad era más simple y más brutal:
No quería que nadie más la tocara ni que la buscara, mucho menos que la hiciera llorar.
Ni Derek.
Ni Aaron.
Ni yo, si podía evitarlo.
Respiré hondo, frío y doloroso. El viento me cortó la piel. Miré hacia la casa Hale desde la distancia, con las luces encendidas y el interior tibio que seguramente no incluía a Bruna.
Y entendí algo que llevaba años esquivando.
No era que estuviera enamorado de ella desde la primaria. No era que la deseara desde que supe que el deseo existía. No era que fuera prohibida.
Era que yo estaba hecho para protegerla. Y nunca me habían dejado hacerlo... que yo mismo había sido mi peor enemigo, autosaboteando cada oportunidad que tuve por mantener mi amistad de mierda.
Cada maldita oportunidad.
Hasta anoche, cuando ella, sin saberlo, me abrió la única puerta que realmente importaba.
La mía.
La que lleva directo a todo lo que estaba dispuesto a hacer por ella.
Y aunque Aaron me hubiera pedido que me mantuviera lejos… eso no iba a durar mucho tiempo.
Porque Bruna no estaba prohibida para esta Navidad.
Ya no.