Bruna
El sótano olía a viejo y a recuerdos que nadie se había tomado el trabajo de desempolvar y mucho menos desalojar.
Aaron encendió la luz tirando del cordel que colgaba del techo, y un foco desnudo parpadeó un par de veces antes de resignarse a funcionar. La escena se iluminó a golpes, como si incluso la electricidad dudara de estar allí.
No hizo falta mucho para que el panorama me golpeara.
Era evidente que aquello no había sido preparado pensando en mí… Quería aferrarme a esa idea.
A un lado, contra la pared, habían colocado un catre metálico con un colchón delgado, cubierto con una sábana lisa y una manta que reconocí de inmediato: era una de las viejas mantas del perro.
Al otro lado, apiladas en estanterías y colgando de ganchos oxidados, las herramientas del taller de mi padre seguían allí, como si él fuera a bajar en cualquier momento a retomar un proyecto interrumpido. Había cajas de tornillos, martillos, un taladro con el cable enrollado, frascos con clavos clasificados por tamaño, maderas cortadas a la mitad.
Todo seguía igual y, al mismo tiempo, todo estaba mal.
Yo no estaba en una habitación. Estaba en un depósito. Un recordatorio viviente de que ya no había lugar para mí en esa casa.
Aaron, a mi lado, pareció notar la tensión en mis hombros, pero no hizo comentario alguno. Se limitó a señalar el catre como si me estuviera ofreciendo una suite en un hotel de cuatro estrellas.
—No es la gran cosa, pero está seco y algo calentito. Limpiamos lo peor. —Se rascó la nuca, incómodo—. Es solo por unos días, Bru.
“Bru.” Como cuando éramos chicos. Como cuando papá seguía vivo y yo todavía creía que la Navidad no era una trampa.
Asentí, obligando a mis labios a esbozar algo parecido a una sonrisa.
—Está bien —mentí—. Gracias.
Él dudó un segundo, como si quisiera decir algo más, pero al final solo me dio una palmadita torpe en el hombro.
—Sube cuando estés lista. La cena no se sirve sola —bromeó, intentando aliviar el ambiente.
Cuando se fue y la puerta del sótano se cerró sobre mi cabeza, el silencio me cayó encima como una manta pesada.
Me acerqué al catre y me senté. El metal chilló con un quejido largo, como si protestara por el peso, por el movimiento, por estar siendo usado para algo distinto a sostener cajas. Ese sonido me recorrió los nervios; tuve la sensación de que si me recostaba allí, el catre iba a absorber mis dudas, mis miedos, mi rabia, y los iba a amplificar.
Miré alrededor, intentando encontrar algo que fuera mío. Nada.
Cada objeto, cada pared, cada mota de polvo pertenecía a otra versión de mi vida. Una en la que bajaba al taller con mi padre para alcanzarle herramientas, o simplemente para mirarlo trabajar. Él solía decir que el sótano era su refugio, el lugar donde nadie lo molestaba, donde podía pensar. Ahora, su refugio se había convertido en un cuarto de invitados de quinta categoría para su hija.
Creo que en la calle sobre un cartón y bajo unos periódicos estaría mejor.
Mis ojos se detuvieron en la puerta lateral, casi escondida detrás de una estantería. Tenía un vidrio pequeño en la parte superior, empañado por el frío de afuera. Esa puerta daba al patio lateral, un acceso que papá usaba para entrar directamente con herramientas sin pasar por la cocina.
Un detalle más que, en otro momento, habría pasado desapercibido.
Ahora, en cambio, me dio una sensación extraña de… posibilidad. Una parte de mí agradeció saber que existía una vía de escape.
Me dejé caer hacia atrás con cuidado. El catre volvió a protestar, la manta olía a jabón barato mezclado con sudor del perro que aún estaba impregnado en ella.
Cerré los ojos un momento y jugué con la idea de irme. De levantarme, tomar mi maleta, subir las escaleras con la excusa de que necesitaba aire, salir por la puerta principal y no volver.
Podría alquilar otra habitación en el motel. Podría buscar un bus a cualquier lado. Pasar la Navidad sola en alguna ciudad anónima donde nadie supiera quién era, ni que estaba huyendo, ni qué había dejado atrás. Podría hacerlo. Me lo repetí varias veces.
Pero la imagen de Aaron colándose en mi mente —arreglando el árbol como si aún tuviera diez años, interponiéndose entre Marianne y sus críticas, sosteniendo esta casa a base de esfuerzo y costumbre— me detuvo. Él se había quedado. Él había lidiado con el duelo, con la ausencia de papá, con la frialdad de nuestra madre. Yo… yo había huido. Y, aunque nadie me lo tirara en cara directamente, lo sentía pegado a la piel como una culpa que no se iba.
Me quedé.
Por Aaron.
No por esta casa mucho menos por la Navidad.
Cuando subí, la mesa ya estaba casi llena. Marianne había dispuesto todo como si fuera una cena de revista: mantel blanco sin arrugas, platos bien alineados, servilletas dobladas en forma de estrella, velas rojas encendidas en el centro. El contraste con lo que yo sentía por dentro era casi cómico.
Chelsea se movía alrededor de la mesa con una eficiencia casi profesional, sirviendo el puré, acomodando platos, rellenando copas con vino. Reía de algo que Aaron acababa de decir, inclinándose hacia él con una familiaridad que a cualquiera le habría parecido adorable.
—Por fin —comentó Marianne cuando me vio aparecer—. Pensé que te habías quedado dormida en tu nueva habitación.
“Habitación.”
Claro. Si redefiníamos el concepto.
—Solo estaba ordenando un poco —respondí, tomando asiento en uno de los extremos de la mesa.
Cole estaba a mi lado. No me miró directamente al principio, pero lo sentí, como una presión suave en la piel, como cuando sabes que alguien está demasiado atento a tus movimientos.
Intenté centrarme en el plato. Tenía hambre, aunque el nudo en mi garganta no estuviera de acuerdo. Tomé un poco de comida, masticando sin saborear nada, mientras Marianne dirigía la conversación con la habilidad de quien siempre necesita tener el control.
—Chelsea consiguió un aumento en la oficina —anunció con orgullo—. Es la única que sabe manejar todos esos informes imposibles que envían desde la sede central.
—Fue un golpe de suerte —respondió Chelsea, bajando la mirada con falsa modestia—. Pero sí, salió bien.
—No es suerte, es trabajo —insistió Marianne, mirándola con aprobación—. Las personas que se esfuerzan obtienen resultados. No se puede vivir toda la vida… improvisando.
El comentario flotó sobre la mesa, cargado de intención. No hizo falta que dijera mi nombre. Todos sabíamos hacia dónde apuntaba.
Bebí un sorbo de vino para no responder. Sabía que si abría la boca, iba a decir algo de lo que después me arrepentiría. O no. El problema era que, en esa casa, cualquier honestidad contra Marianne contaba como falta grave.
Chelsea sonrió, inclinándose ligeramente hacia mi madre.
—Tuve una buena maestra —dijo—. Usted siempre está organizada con todo. Yo no sé cómo hace.
Marianne se ruborizó apenas. Ese tipo de elogios le caían mejor que cualquier regalo.
—Se trata de saber priorizar —comentó, clavando el tenedor en un trozo de carne—. No se puede vivir cambiando de rumbo cada año.
Una puñalada más al aire. Otra vez, sin decir “Bruna”, pero pronunciándome en cada sílaba implícita.
Sentí que mi mano empezaba a temblar debajo de la mesa. No quería irme. No todavía. No después de haber decidido quedarme. Pero también sabía que mi paciencia tenía un límite, y Marianne estaba haciendo todo lo posible por encontrarlo.
Fue entonces cuando lo sentí.
Un roce ligero, firme, justo por encima de mi rodilla.
Me tensé. Miré disimuladamente hacia abajo sin mover la cabeza. La mano de Cole descansaba sobre mi pierna, su pulgar trazando un movimiento casi imperceptible a través de la tela del pantalón. No era un gesto obsceno ni descarado. Era… un ancla. Un “estoy aquí”, silencioso, escondido.
Levanté la vista. Él ya me estaba mirando.
Su expresión no tenía rastro de picardía. No era el hombre del baño del bar en esos segundos de caos desenfrenado. Era otra cosa. Una mezcla de preocupación, culpa tal vez, incomodidad al ver el modo en que mi madre me desarmaba de a poco.
Su mano seguía allí, sosteniéndome más de lo que yo estaba dispuesta a admitir.
Inspiré hondo. La presión que sentía en el pecho se aflojó apenas. No lo suficiente como para estar bien, pero sí para no levantarme y dejarlo todo tirado.
Fue en ese pequeño momento de tregua que mi teléfono vibró sobre la mesa, cerca de mi plato. El nombre en la pantalla fue un puñetazo directo al estómago.
Derek.
Por un segundo, el mundo se redujo a esas seis letras brillando entre los restos de comida y el reflejo de las velas. Marianne siguió hablando, Aaron no se percató, pero Cole bajó la mirada hacia el celular y luego volvió a mí con las cejas apenas fruncidas.
La llamada seguía insistiendo, el sonido vibrando contra la madera. Yo lo miré como quien mira una granada sin seguro. Estiré la mano, la pantalla me iluminó los dedos. Podría haber atendido. Podría haberle gritado, haberle dicho todo lo que no dije cuando lo vi en la cama con otra.
En cambio, presioné “rechazar” con el pulgar y volteé el celular boca abajo.
Sentí la mano de Cole apretar un poco más mi rodilla, como si aquel pequeño gesto hubiera sido una declaración mayor de lo que aparentaba.
—¿Algo importante? —preguntó Marianne, al notar mi movimiento.
—No —respondí, bajando la mano—. Nada que valga la pena atender.
La cena siguió su curso, una farsa educada sostenida por tenedores y frases cuidadosamente elegidas. Al terminar, y como marcaba el libreto de toda familia disfuncional con apariencia de normalidad, las mujeres nos levantamos para llevar los platos a la cocina, mientras los hombres se quedaron a discutir sobre deportes o cualquier tema que evitara el terreno personal.
¿Qué podía salir mal con tres mujeres en la cocina?
Todo.
El agua corría en la pileta. Chelsea se encargaba de enjabonarlo todo, yo enjuagaba en silencio y Marianne secaba con precisión, ordenando cada plato en el lugar correcto. Parecía una coreografía ensayada, salvo por el detalle de que yo había aparecido sin aprenderme los pasos.
—Me alegra que hayas venido —dijo Chelsea de repente, con un tono tan dulce que sospeché de inmediato—. Aaron estaba preocupado por ti.
—Estoy bien —respondí, concentrada en un plato que ya estaba prácticamente limpio.
—Bueno, al menos esta vez llegaste —añadió, con un pequeño suspiro—. En los últimos siete años siempre tenías... algún imprevisto. Tal vez era mejor así… simplemente no aparecer. Supongo que es tu estilo.
Cada año siempre tenía una excusa para no volver… en los últimos siete años, solo fueron promesas de reunirnos. Pero ahora recordaba porque no venía...
Quería desaparecer.
Marianne no dijo nada. Pero su silencio fue una invitación para que Chelsea continuara.
—Igual, es lindo que vuelvas —prosiguió, con ese tono ligero que se usa para decir cosas pesadas—. Aunque siempre es en momentos complicados. —Rió, como si fuera una broma inocente—. Aaron dice que, cuando las cosas se ponen feas, tú reapareces. Eso significa que esta vez… debe estar siendo duro. Para tu cuenta bancaria, digo.
Solté el plato. Cayó en el agua con un golpe hueco.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Perdón? —pregunté, girándome hacia ella.
Chelsea levantó las manos, fingiendo inocencia.
—No lo digo mal, Bruna. Es solo que… tú vas y vienes, cambias de trabajo, de ciudad. Cuando necesitas ayuda, vuelves. Todos lo entendemos. La familia está para eso, ¿no?
Marianne secó un plato con calma.
—Nadie lo dice mal —intervino—. Solo estamos describiendo cómo son las cosas.
La frase me atravesó entero. No era solo el contenido, era el consenso implícito.
Aaron… había dicho eso. Aaron pensaba eso. Que yo solo volvía cuando necesitaba algo. Que mi presencia aquí era una carga razonable, un pedido más.
Noté que estaba respirando demasiado rápido. Las manos me temblaban, el pecho me ardía. El sótano, el catre, la puerta cerrándose sobre mí cada vez que intentaba abrirla… todo se mezcló con la imagen de Derek llamando, con la mano de Cole bajo la mesa, con la risa de Chelsea.
De pronto, la cocina me quedó chica.
—Disculpen —murmuré, sin mirar a ninguna—. Necesito aire.
No esperé respuesta. Dejé el paño sobre la mesada, empujé la puerta trasera y salí al patio.
El frío me golpeó en la cara como una cachetada limpia, honesta. No intentaba disimular, no se disfrazaba de nada. La nieve crujió bajo mis botas mientras avanzaba hasta el fondo, donde el viejo árbol que papá solía adornar con luces sencillas seguía allí, desnudo, sin una sola decoración.
Ahí sí las lágrimas salieron.
No en un sollozo histérico, no a gritos. Solo comenzaron a rodar hacia abajo, calientes, tercas, abriéndose paso después de días de contención. Me tapé la boca con la mano para no hacer ruido. No quería que Marianne saliera a decirme que exageraba. No quería que Chelsea me preguntara si estaba “sensible por las fiestas”. No quería que Aaron me mirara con culpa.
Quería desaparecer.
Quería, por un momento, no ser la hija que se fue, la hermana que volvió tarde, la mujer que eligió mal, la que siempre parece equivocarse de lugar.
El aire frío me ardió en los pulmones. Cerré los ojos y apoyé la frente en el tronco áspero del árbol, buscando algo sólido a lo que aferrarme, aunque solo fuera un pedazo de corteza congelada.
Y, en esa soledad helada del patio trasero, con la casa llena de luces a mis espaldas y la Navidad acercándose como un tren al que no me podía bajar, tuve la certeza de que estaba en el lugar equivocado… pero aún no estaba lista para irme.
Tal vez porque, en medio de todo ese desastre, había una mano que me había sostenido bajo la mesa.
Una mano que, aunque no lo admitiría en voz alta, hacía que el frío doliera un poco menos.