Cole
Había aceptado ayudar a Aaron con el árbol de Navidad porque era una excusa decente para no quedarme solo en mi casa pensando en Bruna como un idiota obsesionado.
No que hiciera falta una excusa: cada año trabajábamos juntos en esa monstruosidad de pino, una tradición que había empezado con su padre y que continuamos porque ambos éramos demasiado sentimentales para admitir que lo hacíamos por necesidad más que por entusiasmo... Y porque cada año tenía la estúpida esperanza de que Bruna regresaría.
Traía una caja llena de luces nuevas, de esas que Aaron compraba compulsivamente aun cuando ya tenía suficientes como para iluminar toda la calle. Caminé por el sendero cubierto de nieve y toqué la puerta sin esperar nada fuera de lo común.
Pero cuando se abrió… el mundo se detuvo.
Era ella.
Bruna.
No vestida para salir, no borracha de whisky, no atrapada en la penumbra de un bar.
Era Bruna Hale, en su propia casa, con un suéter gris demasiado grande y el pelo recogido de manera desordenada. Tenía las mejillas sonrojadas por el calor interior y los ojos abiertos de par en par, como si hubiera visto un fantasma.
Me sonrió la parte del alma que aún me funcionaba.
—Hola —dije, sintiendo que la voz me quedaba pequeña—. De nuevo.
Pero la reacción que recibí no fue una sonrisa, ni confusión, ni siquiera un insulto que pudiera encajar con lo ocurrido anoche.
Bruna se quedó inmóvil por un segundo, como si su cerebro estuviera intentando resolver una ecuación imposible: el tipo del baño + puerta familiar = error del universo.
Luego, sin previo aviso, sin una palabra, sin siquiera respirar…
¡PUM!
La puerta se estampó contra mi nariz.
El dolor fue instantáneo, punzante y brutal…
Sentí el chasquido en el cartílago, un crujido que no debería haber sonado tan fuerte. El mundo dio un pequeño giro, retrocedí un paso, dejé caer la caja y de inmediato la sangre empezó a caer a chorros entre mis dedos cuando los llevé instintivamente a mi cara.
—¡Mierda! —murmuré, apretando la nariz—. ¡Mierda, mierda!
Toqué la puerta con el puño mientras la otra mano contenía la hemorragia.
—¡Aaron! ¡Soy yo! ¡Ábreme antes de que me desangre en tu porche!
Oí pasos del otro lado, y la puerta se abrió. Aaron apareció con una expresión mezcla de shock y diversión contenida.
—Cole… ¿qué diablos te pasó? ¿Te peleaste con un reno?
Jadeé de dolor, levantando la caja y dándosela con más fuerza de la necesaria contra su pecho.
—Pero… Bruna me dijo que no era nadie —continuó arqueando una ceja.
—Es que aparecí justo después de que la puerta se cerrara —mentí con una rapidez instintiva—. Supongo que solo fue mala coordinación.
Mentí para protegerla, aunque ni siquiera sabía de qué. Quizás porque incluso en ese momento, con la nariz palpitando como un tambor, no quería que Aaron sospechara nada. No quería que conectara puntos que no debía. No quería ponerla en una posición incómoda.
Y, sobre todo, no quería explicarle que había tenido sexo con su hermana en un baño mientras él dormía tranquilamente en su casa decorando con luces navideñas.
Entré, goteando sangre sobre el piso. Chelsea chilló al verme y corrió a buscar papel, siempre con esa actitud mal fingida de ser la anfitriona de casa... Era increíble que Aaron no se diera cuenta. Marianne solo levantó una ceja como si le hubiera arruinado una alfombra carísima.
Y Bruna… estaba al final del pasillo, rígida, los ojos muy abiertos y los labios apretados. Su gesto no era de culpa, sino de pánico visceral. Como si temiera que yo dijera algo. Como si temiera reconocerme, o reconocerse a sí misma después de lo que pasó la noche anterior.
Aaron suspiró con exasperación.
—¿En serio? ¿No pueden saludarse como hermanos normales? Han crecido juntos, por Dios.
"Como hermanos."
La palabra me cayó como una piedra en la garganta. Bruna desvió la mirada de inmediato.
Aaron nos arrastró a la sala para enfocarse en el árbol, aparentemente ignorando que yo sangraba como si me hubiera caído de un tercer piso. Aun así, me coloqué un poco de algodón, siseando de dolor, pero deteniendo la hemorragia.
Continuó con el trabajo de colocar una estrella ridículamente grande en la punta del árbol, mientras yo sostenía las luces que parecían tener vida propia.
—Eso está torcido —dije.
—No está torcido —replicó Aaron, ajustando la estrella por cuarta vez.
—Lo digo con cariño, pero si tuvieras que colgar un cuadro, lo declararían zona de desastre —murmuré.
Aaron bufó.
—¿Quieres hacerlo tú?
—No, prefiero conservar mi dignidad —respondí, enderezando un adorno que Chelsea había puesto. O intentando. El árbol se inclinó peligrosamente hacia la izquierda—. Creo que este pino murió dos veces antes de llegar a tu casa.
Bruna dejó escapar una risa muy suave, mínima, apenas un soplido.
Pero yo la escuché. La sentí. Como si me hubieran premiado con algo que no sabía que necesitaba.
—No critiques mi árbol —dijo Aaron—. Tiene… encanto.
—Sí —asentí—, encanto de “vivo en la cabaña del leñador asesino”.
Bruna volvió a sonreír, esta vez con un destello real. Se inclinó a poner una esfera dorada y murmuró:
—Creo que la estrella está llorando.
—¿Ves? —exclamé, señalando la evidencia científica—. Tu hermana tiene mejor ojo que tú desde que tenía cinco años.
—Y tú tenías pésimo gusto desde los doce —le devolvió ella, y por primera vez hubo un rayo de complicidad que encendió algo en mi pecho.
Aaron alzó las manos.
—Muy bien, humoristas. ¿Van a ayudar o van a criticar?
—Puedo hacer ambas —respondí.
Bruna bajó la mirada, pero seguía sonriendo.
Y esa sonrisa… Dios.
Por un segundo me olvidé de la nariz rota, de los límites, del pasado.
Solo quería seguir robándole otra.
Mientras colocábamos las luces, Aaron empezó a charlar, sin sospechar que estaba a punto de lanzar una bomba atómica emocional.
—Entonces —dijo con una sonrisa pícara—, ¿qué hiciste anoche, Cole? Porque no apareciste y me dejaste solo con la decoración.
Tragué saliva. Miré a Bruna. Ella, que estaba acomodando adornos en silencio, se tensó.
No podía decir la verdad.
Pero tampoco pude evitar lo que salió de mi boca.
—Tuve una noche intensa —admití, intentando sonar casual—. Con una mujer hermosa en el baño del bar.
El aire se volvió sólido.
Aaron soltó una carcajada que me habría parecido graciosa en cualquier otro contexto.
—Tú no cambias más —dijo, dándome un codazo amistoso.
Esa frase.
Esa maldita frase.
La misma que Aaron usaba cuando éramos adolescentes para asegurarse de que Bruna no me mirara dos veces. La misma que utilizaba para pintarme como el eterno mujeriego, aunque él sabía perfectamente que solo había estado interesado en una sola chica toda mi vida.
Bruna frunció el ceño. Sus ojos, antes tensos, ahora se llenaron de lágrimas. No dramáticas ni exageradas. Silenciosas.
Como si esa frase, tan insignificante para Aaron, hubiera golpeado justo donde sabía que dolía.
Dejó el adorno en la mesa con manos temblorosas.
—Me voy a mi habitación —dijo con la voz casi quebrada.
Aaron la llamó antes de que subiera las escaleras.
—Espera, Bru. —Se aclaró la garganta, incómodo—. Sobre tu habitación… la redecoramos un poco. Ya sabes, Chelsea necesitaba un espacio para sus clases de yoga, así que te preparamos el sótano. Está bonito. Muy acogedor.
El sótano.
La enviaban al sótano como si fuera equipaje extra.
Bruna asintió, pero la expresión en su rostro se cerró por completo. No dijo nada. No protestó. No mostró sorpresa.
Eso fue lo peor.
Estaba acostumbrada a ocupar menos espacio del que merecía.
Y yo… no pude quedarme callado.
—O puedes quedarte en mi casa —dije, antes de pensarlo realmente.
El silencio cayó como una avalancha.
Aaron me fulminó con la mirada, esa mirada protectora que reservaba únicamente para su hermana.
Bruna apenas me miró antes de sacudir la cabeza.
—El sótano está bien —dijo con una tristeza que se me clavó en el pecho.
Y se fue.
Bajó las escaleras sola, con los hombros encogidos, como si llevara un peso invisible que ninguno de los presentes se molestaba en ver.
Yo la vi desaparecer.
La escuché cerrar la puerta del sótano. Y supe, con una certeza dolorosa, que estaba empezando a perderla por segunda vez…