Bruna —Tengo nuestro regalo de bodas listo —dijo Cole—. Y es ahí donde quiero llevarte. Esa es nuestra primera puerta. Sentí esa frase como un golpe suave en el pecho, una promesa que aún no entendía pero que ya me estaba desarmando. Me aferré a su cuello mientras él me levantaba con la facilidad de quien carga algo irremplazable. Salimos al aire frío de la madrugada. La nieve volvía a caer, lenta, delicada, como si el mundo estuviera a la altura de lo que acabábamos de hacer. Cole abrió la puerta del auto y me acomodó en el asiento con una mezcla de devoción y urgencia que me estremeció por completo; no era un gesto ceremonioso… era amor. Un amor que quemaba de lo real que se sentía. Mientras avanzábamos hacia aquel regalo que él había preparado —y que ya empezaba a adivinar—, not

