ISABEL
El Don aparece el primero. Me saluda cordialmente y, sin decir nada más, va hacía donde está su nieto.
Me he ha quedado claro que no le agrado porque ni me saluda.
Sebas entra al salón con su madre, la mujer me saluda amorosamente, y Pietro llega con algunos soldados jóvenes que custodian la casa. Supongo que los más cercanos.
De pronto llaman a la puerta y Miguel no tarda en entrar al salón. Me levanto a saludarlo como la buena anfitriona que se supone que debo ser.
Miguel se inclina y, sin previo aviso, me da un beso en la mejilla antes de rodearme con un abrazo. No me siento intimidada pero me quedo inmóvil porque me sorprende el gesto, sobre todo delante de todos.
—Miguel… —Enzo alza una ceja—, ¿no crees que es inapropiado besar y tocar así a una mujer casada?
Nadie habla, aunque noto que Sebas intenta contener la risa.
—Ya he visto el anillo —añade Miguel, con un tono irónico—. Es muy bonito.
Le revuelve el pelo a Enzo para molestarlo, y el niño le lanza una mirada afilada.
Pasa cerca de una hora cuando Duke entra en el salón, con el traje manchado de sangre y el rostro serio como una piedra.
El sobresalto me sacude antes de que pueda controlarlo, pero el resto ni parpadea.
Claro… es Duke. Para ellos, verlo de esta forma el día de Navidad no tiene nada de extraordinario.
—Tranquila, no es mía —dice con calma, como si el detalle fuera irrelevante—. Empezad sin mí, voy a ducharme.
Empezamos a comer, y por las caras que ponen, parece que a todos les está gustando mi comida. Incluso Enzo tiene una expresión satisfecha… y no voy a mentir, eso infla un poco mi ego.
Cuando Duke se sienta en la cabecera de la gran mesa, al principio finjo no verlo, pero su mirada se clava en mí con una orden silenciosa. Sé perfectamente lo que quiere de mí.
Con toda la gente presente, no me queda otra que interpretar el papel de esposa devota, así que me levanto y le sirvo un plato de enchilada. Cuando termino, le dedico la sonrisa falta que mejor me sale.
—Grazie, mia moglie —dice con un tono cargado de sorna que me saca de quicio.
Levanta la copa sin apartar sus ojos de los míos. Esa misma mirada exigente, tan odiosa, me obliga a seguirle el juego.
—¿Qué deseas? —pregunto, mirándolo directo a los ojos—. ¿Tequila con cerveza o vino?
—Lo mismo que tú, mia moglie —responde, arrastrando las palabras con una satisfacción que me irrita aún más.
Durante la comida, levanta la copa varias veces para que se la rellene, solo para molestarme. Una de las veces, le lanzo una mirada afilada, pero él la ignora con descaro, bebiendo como si nada.
¿Se cree que soy su sirvienta? Isabel, no dejes que te afecte.
De reojo, veo a Miguel mirandonos a los dos y intentado contener una sonrisa.
La noche transcurre con normalidad y, cuando pasamos a las copas, la atmósfera se vuelve más distendida. Todos parecen más sueltos, las risas fluyen con facilidad y las conversaciones se entrelazan sin esfuerzo.
La madre de Sebas aprovecha la ocasión para decir:
—Duke, mio figlio, que esposa tan maravillosa tienes…
Estaba a punto de responder un simple «Gracias», pero Duke se adelanta, tomando mi mano en un gesto típico de parejas—aunque, en nuestro caso, completamente fingido—y responde:
—Sí, soy un hombre muy afortunado… Aunque, a veces es un poco traviesa —dice Duke con una sonrisa ladeada. Para todos suena a broma, pero para mí es una advertencia velada: “Pórtate bien.”
Ese comentario y su toque hacen que me remueva en el asiento nerviosa.
Me dirijo a la cocina para limpiar un poco y no pasa mucho tiempo cuando entra Marcela. La madre de Sebas se ofrece a ayudarme pero me niego. Se sienta y se me queda mirando.
—¿Ocurre algo?
—Nada, mia ragazza, creo que lo estas haciendo muy bien con esos dos…
¿Qué le digo a esta mujer?, pienso para mi misma.
—Duke está más tranquilo… y Enzo... ese niño era muy problemático —dice con de tristeza— después de la muerte de sus padres…
¿Sus padres? ¿Duke no es su verdadero padre? Tengo que controlar mi expresión para que no note que no sabía ese dato.
Un dato demasiado importante para pasarlo desapercibido.
—…el niño dejó de hablar durante todo un año. ¿Lo sabías? En aquella época, yo intentaba ayudar con su crianza y Enzo no dejaba que nadie se le acercara. Pero tú… Tu le gustas, lo noto en cómo te mira…en cómo está pendiente de tí todo el tiempo.
—Gracias, —la verdad es que no sé que más decirle a esta mujer, se ve que quiere mucho a esos dos.
La mujer se acerca y deposita un beso dulce en mi mejilla. Ese gesto despierta en mí un cálido sentimiento que no esperaba.
—Mia ragazza, sé que no es fácil… pero a veces hay que tener paciencia, porque los hombres de la mafia son muy intensos…—me observa con una expresión que casi podría llamar pícara—. Créeme, te lo digo por experiencia…
Me río por dentro, sabiendo exactamente a qué se refiere.