DUKE
No recuerdo la última vez que dormí tantas horas seguidas. La verdad es que me siento sorprendentemente bien.
—Fratello, hoy pareces de buen humor.—dice Pietro sacándome de mi ensimismamiento.
—Será porque hoy no ha dormido solo…—responde Sebastían con una media sonrisa.
Fue Sebastián quien me despertó para que no llegáramos tarde a la reunión en el casino.
Iba a replicarle cuando su teléfono suena y él lo atiende lo más rápido que puede.
—Sí, señora… Enseguida mando a un soldado que la lleve.
—¿Qué ocurre? —pregunto.
—Isabel quiere devolverle un vestido a la hija del Consigliere.
—Dile que no. Ya hablaré de eso más tarde con ella.
Cuando regreso a casa, la hago llamar y se presenta en mi despacho.
—¿Querías algo? —pregunta Isabel, con una expresión imposible de descifrar.
Tal vez su actitud altiva tenga que ver con lo de anoche, cuando me quedé dormido junto a ellos. Todavía recuerdo la cara que puso cuando Enzo me pidió que durmiera con ellos y tuve que aceptar a regañadientes… esa sonrisa triunfante, como si hubiera ganado algo.
—¿Por qué quieres devolverle el vestido a Carolina? Juraría que le dije que lo dejara en casa.
—No puedo… —baja la voz—. No sé cómo pagarle. Esos vestidos cuestan demasiado y yo ni siquiera los voy a usar. Es un desperdicio…
¡PUM! Golpeo la mesa con la mano, haciendo que se sobresalte.
—¿Has dicho que no sabes cómo pagarle?
¿Qué coño está diciendo?
—Sí… —responde apretando las manos una y otra vez. Nerviosa.
—Podrías haber mandado a Sebas o haber sacado dinero con la Black Card que te dí. —La miro, sin entender por qué demonios no la usa. Todos los días reviso el estado de la tarjeta y nunca hay movimientos.
—De eso quería hablar… quiero devolvértela. La verdad es que no la necesito.
—No la necesitas —repito, incrédulo.
Saca la tarjeta de la funda de su móvil y la deja encima de la mesa.
—Te la iba a devolver antes, pero… se me olvidó. —Suelta una risa floja, como si quisiera restarle importancia.
La observo fijamente, intentando descifrar qué demonios significa todo esto. No tiene sentido.
Ella se revuelve en su asiento, incómoda porque no sabe cómo voy a reaccionar.
—Para los gastos de la casa envio a Sebastían o a algún otro soldado… y si no, el servicio compra comida y enseres sin que yo me involucre, así que… —balbucea, sin mirarme del todo.
La veo levantar y bajar la vista varias veces, como si buscara una reacción de mi parte.
No digo nada.
Agarro la tarjeta, la hago girar entre mis dedos. Paso uno de sus bordes por la madera del escritorio y doy golpecitos mirándola primero a la tarjeta y luego a ella.
Sin apartar los ojos de ella, ordeno:
—Acércate.
Obedece. Y cuando la tengo frente a mí, no puedo evitar fijarme en esos malditos leggings grises que se aferran a sus caderas y muslos firmes. Como estoy sentado puedo fijarme en como los leggings se ajustan a su monte de venus.
Mi mandíbula se tensa.
—Te la di para tus gastos: ropa, joyas, ese tipo de cosas, no para la casa. ¿No te quedó claro cuando lo hablamos?
—No la necesito… —murmura.
Toco el borde de la tarjeta con el pulgar y luego doy un ligero golpecito sobre la mesa de nuevo llamando su atención.
—Eres mi mujer y sigues vistiendo como una bibliotecaria. ¿Quieres avergonzarme delante de todos? ¿Esa es tu manera de vengarte? —clavo la mirada en ella, con la intensidad de un depredador que acecha a su presa.
Con un movimiento lento acerco la tarjeta a su monte de venus y doy suaves toques con el borde justo en el centro de su intimidad. Ella aprieta los labios, fingiendo que no le afecta, pero yo noto como aprieta los puños ligeramente y contiene la respiración.
Me divierte que intente mantener la dignidad en vez de insultarme o irse.
Aparto la tarjeta de ella.
—Sabes que no me gusta que me desobedezcan, nena. Y aun así lo haces.
—No, no es eso… —su voz apenas es un hilo.
—Eres terca, orgullosa… —Una risa se me escapa por lo absurdo de la situación.
Ninguna mujer de esta organización diría que no a una Black Card sin límites. Ninguna. Y ella, aun siendo una rehén la rechaza sin inmutarse.
Sigue desafiandome.
—Simplemente no le voy a dar uso…—responde.
—¿Qué te parece este uso?—Mi voz ronca estalla como un vendaval.
Esta vez deslizo la esquina de la tarjeta por la hendidura de su sexo, buscando con precisión la perlita que lo corona.
Sus ojos me buscan, tratando de comprender qué pretendo. Ni siquiera yo lo sé del todo.
La verdad es que me cuesta contenerme. Todo mi cuerpo me grita que la doble sobre el escritorio y la folle sin miramientos para que deje de desafiarme.
Mi entrepierna palpita con violencia solo de pensarlo.
La miro a los ojos retandola y sigo frotando la tarjeta por encima de la tela de los leggings con movimientos certeros buscando su placer.
Quiero doblegarla.
—No me gusta…—balbucea.
Si eso fuera cierto, se hubiera ido.
—No te oigo bien…¿qué has dicho?
—Qué…—no le salen las palabras. En ese momento, de forma automática acerca sus cadenas buscando más fricción.
Baja la mirada al suelo, avergonzada, porque sabe perfectamente que me he dado cuenta de que le está gustando. Y por eso mismo le dedico una sonrisa ladeada.
Sus ojos se clavan en esa sonrisa y su expresión cambia al instante: de la vergüenza a la dureza. No le gusta sentirse vulnerable, pero su cuerpo me está gritando otra cosa, su cuerpo quiere que sea yo quien la lleve al límite.
Esa contradicción me fascina.
La veo dudar, así que me levanto despacio y me acerco aún más, hasta que mi cuerpo la encarcela contra el escritorio. Me cierro sobre ella, obligándola a levantar la mirada para enfrentarse a la mía.
—Ahora que lo pienso… —susurro con voz grave mientras atrapo un mechón de su pelo entre mis dedos y tiro de él— te ofrecí encargarme de tus orgasmos… y nunca me diste una respuesta. Aunque, viéndote así… no creo que opongas demasiada resistencia.
Mi otra mano sigue frotando la tarjeta contra su clítoris con movimientos calculados y suelta un gemidito involuntario.
Eso me vuelve loco. Mi entrepierna está dura como una roca deseando adentrarse en ella y romperla.
Me acerco a su oído y le digo en un susurro:
—¿Qué te parece esto? Si logro que te corras, a partir de ese momento todo lo que lleves encima lo pagarás con mi tarjeta. —Enfatizo el “mi” con una sonrisa torcida—. ¿Qué me dices, aceptas?
Ella pone los ojos en blanco, burlona, con esa seguridad desafiante de que no lo lograré.
Ese desafío no hace más que despertar aún más mi interés.
—¿Tan seguro estás de que lo vas a conseguir…?
Suelto una risa.
—Hace un momento, te estaba gustando…¿O me equivoco?—digo seguro de mi mismo
—Eso no signifique que al final me corra…Hay mujeres qué…
No sé con qué tipo de hombres ha estado, pero hay algo seguro: ninguno se parece en nada a mí.