CAPÍTULO 16: Nunca te dejaré ir

1067 Words
DUKE Aprovechando un breve descuido de mis enemigos, salgo de mi escondite tras el árbol y disparo con precisión, derribando a otro de los motoristas. Solo queda uno. Apunto con frialdad y le disparo a la pierna: lo quiero vivo para interrogarlo. Al abrir la puerta del coche, me encuentro con Enzo, cuya expresión triste me sorprende; el niño casi siempre muestra una cara inexpresiva, pero cuando miro alrededor lo comprendo. Isabel no está. —Se ha ido... Suelto un suspiro cargado de frustración; esto es lo último que necesito ahora. Llamo a Pietro para que se encargue de la situación y salgo a buscarla sin perder un segundo. No es difícil seguirle el rastro; no debe de estar muy lejos. Pero con cada paso que doy, la rabia crece dentro de mí, ardiendo como gasolina. La distingo descendiendo por la colina, caminando en dirección a una pequeña tienda al borde de la carretera. Apenas llega al aparcamiento, dos hombres se le acercan. Se nota a leguas que sus intenciones no son buenas. Una furia salvaje me invade. Los aparto de ella sin el menor miramiento, porque j***r, ni siquiera merecen estar respirando cerca de ella. Cuando finalmente levanta la mirada y nuestros ojos se cruzan, distingo algo en los suyos: una mezcla entre sorpresa y alivio. Pero después de sostenerle la mirada unos segundos más, puedo ver el miedo aparecer en su rostro, borrando cualquier otra emoción. Y sí, debería tenerlo porque estoy enfadado. Muy enfadado. Cuando vuelve a intentar escapar, la alcanzo en dos zancadas y, con una fuerza brutal, le agarro el brazo y la estampo contra el muro de piedra que hay detrás de nosotros. Un gemido de dolor sale de sus labios. Ella forcejea con desesperación, pero la inmovilizo con mi cuerpo y presionando mi antebrazo en su pecho. La frustración le cruza el rostro y, para mi sorpresa, saca un arma de debajo del vestido con la mano libre —seguramente la agarro del coche— y me apunta directo a la sien. —Suéltame y vete de aquí —escupe. Tiene agallas, tengo que admitirlo pero si quiere que la suelte tendrá que matarme. Acerco la cabeza al arma, mi cara esta tan cerca de la suya que nuestras narices casi se tocan. —Dispara —le susurro. Ella duda. Se le nota en los ojos. —Hazlo,—hago una pausa— si lo haces, serás libre. ¿No es esolo que quieres? Durante unos segundos —eternos—, mantenemos una guerra silenciosa de miradas. —No vas a disparar —digo al fin, en tono burlón. —Te equivocas. Sé usar un arma. Soy fiscal… ¿recuerdas? Me río, y sé que eso la irrita aún más. —Eso no tiene nada que ver —replico, esta vez con una seriedad que hiela—. No digo que no sepas disparar. Digo que no puedes matarme. —Sí que puedo. Sonrío otra vez, despacio, con ironía, y alzo una ceja. —Entonces…hazlo —susurro, presionando aún más con la frente contra el cañón—. Tomo aire. La miro fijamente, sin pestañear, y hablo con una voz grave, firme, que corta el aire: —Créeme… tu única salida es matarme ahora mismo. Porque si no me matas, aunque me dispares en otro sitio, aunque huyas… te encontraré. Duda por unos instantes y, a pesar de tener miedo, no suelta el arma…y cuando parece que se da por vencida y baja el arma dice: —No soy como tú…no soy una asesina.—grita con veneno. Sus palabras me atraviesan con una punzada inesperada. No debería afectarme, pero lo hace. Porque en ese momento, sin quererlo, me asalta una imagen de nosotros dos de jóvenes, años atrás, en aquel hospital. Cuando todo era diferente... Recordar ese momento, justo ahora, me hace enfadarme aún más, asi que le retuerzo la muñeca con un movimiento rápido y certero, obligándola a soltar el arma. Esta cae al suelo con un golpe seco. Intenta darme un cabezazo, pero me adelanto y la sujeto por el cuello, apretando con fuerza mientras la empujo aún más contra la pared. Y es ahí, con su cuerpo atrapado entre la pared y el mío, cuando noto su mirada. Desafiante. Eso en vez de molestarme, me excita. J***r estar con ella es una montaña rusa. Las mujeres que han pasado por mi vida —brevemente y sin profundizar demasiado— suelen mirarme de dos formas: con los ojos entrecerrados de deseo, esperando a que me las f*llara; o con esa malicia calculada de quien solo quiere sonsacarme algo, manipulándome para escalar en el mundo de la mafia italiana y ganar poder. Ella no. Ella me desafía, sabiendo que no tiene la fuerza para vencerme. Y aún así, lo hace. Y por alguna maldita razón, eso me divierte… Intento despejar esos pensamientos porque lo que ha hecho es grave...Intentar escapar de mí tiene consecuencias, y va a aprenderlo por las malas. Jamás pensé que lo intentaría. Creí que, si no me veía, simplemente se dejaría llevar. Que no haría nada estúpido pero equivoqué. Voy a dejarle claro que no puede volver a hacerlo. Que debe mantenerse tranquila. Que debe obedecerme. La suelto del cuello y cuando lo hago se toca el cuello y recupera la respiración. No pierdo tiempo y le cojo del brazo para que no escape mientras que llamo a Pietro. Viene solo. Sebas ya ha llevado a Enzo a casa, y el niño, a estas horas, seguramente está dormido. Cuando el coche se detiene, la meto dentro y cierro la puerta de un portazo. —Dame unas bridas—le digo a mi hombre—. Ya no me fío de ella. El resto del trayecto transcurre en silencio. Aunque puedo sentir su mirada clavada en mí desde el asiento trasero, como una punzada constante en la nuca. Al llegar, le doy instrucciones claras a Pietro: —Llévala al sótano. Enciérrala en una de las celdas. —¿Qué? —pregunta ella, desconcertada —Sí, señor —responde Pietro, sin dudar. —¡No!—ella intenta apartarse, pero él la sujeta del brazo con firmeza y la arrastra escaleras abajo. Yo saco un cigarro, me lo enciendo y le doy una calada larga. Muy larga. Me voy a mi despacho porque sé, que con todo lo que ha pasado, no voy a poder dormir.
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